Justicia

Desde el punto de vista filosófico, la noción de justicia es un concepto que no sólo afecta al ser humano y a su convivencia en sociedad, sino que se sitúa en el plano de un orden universal, en función del cual todas las cosas deben ocupar un puesto determinado y desempeñan un cometido preciso dentro de dicho orden.

Dentro del ámbito más estrictamente sociológico, la justicia es el conjunto de pautas que determinan la creación de un entorno social en el que personas e instituciones se interrelacionan. A partir de tal premisa pueden distinguirse la interpretación sociocultural de la justicia y la puramente formal.

La primera es aquella que queda determinada por el acuerdo que los integrantes de la sociedad alcanzan sobre qué es bueno y qué es malo para cada individuo y para la comunidad. Se parte de la base de que los miembros de una colectividad humana tienen una concepción propia de todo aquello que consideran justo o injusto. A partir de esa percepción se genera una estructura normativa, que es la que regula la justicia y su administración en su interpretación formal.

Dentro de esta última quedan comprendidos los códigos y reglas, en general especificados por escrito, que son aplicados por los jueces y otros operadores jurídicos y que se plantean como fin último la resolución de las divergencias que surjan en las relaciones que se establecen en el seno de la sociedad.

El arraigo de la idea de justicia en la mente humana desde la más remota antigüedad se manifiesta por el hecho de que la mayor parte de las mitologías clásicas han contado con encarnaciones que la representan. Cabe citar así, por ejemplo, a Forseti, deidad de la mitología escandinava, que es una de las pocas en las que el concepto es simbolizado por una figura masculina; Astrea y Themis, que en la mitología griega encarnaban respectivamente a la justicia humana y la justicia divina, y la romana Iustitia, símbolo del complejo entramado que en la antigua Roma se estableció en torno a la administración de justicia y que generaría el derecho romano, base en buena parte de las legislaciones modernas.

Justicia y derecho

En el ámbito filosófico, la justicia se relaciona con la propia interpretación de cada uno de todo aquello que se considera ético, honrado y equitativo, y presenta, lógicamente, un fuerte componente subjetivo, por lo que queda perfilado dentro de términos relativos. Sin embargo, existen una serie de principios comúnmente aceptados que hacen que la justicia sea reconocida como el valor intrínseco y la finalidad propia del derecho.

Sobre esta base, la justicia se asocia al papel de garante del orden social, como representación de los derechos de las personas que participan en esa sociedad. Dentro de este marco, la idea de justicia presenta como fundamento un principio al que se ve indefectiblemente unido: el de igualdad o, más propiamente, el de equidad. De él se deriva la base de la gran mayoría de los ordenamientos legales modernos, uno de cuyos fundamentos esenciales es el de que todas las personas son iguales ante la ley.

Esta percepción de la igualdad no ha de entenderse, no obstante, en términos absolutos, sino sobre la base de que hechos, conceptos, personas y objetos deben ser valorados de igual modo, cuando son iguales, y con un mismo baremo de diferenciación, cuando son diferentes.

El concepto de justicia se relaciona estrechamente con el de jurisdicción, es decir, con la potestad de aplicar y hacer ejecutar las leyes. En función del área en la que se aplique, la jurisdicción puede ser penal, civil, militar, etc., y, por analogía, es frecuente que ambos conceptos se identifiquen como uno solo, hablándose indistintamente de justicia o de jurisdicción civil, militar, etc.

A partir de principios como el antes citado de la igualdad ante la ley se han desarrollado a lo largo de la historia una serie de perfiles relacionados con la idea de justicia, que tienden a unificar los conceptos de lo que es considerado justo por derecho. Esta tendencia unificadora se ve reflejada en ejemplos como el de la esclavitud, que sólo fue erradicada de manera definitiva entrado el siglo XIX y que hasta entonces los ordenamientos reconocían como legal y, por consiguiente, como justa.

Sin embargo, esta línea evolutiva de configuración de una interpretación universal de la justicia, que en la primera década del siglo XXI debería considerarse sólidamente implantada a nivel global, deja entrever aún en su conjunto importantes lagunas. Baste citar el significativo ejemplo de la pena de muerte, que continúa siendo legal en países como China, que engloba casi una quinta parte de la población mundial, para la que en virtud de su ordenamiento legal esa condena ha de ser aceptada como “justa”, o como ciertos estados de los Estados Unidos.

La justicia social

Si la interpretación legal de la idea de justicia tiene una estructura relativamente uniforme, que la hace susceptible de escasas posibilidades de interpretación personal y en consecuencia de variación, el concepto de justicia social se ha constituido en cambio en escenario de controversias filosóficas, sociales e ideológicas a lo largo de los últimos siglos.

La justicia social engloba el conjunto de objetivos y medidas necesarias para alcanzarla, los cuales se relacionan con el establecimiento de un orden social equitativo y equilibrado que, además de satisfacer condicionamientos de tipo ético, actúe también como elemento regulador del orden social y, en consecuencia, evite situaciones de enfrentamiento. Se trataría, pues, de una noción de carácter ético, en lo filosófico, y de aplicación práctica, en lo sociopolítico y en lo económico.

Aunque puede en principio parecer que es un concepto asociado a lo más íntimo de la naturaleza humana y, por consiguiente, establecido desde antiguo, la justicia social y la problemática que se gesta en torno a ella se comenzaron a considerar en el ámbito de las teorías sociopolíticas apenas en el siglo XVIII.

La idea de justicia social fue desarrollándose en paralelo a la del denominado contrato social, que analizaba las diferentes formas de conciliación de las aspiraciones individuales y los condicionantes impuestos por la vida común en sociedad.

Las distintas interpretaciones del contrato social, y su inherente noción de justicia, dieron lugar a diversas líneas de pensamiento, a partir de las teorías de filósofos como los británicos Thomas Hobbes o John Locke, el alemán Inmanuel Kant o el francés Jean Jacques Rousseau.

De los planteamientos de este ultimo, entre otros, nacería la interpretación de la justicia social que, fundada en las premisas del pensamiento ilustrado, se situaría en la génesis de las modernas teorías sobre la necesidad de justicia en la asignación de derechos a las personas y sobre el papel desempeñado por el estado en la dinámica social dentro de este marco.

En este sentido, se asentaron principios como la renuncia a ciertos derechos naturales a cambio de que el estado ejerza una función de conciliación entre igualdad y libertad, y la consecución a través de dicha función de niveles ecuánimes de bienestar social.

A partir de ello se constituyó también el reconocimiento de los derechos humanos como medio esencial para lograr el equilibrio entre aspiraciones individuales y gestión justa de las exigencias que la vida en sociedad impone, atribuyendo al gobierno en democracia el papel protagonista para el logro de niveles amplios de justicia social.

A lo largo de la edad contemporánea se desarrollaron diversas orientaciones, enmarcadas en corrientes de pensamiento como el liberalismo o las de inspiración marxista, surgidas en el siglo XIX, en las que se daba preeminencia a la justicia social basada en la igualdad de clases y la defensa de los derechos de la clase trabajadora y de los estamentos más desfavorecidos de la sociedad.

En las sociedades de principios del siglo XXI adquiere especial significación en el contexto de la justicia social el concepto de solidaridad que, a nivel global, ha de considerarse como elemento de equiparación de los derechos entre las personas de los países más desarrollados y las de los que presentan menores niveles de riqueza. Ello se constituye en un objetivo de primer orden dentro de un marco internacional en el que la superación de las diferencias entre las áreas más evolucionadas y las más empobrecidas es uno de los factores que pueden interpretarse como básicos para la consecución de sistemas sociales justos, que tiendan a evitar fenómenos como los flujos migratorios descontrolados o la polarización en la distribución de la riqueza a nivel mundial

Fomento del desarrollo económico sostenible y equilibrado, solidaridad y respeto de los derechos y la dignidad de las personas a escala planetaria son, pues, los tres pilares esenciales sobre los que ha de asentarse la evolución hacia un escenario de justicia social globalizada.