Anarquismo

Afiche anarquista de comienzos del siglo XX.

El origen etimológico griego de la palabra anarquismo, anarjos, sin jefe, sin autoridad, hace que la noción de anarquismo sea a veces identificada con la de caos o desorden generalizado, a partir de la negación de cualquier tipo de valores. Sin embargo, el anarquismo conforma un movimiento intelectual y político que desde el final del siglo XVIII ha desempeñado un papel destacado, precisamente por lo que de singular tienen sus premisas, en ocasiones más próximas a la filosofía que a la política.

Los principios anarquistas abogan por el rechazo frontal del sistema político y económico del capitalismo, en virtud de la creencia en un orden natural en el que todo factor que condicione la libertad del ser humano ha de ser erradicado. En el plano más estrechamente político, ello deriva en la pretensión de acabar con todos los elementos que supongan una forma de organización social no libremente acordada, sino impuesta a través del artificio, la coerción o la violencia.

A esta noción de orden natural aludió uno de los principales valedores del anarquismo, el ruso Piotr Kropotkin (1842-1921), al afirmar que “gran parte del orden reinante entre los hombres no es fruto del gobierno. Tiene su origen en los principios de la sociedad y la natural constitución de los hombres”.

Las bases ideológicas del anarquismo

En este planteamiento del teórico ruso se percibe una conexión de la filosofía que subyace al anarquismo con el idealismo y, en cierta medida, con el positivismo evolucionista.

En la base del pensamiento anarquista se encuentra la repulsa de toda forma de autoridad, sea ésta procedente del poder político, legislativo, económico, religioso o de cualquier otra índole.

Esta actitud de negación se condensa sobre todo en un acentuado antiestatalismo, acompañado de un rechazo de la religión y de la iglesia, en tanto que se las considera medios de alienación de los que nace la noción de autoridad que se concreta en las instituciones políticas.

No obstante, en ciertas líneas evolutivas del pensamiento anarquista existen interpretaciones de inspiración en cierto modo espiritualista, como el cambio de la sociedad a través de una revolución de índole espiritual o la interpretación del mensaje de Cristo en clave anarquista.

Este anarquismo “ideal”, del que pueden hallarse muestras en los escritos del escritor ruso Lev Tolstói, se vio históricamente superado por aquel que consideraba la revolución como hecho violento, por el que se debía acceder a la liberación del ser humano. No obstante, para los anarquistas esta lucha revolucionaria debía corresponder al movimiento espontáneo de las masas, y no de estructuras políticas organizadas y jerarquizadas. Este punto, que a ojos de los anarquistas generaría nuevas formas de sometimiento y dictadura, es uno de los factores esenciales de diferenciación entre las premisas anarquistas y las líneas políticas sostenidas por otros movimientos revolucionarios de transición entre los siglos XIX y XX, como el comunismo o el socialismo.

En el aspecto que podría considerarse “constructivo” dentro de la ideología anarquista, una de las constantes en la obra de todos sus teóricos es el reconocimiento de que la vida en sociedad ha de fundamentarse en relaciones voluntarias, libres y privadas de todo elemento de coerción.

En el plano más estrictamente político este planteamiento se concreta en el objetivo de la consecución de un número indefinido de acuerdos libres y puntuales que converjan en una estructura de federalismo libertario, en la que la solidaridad y el bien común prevalecerán sobre los intereses particulares.

Una de las características de la posición anarquista en relación con los sistemas democráticos es su renuncia a ejercer el derecho de voto. Ello se fundamenta en el razonamiento de que el sufragio universal constituye un elemento ficticio, en virtud del cual se crea una ilusoria percepción de que es el pueblo el que rige sus propios designios, cuando, en realidad, los poderes políticos y económicos tienden a mantener o acentuar la distinción de clases sociales y niveles de riqueza.

Aproximación histórica al anarquismo

A lo largo de la historia han sido varias las corrientes de pensamiento y las obras que, de algún modo, pueden correlacionarse con las premisas del anarquismo. Es posible reseñar, a modo de referencia, los escenarios ideales perfilados por filósofos renacentistas, como el británico Tomás Moro (Utopía) o el italiano Tommaso Campanella (La ciudad del sol).

Sin embargo, los primeros cuerpos doctrinales en los que se entrevé un conjunto orgánico de matices anarquistas fueron los creados a partir del final del siglo XVIII por pensadores como el británico William Godwin, quien propugnó la abolición de la propiedad privada y criticó abiertamente la estructura y la función del Estado, el alemán Max Stirner y, sobre todo, el francés Pierre-Joseph Proudhon (1809-1865), autor de la célebre frase “la propiedad es un robo”. También tuvieron notoria influencia los socialistas utópicos franceses o quienes elaboraron el trasfondo filosófico sobre el cual se asentarían las bases teóricas del anarquismo radical, centrado en la reivindicación del individuo frente al Estado o a otras superestructuras sociales.

Sin embargo, la consolidación del anarquismo como doctrina política quedó configurada en la segunda mitad del siglo XIX con la sustancial aportación del ruso Mijaíl Bakunin (1814-1876), principal teórico del movimiento con obras como El Estado y la anarquía o Dios y el Estado. Bakunin se adhirió a la Primera Internacional obrera, constituida en 1864 y de la que fue expulsado en 1872, ante la creciente importancia de las corrientes socialistas encabezadas por Karl Marx.

No obstante, el anarquismo mantuvo un importante grado de implantación entre las masas obreras de países como Bélgica, Suiza y, sobre todo, España e Italia. Desde estos dos últimos las ideas anarquistas pasaron a través de los movimientos migratorios a Latinoamérica. Allí, a principios del siglo XX, alcanzaron una notable influencia, reflejada en organizaciones como la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), que contó con colectivos semejantes en Uruguay, Brasil y Chile. El movimiento anarquista también adquirió presencia en Perú, Bolivia y México. En este último país cabe citar la difusión del anarquismo a cargo de los hermanos Enrique, Jesús y Ricardo Flores Magón, a través del periódico Regeneración.

En las últimas décadas del siglo XIX una corriente del anarquismo europeo se abocó a la lucha violenta para subvertir el orden. En esta época proliferaron atentados como los que costaron la vida, entre otros, al zar de Rusia Alejandro II, en 1881; al presidente francés Sadi Carnot, en 1894, al jefe del gobierno español Antonio Cánovas del Castillo, en 1897, o a la emperatriz Isabel de Austria, en 1898.

Después de ese periodo de violencia, el anarquismo volvió a ser controlado por las facciones menos agresivas y se integró en las organizaciones sindicales partidarias de la lucha revolucionaria, naciendo el anarcosindicalismo, que durante las dos primeras décadas del siglo XX mantendría una considerable pujanza dentro del movimiento obrero. Esta influencia perduraría en algunos países como España, hasta su virtual desaparición tras la Guerra Civil española.

A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, el anarquismo como sistema de reivindicación de los derechos de los trabajadores a través de las organizaciones anarcosindicalistas vio prácticamente anulada su presencia en las sociedades modernas. Sin embargo, son numerosos los colectivos de inspiración anarquista que en la década de 2000 han encauzado su actividad en el marco de la denominada antiglobalización o, más propiamente, globalización alternativa. Tales organizaciones se hallan en buena parte encuadradas en el Foro Social Mundial, que, convocado por primera vez en 2001 en la ciudad brasileña de Porto Alegre, se ha venido reuniendo anualmente desde entonces en otras ciudades, como Mumbai (India), en 2004, Caracas (Venezuela), en 2006, o Nairobi (Kenia), en 2007. El anarquismo actual se asocia, pues, a algunos de los movimientos alternativos, opuestos a la noción de globalización propugnada desde las premisas de las elites políticas y económicas.