Capital

Del latín capitalis, “relativo a la cabeza”.

El término “capital” presenta en economía numerosas acepciones según el contexto en el que se sitúe.

Tipos y transformaciones de capital

Desde un punto de vista muy genérico, es capital el conjunto de bienes de una persona o empresa constitutivos de su patrimonio. En el marco de la teoría económica general, el capital podría definirse como el valor de los bienes y derechos que generan frutos o intereses, y en el ámbito de la economía política una definición ampliamente aceptada es la que describe el capital como un factor de producción generado por la riqueza acumulada que se destina a la creación de nueva riqueza.

En este último sentido, se entiende de forma estricta por capital el conjunto de bienes que tienen naturaleza monetaria, así como los elementos materiales (maquinaria, equipos, locales y edificios, terrenos y bienes de toda índole), pero en este ámbito de la economía política también se deben tener en cuenta, como una forma especial de capital, otros elementos o factores destinados al mismo fin de generar riqueza: las personas (trabajadores de una empresa) y los elementos inmateriales (como la capacidad de los trabajadores o la formación de éstos). Conviene insistir, no obstante, que una de las características definitorias del capital es su condición de cuantificable en términos exactos, por lo que son numerosos los teóricos de la economía que excluyen el factor humano del concepto genérico de capital, diferenciándose en tal caso el término paralelo de “capital humano”.

En el marco del ciclo productivo y dentro de este ámbito de la economía política, el capital, considerado como aquella parte de la riqueza generada que se destina a la creación de nueva riqueza, es interpretado por lo tanto como un conjunto de bienes, entre los cuales se distinguen dos categorías principales: los bienes de consumo, también llamados directos o de primer orden, que son los que permiten satisfacer de forma inmediata una necesidad, tales como, por ejemplo, un automóvil de uso particular, un alimento o una prenda de vestir; y los bienes de producción, llamados indirectos o de orden superior, que son los que no se destinan al uso inmediato, sino que intervienen en la creación de los primeros. Tales serían, por ejemplo, las instalaciones y la maquinaria de una fábrica o los vehículos dedicados a la producción de un determinado bien de consumo. Nótese, pues, que la naturaleza específica de cada bien no determina su asignación a una categoría u otra, ya que medios de transporte como automóviles, camiones, etc., pueden ser tanto bienes de consumo como de producción.

Desde el punto de vista bursátil, el capital, en este caso denominado capital social, corresponde al valor nominal de las acciones de una empresa y que son el conjunto de las aportaciones económicas realizadas por los socios de dicha compañía.

Una diferenciación especialmente significativa y de notable importancia en la evolución histórica del concepto de capital es la que se establece entre capital fijo y capital circulante. El primero se suele definir como aquel que no se ve modificado en el curso del proceso de producción, por lo que incorpora maquinaria, edificios, terrenos, etc. Por su parte, el capital circulante es el que está integrado por bienes sometidos a algún tipo de proceso, es decir, materias primas, bienes acabados en espera de ser comercializados o conjunto de valores bursátiles de una empresa. En este último caso, el proceso al que se vería sometido el capital sería el cambio de propiedad derivado de la propia condición de comercializables de tales valores.

Otra distinción importante en el marco de las diferentes modalidades de capital fue introducida por Karl Marx en el siglo XIX en su obra El Capital, en donde se diferencia entre el capital constante y el capital variable, nociones que no deben confundirse con las anteriormente comentadas de capital fijo o circulante. El capital constante engloba, según el filósofo y economista alemán, todo el conjunto de bienes necesarios para que tenga lugar el proceso productivo, mientras que el variable es el derivado de la cantidad de trabajo humano necesario para que el bien llegue a producirse.

A partir de esta diferenciación nace también la que determina una nueva categorización de términos. En el inicio del proceso productivo todo el capital es de tipo monetario, es decir, se presenta en la forma del dinero aplicado a la financiación de ese proceso. En una segunda fase se convierte en capital industrial, ya que el dinero se invierte en la adquisición de medios y también de personal que permiten desarrollar el ciclo productivo. En una tercera fase de la transformación, el capital pasa a ser comercial, una vez obtenidos los productos que se han de vender. Cuando su venta se produce, el capital vuelve a ser monetario, siendo en este caso su magnitud la correspondiente a la suma del capital monetario inicial y la plusvalía generada por el ciclo productivo, el cual se reanuda con un nuevo ciclo para generar más plusvalía y aumentar su monto global.

El hecho de que fuera Marx el enunciador de este planteamiento no comporta elementos ideológicos y políticos, ya que el ciclo de transformación del capital es genéricamente aceptado en términos económicos y en él se encuadra la interpretación del capital como un elemento en permanente dinamismo, como consecuencia de la compensación entre la tendencia a la disminución, derivada del gasto o consumo, y la tendencia al aumento, aportada por el rendimiento de la renta o producto.

Las teorías del capital y del interés

El desarrollo de la teoría del capital ha discurrido en paralelo al de la teoría del interés, noción asociada de modo muy estrecho con la de capital a lo largo de la historia económica, y cuyas interpretaciones han generado divergencias con notable trascendencia en el ámbito político e ideológico. El interés, entendido como renta derivada de la utilización de un capital o del préstamo de parte de él, fue condenado por pensadores de la antigüedad clásica, como Aristóteles, y considerado pecado de usura por los filósofos escolásticos y la jerarquía eclesiástica medieval.

Por el contrario, los economistas denominados clásicos, entre otros, Adam Smith, David Ricardo o John Stuart Mill, a partir de cuyos trabajos en el siglo XVIII adquirió preeminencia el concepto de capital, otorgaron al interés una consideración de plena legitimidad como forma de obtención de riqueza. En este sentido, el británico Nassau Senior, considerado de transición entre los economistas clásicos y los marginalistas, asignó al interés un papel de compensación para el capitalista por lo que él denominó su “abstinencia” en el consumo de bienes por su dedicación a la creación de riqueza a través de la transformación del capital. Posteriormente Marx atacó este planteamiento otorgando a la fuerza de trabajo el único mérito digno de valoración en el proceso de producción social.

A finales del siglo XIX y principios del XX adquirió notoriedad en el ámbito de las teorías del capital y el interés la escuela conocida como marginalismo, basada en el concepto de utilidad marginal de los procesos económicos y en la importancia subjetiva que para los consumidores tienen las últimas unidades de un determinado bien (lo que ellos denominaron “impaciencia del consumidor”). Para los marginalistas, entre los que cabe citar al austriaco Eugen von Bohm-Bawerk y al estadounidense Irving Fisher, los ciclos de producción más largos son más productivos, con tipos de interés más bajos, mientras que los cortos, de tipos de interés elevados, son menos productivos. Al mercado de capitales corresponde el determinar cuál es en cada momento el interés adecuado para ajustar la duración de los ciclos productivos al volumen de capital disponible, de modo que no se produzca una falta de disponibilidad de financiación de los procesos productivos.

Por su parte, el británico John Maynard Keynes introdujo, ya en el siglo XX, una variación que otorgaba una nueva función al interés en relación con la apreciación o depreciación del capital. Cuando los propietarios del capital de las empresas (dinero y acciones) tienden a mantener una mayor cantidad de activos en forma de dinero, existe una tendencia a la venta de acciones y, en consecuencia, a la reducción de su precio y a la elevación de los tipos de interés. En cambio, cuando la tendencia es al aumento de la capitalización en acciones, éstas suben de precio con la consiguiente bajada de los tipos de interés. Esta teoría, denominada de tipo de interés de mercado, dio paso a la consideración de los tipos de interés como elemento regulador del mercado y de la inflación, en razón de la mayor o menor tendencia a la presencia de capital en dicho mercado.

Modernamente, ha adquirido por otra parte una creciente presencia en el ámbito de la teoría económica el principio según el cual la innovación tecnológica es un elemento que tiende a reducir la importancia del factor trabajo y a incrementar la del factor capital. En virtud de ello, las sociedades tecnológicamente avanzadas presentan un mayor volumen de capital con menores dimensiones de la fuerza de trabajo.