Censura

Del latín censura, y éste de census, “lista”.

Se denomina censura a las distintas formas de prohibición que las autoridades, fundamentalmente políticas y religiosas, aplican a la difusión de determinadas ideas o actos que, según su criterio, pueden perjudicar a ciertos principios morales, políticos o relacionados con las creencias que rigen la organización social.

Delimitación del ámbito de la censura

La naturaleza coercitiva inherente a la propia noción de censura hace que lo que, desde el punto de vista de quien la ejerce, resulta beneficioso para el conjunto de la sociedad, sea considerado por otros como una forma de defensa de los intereses de la propia autoridad censora.

La censura sistemática de la antigüedad y la practicada por los sistemas de gobierno represivos son repudiadas de manera general en el moderno contexto democrático. Individualidad y libertad de expresión son en él conceptos cuyo arraigo queda demostrado en la mayor parte de los ordenamientos legales democráticos, que reconocen como prioritarias las libertades de pensamiento, expresión, prensa y creencias.

No obstante, la problemática que en la actualidad está más estrechamente vinculada al concepto de censura es la centrada en ciertas modalidades de represión de estas libertades, no ya en el marco legal sino en el social. En estas formas de censura, o más propiamente de autocensura, se encuadran todas aquellas actitudes que denotan miedo a manifestar opiniones que puedan tener repercusiones en áreas como el trabajo, la posición social o incluso la seguridad personal.

Aproximación histórica

En todas las civilizaciones antiguas, en las que el componente religioso constituía un elemento esencial de la vida comunitaria, eran numerosos los aspectos teológicos y de pensamiento sometidos a rigurosos modos de censura, en las que la coerción se aseguraba muchas veces con la pena de muerte. Un ejemplo característico de este tipo de represión es la condena a muerte del filósofo Sócrates, acusado de un delito que hoy llamaríamos “de opinión”, como el de corromper la mente de los jóvenes con ideas contrarias a las convenciones y de no ofrecer el debido culto a los dioses.

El propio término “censura” tiene su antecedente en la actividad de los censores, funcionarios romanos que desde el siglo V a.C. tenían la misión de efectuar los censos de población y preservar la moral pública de los ciudadanos. El rigor de estos funcionarios llegaba a manifestarse en los ordenamientos legales, a través de medidas como castigar con la muerte a quienes hiciesen públicas sátiras contra los cónsules y altos funcionarios republicanos, primero, y más tarde, contra el emperador y su círculo.

Durante la edad media y en el ámbito de la intransigencia religiosa propia de los primeros siglos de la edad moderna, la represión ideológica, y en consecuencia la censura, se centraron en el campo teológico. La herejía fue uno de los delitos más enconadamente perseguidos y castigados, aplicándose una censura esencialmente punitiva, ejercida por instituciones como la Inquisición.

La difusión de los escritos a través de la imprenta hizo que el aspecto punitivo de la censura fuera relegado por su perspectiva preventiva, es decir, por la censura previa de todo aquello que debía, o no, publicarse. En este marco surgieron figuras como la del juez de imprentas, que en la España de Felipe II, en el siglo XVI, encabezaba un cuerpo de censores encargados de conceder o denegar el permiso de impresión a cualquier publicación.

En el marco más estrictamente eclesiástico, adquirió especial protagonismo el Index librorum prohibitorum, elaborado por vez primera en el Concilio de Trento, que registraba las obras de lectura vetada de manera terminante por contener principios contrarios a la fe católica. La rigidez contrarreformista tuvo, no obstante, contrapartidas equivalentes del lado protestante.

Por otra parte, la inveterada costumbre de condenar a muerte a quienes contravenían los propios principios morales o religiosos no remitió en esta época. De ello dan fe las ejecuciones de figuras como la heroína francesa Juana de Arco, el escritor y pensador británico Tomás Moro o el médico y humanista español Miguel Servet.

A partir del siglo XVIII, el pensamiento ilustrado y el liberalismo abrieron nuevas vías a la difusión del principio de que la libertad de pensamiento y expresión son elementos esenciales de las sociedades humanas, con lo que la oposición a toda forma de censura institucional fue arraigando de manera notable en la sociedad.

La censura se constituyó, pues, en elemento diferenciador de los regímenes políticos autoritarios y represivos, como los de los fascismos europeos del siglo XX o los de la Unión Soviética y su órbita.

En las modernas sociedades democráticas, la restricción del acceso a la información y de la libertad de expresión queda limitada a marcos muy específicos, como los relacionados con la seguridad nacional, en cuyo entorno se establece la categoría de “materia reservada”.

Por otra parte, la implantación en la sociedad actual de realidades como la amenaza terrorista promovida por los sectores extremos del fundamentalismo islámico ha dado pie en la década de 2000 a formas específicas de autocensura, como las que tienden a no difundir escritos o imágenes que puedan ser causa de posibles acciones violentas.

La generalización de las nuevas tecnologías y la implantación a escala global de la red de Internet han abierto los cauces de información, de modo que la censura en sus planteamientos más sistemáticos ha quedado prácticamente erradicada. No obstante, ciertos regímenes políticos, como el de China, mantienen limitaciones a la difusión de información a través de la red mediante filtros que impiden el acceso a determinadas páginas web.