Dinero

Billetes y monedas de dinero.

Del latín denarius, “denario” (moneda romana).

Como dinero se conoce cualquier medio de cambio de aceptación general, empleado para el abono de bienes o servicios y que puede ser declarado instrumento legal de pago. Desde sus orígenes, en los que apareció como forma de valoración de las mercancías para sustituir al trueque, el dinero ha experimentado una progresiva diferenciación en sus formas y funciones.

Evolución histórica y tipos de dinero

En la antigüedad, el incremento de las relaciones comerciales, que en primera instancia se basó en el trueque de mercancías, condujo a una situación en la que cada bien debía corresponderse con una equivalencia con respecto a todas las demás mercancías, lo que hacía que los intercambios fueran complejos y arbitrarios. El trueque directo fue pronto sustituido por medios de cambio estandarizados, que en general eran objetos apreciados en las diferentes sociedades en las que se utilizaban. Así, se emplearon medidas de sal en las primitivas civilizaciones mediterráneas, pieles entre los pueblos centroeuropeos o semillas de cacao en las culturas precolombinas americanas.

Esta pauta de valoración dio paso a los metales preciosos, oro y plata, que aportaban al medio de cambio un componente de relativa inalterabilidad complementado por la posibilidad de subdividir las medidas. En el antiguo Egipto y las civilizaciones mesopotámicas se emplearon lingotes de oro y sus unidades fraccionarias. De ese fraccionamiento se pasó a la acuñación de moneda, cuyos primeros testimonios datan del siglo VII a.C. y se sitúan en Lidia, una región de Asia menor. Se trataba de piezas circulares de aleación de oro y plata, a las que se asignaba un sello con su peso o su pureza.

En esos primeros tiempos la acuñación era, pues, la operación a través de la cual el metal en bruto era transformado en monedas empleadas como dinero. Los metales preciosos tenían el inconveniente de desgastarse con el uso, por lo que pronto se fabricaron monedas con aleaciones de otros metales, como el cobre, a las que se asignaba una ley según la cantidad de metal precioso contenido. Éste era el dinero conocido como “moneda de pleno contenido”, que tenía el mismo valor como dinero, es decir, como moneda, que como mercancía, en este caso un metal precioso en aleación.

Ante la profusión de autoridades responsables de la acuñación, se creó un estamento especializado en la medición de la ley y el peso de las monedas. La dificultad e inseguridad para el transporte de estas monedas hizo que los integrantes de estos estamentos se constituyeran en sus depositarios, a cambio de documentos por escrito en los que se reconocía la propiedad del dinero de los depositantes. Nacía así el llamado dinero papel de pleno contenido, el primer papel moneda en circulación.

Cuando los depositarios observaron que las monedas que les eran confiadas no eran retiradas de manera simultánea, optaron por efectuar préstamos no de las propias monedas en sí, sino de nuevos certificados en los que se reconocía que la cantidad entregada no era de su propiedad y con el compromiso por parte de los receptores de reingresar la cantidad recibida en un determinado plazo. Los encargados de valorar la composición de las monedas, que en principio eran orfebres, se convirtieron en depositarios y prestamistas. De tal modo nacía la banca en los primeros siglos del segundo milenio.

A través de este proceso se llegó a una situación en la que el papel moneda en circulación no correspondía a la cantidad de dinero depositado en monedas. Así se daba paso al denominado dinero signo de papel, posteriormente más conocido como billete de banco, cuya emisión, en primera instancia libre para los bancos privados, quedó pronto bajo monopolio estatal, en manos de los bancos nacionales o de emisión.

Entre los tipos de dinero característicos de la sociedad moderna se cuenta el llamado dinero de plástico, constituido por las tarjetas de crédito, tarjetas dotadas de banda magnética y en ocasiones microchip de identificación, que sirven para hacer compras con derecho a crédito, abonándolas con posterioridad al gasto. En el caso de las tarjetas de débito no se ofrece crédito, sino que el gasto se carga al saldo de la cuenta personal del usuario.

Sobre el mismo formato que la tarjeta de crédito se han desarrollado modernamente variantes como la tarjeta monedero, en la que se puede cargar dinero de un cajero automático y usarla como si se tratara de dinero en metálico en los establecimientos dotados de lectores adecuados, o las tarjetas prepago para realizar abonos a través de Internet.

Funciones asignadas al dinero

La que puede considerase primera función del dinero es la de servir como medio de pago, para lo cual ha de existir en cantidades limitadas y sujetas a control legal. Especial importancia tienen las medidas establecidas por los bancos emisores para evitar la falsificación, que en las sociedades modernas se limita al papel moneda. Entre los recursos aplicados para evitar la falsificación se cuentan las marcas de agua, la incorporación al papel de fibras fotosensibles a la luz ultravioleta o las impresiones coincidentes con exactitud en ambas caras del billete.

Una segunda función del dinero es la de actuar como unidad de cuenta, es decir, como moneda en función de la cual son valoradas todas las mercancías y todos los servicios. A partir de tal función se generan las correspondientes políticas de precios y las equivalencias entre divisas nacionales o de zonas económicas transnacionales, como el euro, en el caso de los países de la Unión Europea integrados en la llamada “zona euro”.

Por último, el dinero presenta también una función de depósito de valor, derivada de su condición de instrumento que puede actuar como reserva para su utilización futura. Es ésta la condición que lo hace susceptible de medio de inversión en depósitos a plazo, fijo o variable, y en otros productos financieros.

La gestión del dinero

A partir de las tres funciones citadas, el dinero debe ser gestionado a nivel estatal por las entidades oficiales encargadas de su emisión y control, arbitrando las medidas necesarias para que su volumen en circulación sea el adecuado, a fin de evitar su devaluación o su apreciación excesiva, en términos que no correspondan al equivalente real de los bienes o servicios para cuya valoración sirve. Junto a las autoridades monetarias de cada país, la gestión del dinero corresponde fundamentalmente a las entidades bancarias y a los organismos monetarios.

El dinero bancario

El dinero bancario es aquel constituido por depósitos a la vista (es decir, disponibles en cualquier momento) de los clientes, junto con los certificados de ahorro, los depósitos a plazo y demás ofertas de inversión.

Este conjunto de riqueza, que en las sociedades modernas supone un importante porcentaje del total de dinero en circulación, es gestionado por los bancos y entidades financieras para generar nuevos dividendos a partir de la concesión de préstamos, por el ingreso de los correspondientes intereses, y mediante inversión de los fondos de sus clientes, una vez aplicada la necesaria retención de reservas a la que se denomina encaje.

Para asegurar la viabilidad del sistema bancario y garantizar que los depositantes pueden recuperar su dinero en cualquier momento, las autoridades responsables de la política económica han de fijar mecanismos como el citado encaje de reservas, fondos de compensación interbancaria o incluso créditos a los propios bancos.

La gestión de dinero a nivel internacional

En la era de la globalización, puede afirmarse que el dinero, sea bancario o de particulares, puede circular libremente por los mercados internacionales, ya que los inversores pueden adquirir acciones y otros tipos de valores de inversión en cualquier mercado mundial.

No obstante, la gestión de dinero a nivel internacional requiere de la intervención de organismos transnacionales que regulen la paridad entre las diferentes monedas nacionales y los créditos concedidos a los países en vías de desarrollo o a los que presentan situaciones económicas coyunturalmente desfavorables.

La paridad entre las diversas monedas nacionales se ha venido estableciendo históricamente a partir de la correlación de cada una de ellas con un patrón monetario. Aunque tales patrones han sido varios, los de mayor importancia son el bimetálico, por el que dos metales monetizables, generalmente oro y plata, mantienen entre sí una relación fija que se constituye en referencia para las diversas divisas, y el patrón oro, vigente durante el siglo XIX e importante elemento para el desarrollo económico y comercial de esa época. El patrón oro comenzó a ser abandonado por la mayoría de los países tras la Primera Guerra Mundial, adoptándose como referente con posterioridad el patrón dólar, dado que el dólar estadounidense sería la moneda más fuerte hasta la primera década del siglo XXI. No obstante, en los años centrales de la década de 2000 varios países comenzaron a atesorar reservas en euros, unidad monetaria que en 2007 era de curso legal en 13 de los 27 países de la Unión Europea. En 2006, Irán, importante productor de petróleo y en consecuencia destacado actor en el escenario económico mundial, anunció que comenzaría a emplear esta divisa como moneda oficial.

Organizaciones transnacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo, más conocido como Banco Mundial (BM), se encargan de la regulación y concesión de créditos internacionales para ayuda al desarrollo y de la fijación de las directrices de política monetaria a nivel internacional.