Agricultura biológica

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La agricultura biológica, también llamada ecológica y orgánica, es un sistema de cultivo para cuyo desarrollo se tienen en cuenta los conocimientos y técnicas agronómicas destinadas a optimizar la calidad de los productos obtenidos, preservando la fertilidad de la tierra y las condiciones ambientales de los campos en los que se instaura este tipo de cultivos. Para la consecución de tal objetivo resulta esencial aprovechar todas las propiedades de los recursos naturales y no utilizar productos sintéticos ni organismos modificados mediante técnicas de selección genética.

Antecedentes

La agricultura biológica cuenta con antecedentes históricos constatados desde finales del siglo XIX, momento en el que surgieron ya voces en defensa de mantener un desarrollo agrícola armonioso con los ecosistemas naturales, frente a las diversas reformas agrarias sucedidas a raíz de la revolución industrial europea, en las que predominaban los principios de la especialización del cultivo, la rentabilidad económica y la minimización de riesgos de pérdidas por causa de plagas, sequías y desastres naturales.

Por otro lado, a principios del siglo XX, el acelerado incremento de la población a escala mundial provocó la implantación de técnicas de aprovechamiento y cultivo que permitieran optimizar la producción y garantizar que se podía alimentar a capas cada vez más extensas de la población. La consiguiente pérdida de la calidad nutritiva de los cultivos y el empeoramiento de la fertilidad de las tierras llevaron a algunos grupos de agricultores a buscar soluciones más armónicas con el entorno natural que frenaran estos deterioros. A ello se sumó la preocupación por la mejora de la dieta humana y la calidad de los productos de consumo. En este contexto, comenzaron a surgir diversos modelos de agricultura ecológica, como la llamada agricultura biodinámica, del pensador austriaco Rudolf Steiner, o la agricultura orgánica, defendida por los agrónomos británicos Eve Balfour y Albert Howard.

Durante las décadas posteriores, los acelerados desarrollos científicos y tecnológicos del siglo XX se aplicaron sin demasiada prevención en la agricultura y la ganadería, además de otros ámbitos de la producción de alimentos. Algunos casos extremos de abuso del empleo de abonos sintéticos para fomentar la producción y de plaguicidas químicos para combatir los ataques de insectos y otras plagas, así como el uso indiscriminado de antibióticos en la ganadería intensiva para prevenir enfermedades del ganado, tuvieron un efecto negativo en la salud de los consumidores. A ello se han añadido en fechas recientes los temores por la creciente utilización de organismos modificados genéticamente sin que existiera un plazo suficiente para conocer sus efectos sobre la salud humana.

Debido a todo ello, a finales del siglo XX y principios del XXI se ha agudizado la sensibilidad de sectores de consumidores cada vez más extensos acerca de la calidad de los productos del mercado alimentario y de la degradación del medio ambiente y las especies naturales. El auge de la agricultura biológica se enmarca dentro de estas tendencias reactivas.

Bases de la agricultura biológica

Las técnicas bioagrícolas parten de la base de la aplicación de una serie de principios comunes.

El criterio predominante en los cultivos biológicos es la preservación y mejora de la fertilidad de los suelos a través de fertilizantes naturales como compost, es decir, la mezcla de residuos orgánicos de origen animal y vegetal, o estiércoles procedentes de los excrementos del ganado o de las aves (guano, palomina, gallinaza), sin empleo de fertilizantes de síntesis química.

Otro de los elementos básicos de esta modalidad de cultivo es el recurso a técnicas naturales de control de plagas, como la liberación en las plantaciones de insectos "útiles" contra determinadas especies dañinas, así como al uso de productos de origen natural como las piretrinas que se obtienen de las flores del crisantemo. Las feromonas, los ultrasonidos y los enmascaradores de olores, entre otros, ayudan a ahuyentar plagas y pájaros que devoran o deterioran los cultivos, y también lo hace la diversificación de cultivos, ya que, en un campo con varias especies plantadas es más difícil que aparezcan grandes plagas. En el mismo sentido, para mantener la calidad de los suelos se usan insectos inocuos, lombrices y otros organismos que, a través de su acción de horadación de galerías, favorecen la aireación y compactación del suelo.

Por último, otro principio esencial en agricultura biológica es la rotación de cultivos, pues, alternando plantas de diferentes necesidades nutritivas, se evita que el terreno se debilite y que las plagas se instalen sobre un cultivo por tiempo prolongado.

Pros y contras de los cultivos biológicos

Los aspectos positivos de la agricultura biológica son inherentes a su propia definición y se relacionan con los siguientes beneficios: la calidad de los alimentos obtenidos, la garantía de preservación ambiental, el menor gasto energético que su uso supone y su mejor adaptación a los cultivos en pequeña escala, más fáciles de generalizar que las grandes explotaciones agrícolas.

Entre los que podrían considerarse aspectos negativos, se cuenta el mayor precio de los productos de agricultura biológica, dado que el uso de procedimientos convencionales abaratan los costos considerablemente. También se suele señalar el hecho de que los productos obtenidos por medio de bioagricultura presentan en ocasiones un aspecto menos atractivo, dado que no se les añaden elementos sintéticos de mejora de su aspecto externo, su coloración, etc.