Agricultura, historia de la

Las labores agrícolas se remontan a los albores de la civilización. El mural egipcio de la imagen muestra un detalle de la recolección de cereales.

El hombre primitivo vivió durante siglos de la recolección de plantas y de la caza y la pesca. Su interés por las plantas de las que se alimentaba lo llevó a observar sus mecanismos de germinación, crecimiento y multiplicación, y esta observación sirvió de base para que, entre nueve y siete mil años antes de la era cristiana, se difundieran los cultivos agrícolas, los más antiguos de los cuales se situaron en el cercano oriente y que, según todos los indicios, se realizaron con semillas de ancestrales variedades de cereales. No obstante, también se han hallado vestigios de cultivos de legumbres y calabazas correspondientes a ese mismo intervalo temporal en el sudeste asiático y el norte de México, por lo que es presumible que el proceso tuviera lugar en distintos puntos del planeta de manera, si no simultánea, sí próxima en el tiempo.

Desde aquel lejano entonces, el ser humano ha evolucionado en el dominio de las técnicas agrícolas hasta llegar a las modernas investigaciones sobre selección de las semillas de mejores cualidades genéticas o incluso a la modificación de las mismas, si bien este último aspecto es objeto de controversia por los potenciales riesgos que, según ciertos sectores de opinión, presentan los organismos genéticamente modificados o alimentos transgénicos.

En la práctica agrícola se da, por otra parte, un fenómeno peculiar en la historia de la tecnología: muchas de las herramientas manejadas por los primeros agricultores hace miles de años aún se siguen utilizando en la actualidad con formas prácticamente iguales, dada la funcionalidad que su propia simplicidad les aporta.

La agricultura en la antigüedad

La generalización de los cultivos actuó en diferentes zonas del planeta como elemento vertebrador de las primeras civilizaciones históricas. La disponibilidad de reservas alimentarias que esta actividad permitía hizo que las poblaciones aumentaran, concentrándose en núcleos de dimensiones crecientes, y determinó normas en la distribución del trabajo y, consecuentemente, en la estructuración jerárquica de las primeras civilizaciones, surgidas en Mesopotamia, el antiguo Egipto, China, la India, la cuenca mediterránea y, posteriormente, Mesoamérica y el cordón andino.

El desarrollo agrícola, en el que también influyó la domesticación de especies animales empleadas como fuerza de tiro, presentó características singulares en cada ubicación. Por ejemplo, en las civilizaciones mesopotámicas sobresalieron las obras de canalización e irrigación a partir de los grandes ríos Tigris y Éufrates, en una zona predominantemente desértica, mientras que en Egipto se aprovecharon las periódicas crecidas del Nilo para crear infraestructuras de cultivo en las fértiles riberas del gran río africano. Las civilizaciones asiáticas orientales aprovecharon también las grandes cuencas fluviales del Indo, el Ganges o el Yangzé para instaurar sus incipientes cultivos, en tanto que, en la cuenca mediterránea, se creó un cultivo de secano específico favorecido por el clima, consistente en trigo, vid y olivo, que determinó la creación de una activa red comercial con otras culturas.

Entre las civilizaciones del mundo antiguo fue probablemente la romana la que dio un mayor impulso a la tecnología y la ciencia agrícolas. En la antigua Roma se obtuvieron importantes avances en el ámbito de las herramientas, como el denominado arado romano, que para abrir los surcos incorporaba una reja de hierro, pieza que permitía labrar los campos con mayor facilidad que hasta entonces. Igualmente se desarrollaron operaciones como el injerto, el abonado o la poda, según los conocimientos atesorados en los primeros grandes tratados de agronomía, como buena parte de los 16 libros de la Historia naturalis, de Plinio El Viejo, o De re rustica (Sobre la agricultura), de Lucio Junio Columela.

En el continente americano, el aislamiento de las civilizaciones mesoamericanas y andinas respecto de otras culturas determinaría la proliferación de especies de cultivo propias, que permanecerían desconocidas en el resto del mundo hasta la llegada de los europeos a fines del siglo XV. Entre los múltiples ejemplos de ellas cabe mencionar especies sin las cuales resulta difícil comprender las pautas de alimentación actual en el mundo, como la papa o patata, el maíz, el tomate, el frijol (judía o poroto) o el cacao.

La agricultura medieval

A lo largo del milenio durante el cual se prolongó la edad media, se registraron avances determinados por los movimientos de expansión de algunas civilizaciones como el Islam y por la apertura de rutas comerciales como las de la seda o las especias, que comunicaban Occidente con Extremo Oriente. Los árabes introdujeron en Europa nuevos cultivos, como el algodón, la caña de azúcar, el café o la palmera datilera, mientras que de China y el sudeste asiático llegaron el arroz, el té y numerosas especias, como la canela, el clavo, la pimienta o la nuez moscada, que alcanzaban en occidente precios elevadísimos.

La expansión de las tierras de cultivo, que fue creciente a partir del siglo X, se vio bruscamente frenada por la crisis del siglo XIV. Las hambrunas, la Guerra de los Cien Años y, sobre todo, la epidemia conocida como Peste Negra, que desde 1348 diezmó la población en al menos un tercio del total en la mayor parte de Europa, definieron un periodo de gravísima crisis. De él se saldría poco a poco, con aportaciones a la tecnología agrícola como el arado de ruedas, la generalización del uso de animales de tiro, como el caballo o la mula y la extensión de la rotación de cultivos y el barbecho, procedimiento en virtud del cual algunos terrenos se dejaban durante algunos ciclos agrícolas sin cultivar para que la tierras recuperaran nutrientes.

La transición a la agricultura moderna

El descubrimiento de América y la proliferación de las exploraciones geográficas supusieron la incorporación a la gama de cultivos de múltiples especies como los ya mencionados de la papa, el maíz o el frijol, en tanto que el trigo y las hortalizas del Viejo Mundo se adaptaron bien a las nuevas tierras colonizadas.

A partir del siglo XVIII se realizaron los primeros intentos de mecanización para suplir a la fuerza de tiro animal, y en el siglo XIX, durante la expansión de la Revolución Industrial iniciada en el Reino Unido, comenzaron a emplearse segadoras, trilladoras y cosechadoras, que repercutieron de manera decisiva en el rendimiento de los campos de cultivo.

La activación del comercio hizo necesario un incremento de la producción agrícola, para lo cual se roturaron ingentes extensiones de terreno que hasta entonces habían permanecido improductivas en distintas partes del planeta. Así sucedió, por ejemplo, en las grandes praderas de Norteamérica, entre el río Mississippi y las Montañas Rocosas, o en las pampas argentinas, si bien en estas últimas predominó la tendencia a la explotación de ganado bovino.

Fuentes energéticas como el carbón, el vapor, la electricidad o el petróleo determinaron un radical replanteamiento de la gestión agrícola y de los medios de transporte empleados en las redes de distribución de los productos. Sin embargo, la evolución de la agricultura discurrió en la mayor parte del mundo con un dinamismo muy inferior al del desarrollo industrial y comercial, por lo que, en términos generales, la actividad agrícola y el medio rural en el que se desarrollaba quedaron en un plano secundario en el marco de la estructura económica de los países.

En tal estructura la agricultura experimentó una neta diferenciación entre los cultivos comerciales, en buena parte dedicados a la exportación, y los cultivos de subsistencia, destinados a la cobertura de las necesidades alimentarias de familias o pequeñas comunidades y cuya explotación ha permanecido hasta nuestros días en un plano artesanal.

La agricultura científica

La tecnología agrícola se desarrolló en el siglo XX en mayor medida que en toda su historia anterior y en esa centuria se constituyeron los fundamentos del estudio agronómico, en el que los principios científicos se aplican a las diferentes facetas del cultivo.

Papel destacado fue el representado por el tractor, cuyo primer prototipo de uso agrícola fue construido por el estadounidense John Froehlich en 1892. Se trata de un vehículo automotor, de alta potencia y baja velocidad, dotado de ruedas adaptadas al desplazamiento por terrenos labrados y por medio del cual se pueden remolcar máquinas y herramientas agrícolas, como roturadoras, sembradoras, segadoras, etc. Las funciones del tractor tendieron a quedar unificadas en las grandes cosechadoras, máquinas autopropulsadas que integran las operaciones de arado, siembra, recolección, procesado y empacado, adaptadas a los diferentes cultivos.

Los avances tecnológicos de la moderna agricultura han discurrido en paralelo a los estudios científicos sobre mejora de la composición química de los suelos, selección de variedades de mayor rendimiento o modificación genética de plantas, incorporándoles características tales como mayor resistencia al frío, la sequía o las plagas, crecimiento más rápido, mayor valor nutricional, etc. Estas especies vegetales, que forman parte de los denominados alimentos transgénicos, constituyen no obstante un elemento de polémica en el marco de la agricultura actual, ya que son muy significativos los movimientos ecológicos y conservacionistas que denuncian sus posibles efectos perjudiciales, tanto sanitarios como ambientales.

En el contexto de las nuevas tecnologías aplicadas a los cultivos, cabe destacar áreas como la denominada agricultura de precisión. Dentro de su ámbito, en manifiesto desarrollo durante la década de 2000, se encuadran proyectos integrados que, con ayuda de recursos informáticos, como el Sistema de Posicionamiento Global (GPS, por sus siglas en inglés), sensores climáticos y de variaciones en la composición del suelo, imágenes de satélite y proyecciones meteorológicas y pluviométricas, permiten valorar en los campos factores tales como la necesidad de fertilizantes, densidad óptima de siembra en cada parcela y demás parámetros de una superficie cultivada.

La agricultura en el mundo globalizado

La agricultura del siglo XXI afronta grandes desafíos, el principal de los cuales es, ciertamente, el de paliar los efectos del hambre crónica que, en la era de la globalización, padecen en torno a 800 millones de personas en nuestro planeta. Para ello se recurre a medios como el fomento el cultivo de ciertas especies de alto rendimiento que pueden constituir una opción a este respecto, como la soja en Asia y el sorgo en África, y a planes de desarrollo sostenible en las zonas más depauperadas de la Tierra

A este respecto, la moderna planificación agrícola ha de tener especialmente en cuenta los condicionantes ambientales. De hecho, el impacto sobre el medio de ciertas prácticas agrícolas ha determinado en el pasado reciente la desertización de zonas poco antes fértiles, como el Sahel africano o las riberas del mar de Aral, en la estepa centroasiática.

Cabe citar entre los principales problemas ambientales de origen agrícola el deterioro de ecosistemas naturales por la expansión de los terrenos de cultivo y la consecuente pérdida de biodiversidad, el agotamiento de las sales minerales o el exceso de salinización, procesos favorecedores de la desertización, o los efectos nocivos de plaguicidas, herbicidas o fertilizantes sintéticos.

Además de la problemática ambiental, la economía y la política agrícolas han de hacer frente a desafíos centrados en el campo del comercio internacional. Uno de ellos se encuadra, por ejemplo, en los diversos acuerdos de libre comercio vigentes en la primera década del siglo XXI entre los países industrializados y los que se hallan en vías de desarrollo. Uno de los elementos más criticados de estos acuerdos es el hecho de que fomentan el libre tránsito de productos agrícolas procedentes de países pobres, mientras que los países ricos mantienen subsidios a sus respectivas producciones internas de esos mismos productos. Éste es, sin duda, uno de los numerosos puntos de divergencia que la agricultura mundial ha de afrontar en el inmediato futuro.