Comunismo

La hoz y el martillo, símbolo histórico del comunismo.

En términos generales, las líneas de pensamiento de orientación comunista son aquellas que propugnan modelos sociales basados en formas comunitarias de producción y de consumo, en contraposición a las que tienen como consecuencia inherente la distribución desigual de la riqueza sobre la base de la propiedad privada de la tierra y los medios de producción.

Sin embargo, el concepto de comunismo como corriente de pensamiento político se concreta en el sistema basado en los principios enunciados y sistematizados por Karl Marx(1818-1883), quien propugnaba la abolición de la propiedad privada y la constitución de una comunidad de bienes a disposición del conjunto de la sociedad.

La ideología perseguía en origen objetivos equiparables a los del socialismo, del que puede ser considerado una evolución. De hecho, el término “comunismo” comenzó a generalizarse a partir de la aparición de la doctrina del socialismo científico, con la que se identifica, y la publicación en 1848 del Manifiesto comunista, obra de Marx y de Friedrich Engels (1820-1895).

Rasgos distintivos del comunismo

Como se ha indicado, el comunismo partió de principios y objetivos equiparables a los del socialismo en una primera fase de desarrollo. No obstante, a lo largo de su evolución histórica se particularizaron en él una serie de características que fueron tipificando su identidad.

Socialismo y comunismo plantearon como rasgos afines desde sus orígenes la propiedad común de la tierra y de los medios de producción, el trabajo para todos los integrantes de la sociedad y el planteamiento igualitario del aprovechamiento de los recursos y de las necesidades, haciendo cada uno de ellos mayor o menor hincapié en estos aspectos.

Probablemente, el más significativo de los elementos que diferenciaron a lo largo de su evolución las premisas socialistas de las comunistas es la prioridad que estas últimas otorgan a la táctica revolucionaria destinada a la conquista del poder. Para los comunistas de las últimas décadas del siglo XIX, esta conquista no debía plantearse sobre la base de apoderarse de una maquinaria estatal ya constituida. Este punto tenía como referente el fracaso de la Comuna de París de 1871, experiencia revolucionaria sofocada violentamente por el ejército gubernamental francés.

Los objetivos a cubrir según la ideología comunista implicaban la completa recreación de la estructura del estado a partir de la desaparición del entramado político previo, sobre el que se sustentaba el estado burgués.

La Revolución Rusa de 1917, la posterior implantación del régimen comunista encabezado por Vladimir Ilych Lenin y la creación de la Unión Soviética supusieron la primera y principal aplicación práctica de estos planteamientos, hasta entonces teóricos.

En este contexto, uno de los principios del comunismo se centra en la praxis, término utilizado para referirse al conjunto de actividades que han de desarrollarse para transformar la sociedad y la conformación del estado.

A raíz de la experiencia soviética, en la que la denominación de“comunista” se concretó en el partido bolchevique, artífice del movimiento revolucionario, se articularon otros rasgos propios del comunismo.

Así, se llevó a efecto la implantación de un periodo de transición, en el que se debería proceder a la transformación de la sociedad y en el curso del cual la forma del estado debía ser la dictadura del proletariado.

En el plano ideal, los principios del comunismo sostenían que, transcurrida esta fase de transición, en la que sería necesario ir modificando las diferencias en las estructuras sociales, se llegaría a la instauración de la sociedad comunista. En ella se debería alcanzar una etapa superior de organización social, en la que los modos de producción comunistas determinarían el establecimiento de la propiedad colectiva generalizada, la desaparición de las clases sociales y, consiguientemente, del estado. Así, cada integrante de la nueva sociedad encontraría un nuevo marco para su pleno desarrollo, armónicamente integrado en un entorno en el que las dotes de cada cual serían aprovechadas a partir del principio “de cada uno según sus capacidades, a cada uno según sus necesidades”.

Socialización de los medios de producción en lo económico y dictadura del proletariado en lo político se convertirían, pues, en dos de las puntas de lanza de la ideología comunista, cuyo devenir histórico discurriría a través de vías las más de las veces alejadas de los planteamientos de la filosofía política teorizada por Marx, pero cuyo destacado papel en la historia moderna la hace merecedora de un profundo análisis político.

Evolución histórica del comunismo

De la antigüedad a la configuración del comunismo como ideología

La reivindicación de ideales comunistas se ha repetido a lo largo de la historia desde la antigüedad. Son así frecuentes las alusiones en este sentido a los principios contenidos en la obra de filósofos de la Grecia clásica, con Platón a la cabeza. En la República platónica se abogaba ya por la supresión de la propiedad privada, aunque sobre bases nada igualitarias, en tanto que asentadas en el reconocimiento de la esclavitud y la preeminencia de las clases gobernantes y guerreras.

Otras frecuentes referencias dentro de este mismo contexto son las primeras comunidades cristianas o las sociedades idealmente configuradas por pensadores renacentistas, como santo Tomás Moro o Tommaso Campanella, quienes en sus respectivas obras Utopía (1516) y La ciudad del sol (1602) configuraron proyectos ideales de un orden social en el que no existieran la propiedad privada ni el dinero.

Ya en el siglo XVIII se apuntaron nuevas teorías igualitarias, más o menos aventuradas. En los turbulentos tiempos de la Revolución Francesa, movimiento de carácter esencialmente burgués, surgieron también corrientes reflejadas en experiencias como la fallida Conspiración de los Iguales, encabezada por François-Noël Babeuf. De ella nacería el Manifiesto de los iguales, obra de Sylvain Maréchal, en la que se postulaba “el usufructo común de los frutos de la tierra con una sola educación y un solo sustento”, en lo que más tarde dio en llamarse comunismo de distribución.

Aun antes de las primeras experiencias revolucionarias, algunos estudiosos de este tipo de formas de igualitarismo señalan el caso de las reducciones jesuíticas establecidas en Latinoamérica, en el entorno comprendido entre los ríos Paraguay y Uruguay, en los actuales territorios de Paraguay, la Argentina y Brasil. Se trataba de comunidades indígenas que durante el siglo XVII y parte del XVIII dieron lugar a un régimen en el que, con una autonomía de facto prácticamente completa, los jesuitas que las regían conformaron una organización social basada en un comunitarismo de inspiración teocrática.

Del socialismo utópico al Manifiesto comunista

A lo largo de las primeras décadas del siglo XIX proliferaron las corrientes de pensamiento orientadas a la consecución de comunidades en las que se procediera a la abolición de la propiedad, del trabajo asalariado, del beneficio privado o de la transformación del estado en un mero elemento de administración de la producción, desarrollada a través de medios comunitarios.

El hecho de que la bondad natural del hombre se considerara el elemento generador de un nuevo sistema social, en el que las relaciones se regularan sobre principios de igualdad y solidaridad, hizo que esta tendencia fuera en conjunto conocida como socialismo utópico.

Entre sus más significados representantes cabe citar a los franceses Henri de Saint- Simon (1760-1825), quien abogaba por la reorganización de la sociedad en función de criterios científicos para reestructurar de modo paritario la distribución de la riqueza; Charles Fourier (1772-1837), que desarrolló modelos de comunidades a las que denominó falansterios, basados en la igualdad y la autosuficiencia, y Etienne Cabet, quien en su obra Viaje a Icaria (1842) propugnó la colectivización de la producción y empleó por primera vez el termino “comunismo”. Cabe citar también al británico Robert Owen (1771-1858), quien viajó a los Estados Unidos para fundar en Indiana una comunidad en la que llevó a la práctica sus principios de convivencia igualitaria.

Sin embargo, la formulación programática de los principios del comunismo corresponde a Marx y Engels, postuladores del ya mencionado socialismo científico. Dentro de él se encuadran nociones como la lucha de clases, mecanismo de consecución de un estado ideal, el comunismo, en el que se vieran reflejados de forma plena los intereses y las capacidades del conjunto de los integrantes de la fuerza de trabajo.

La abolición de la propiedad privada y la toma del poder por parte del proletariado, en detrimento de la dominante clase burguesa, quedaron configurados en un opúsculo, el Manifiesto comunista, que habría de constituir el pilar de la evolución del comunismo en décadas posteriores.

Expansión del sistema comunista

Tras la presentación del Manifiesto, Marx procedió a una reconfiguración del devenir revolucionario en la Crítica al programa de Gotha (1875), en la que se proponía un período de transición hacia la nueva sociedad. En esa transición se introducía el modelo de estado fundamentado en la dictadura del proletariado como medio de acceso al nivel superior de igualdad culminado en el comunismo.

El movimiento obrero había adquirido una primera dimensión transnacional en 1864, fecha de la constitución de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT), genéricamente conocida como Primera Internacional, en la que convergían las diversas tendencias socialistas, encabezadas por Marx, y las anarquistas, lideradas por Mijaíl Bakunin. Disuelta esta primera asociación en 1876, sería sucedida en 1889 por la Segunda Internacional, en la que ejerció predominio el Partido Social Democrático alemán, quien procedió a una revisión de la ideología marxista.

La denominación específica de un partido comunista como tal no se concretaría hasta la Revolución Rusa de 1917, cuando Lenin promovió la constitución de una organización así llamada como frente de vanguardia de la lucha obrera, en contra de las tendencias “revisionistas” de socialistas y socialdemócratas.

Así, el triunfo revolucionario, del que nacería la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), supuso el inicio de una expansión del comunismo que se vio reflejada en la Tercera Internacional, la Internacional Comunista, fundada en Moscú en 1919. A partir de entonces se fueron creando partidos comunistas en diversos países europeos, como Alemania, Francia, Italia y España, si bien el desarrollo político de la URSS prevaleció con el principio de la construcción del “comunismo en un solo país”, tendencia opuesta a la internacionalista y sustentada y personalizada en Iósiv Stalin. Una importante escisión del movimiento comunista tuvo lugar en 1938, cuando la Cuarta Internacional aglutinó las corrientes trostkistas, reivindicadoras de la revolución permanente y de la democracia de partido y opuestas al centralismo de planteamientos totalitarios implantado por el estalinismo.

El auge del comunismo corrió parejo al del nacionalsocialismo y el fascismo en Alemania e Italia. El enfrentamiento de éstos con las democracias occidentales y con el régimen comunista de la URSS, desencadenaría el frente europeo de la Segunda Guerra Mundial.

En la inmediata posguerra se establecieron regímenes comunistas en los países de Europa oriental ocupados por las tropas soviéticas y en China, tras la revolución encabezada por Mao Zedong en 1949. Éste fue el escenario del que surgió la guerra fría entre el bloque occidental, encabezado por los Estados Unidos, y el comunista, sujeto a una rígida estructura de poder a cuyo frente se situaba la URSS.

El enfrentamiento de bloques generó conflictos armados como las guerras de Corea (1950-1953) y Vietnam (1954-1975) y el advenimiento al poder de gobiernos comunistas como el de Fidel Castro en Cuba, en 1959. En África, el comunismo también se afianzó en países como Angola, Mozambique o Etiopía, generando movimientos insurreccionales en su contra y los consiguientes enfrentamientos bélicos.

Entre tanto, los sucesivos líderes de la URSS, como Nikita Jruschev, Leonid Brezhnev o Yuri Andropov mantuvieron un régimen de estructura monolítica, que intervino militarmente para sofocar movimientos anticomunistas en varios países de su órbita, como Polonia y Hungría, en 1956, y Checoslovaquia, en 1968. Otros focos de disidencia se generaron en la Yugoslavia liderada por Josip Broz Tito y por las corrientes eurocomunistas, encabezadas por los partidos comunistas italiano, francés y español. En el marco del enfrentamiento con el bloque occidental, el régimen soviético vio progresivamente minadas sus estructuras políticas y económicas.

La crisis del comunismo

La apertura iniciada por Mijaíl Gorbachev en la Unión Soviética a partir de la segunda mitad de la década de 1980 se sustentó en dos principios, la glasnost, transparencia, y la perestroika, reestructuración. Sin embargo, la grave crisis económica y la oposición de los sectores más conservadores, próximos al ejército, y de los más liberales, que exigían la aceleración de la democratización, generó un marco de creciente inestabilidad. En él se fraguaron las revoluciones anticomunistas de los países de la órbita soviética, iniciadas en 1989, y la implosión de la propia URSS, en 1991.

Durante la década de 1990 los partidos comunistas se integraron progresivamente en la dinámica democrática de los países del este europeo, mientras que en las repúblicas asiáticas independizadas del régimen soviético derivaron en ocasiones en regímenes personalistas, como los encabezados por Nursultan Nazarbaiev en Kazajstán o Islam Karímov en Uzbekistán.

En la década de 2000 el comunismo se mantenía en el poder en China, escenario no obstante de una importante apertura a los mecanismos de libre mercado en lo económico, y en algunos otros países aislados, como Vietnam, Corea del Norte o la Cuba castrista.