Fundamentalismo

    “Fundamentalismo” es un término empleado en principio en un contexto exclusivamente religioso que, en época reciente, ha trascendido al ámbito de lo sociopolítico. En esencia se trata de la interpretación estricta de los textos sagrados, sean éstos los de la Biblia, el Corán, la Torá u otros escritos fundamentales de las diversas religiones, y su consiguiente aplicación a la vida religiosa y al pensamiento social y político.

    En origen, el concepto se acuñó en 1920 en el seno de las comunidades protestantes estadounidenses, para hacer referencia a la doctrina sostenida por los sectores más conservadores de la Iglesia Evangélica. Sus principios habían sido divulgados a través de una serie de opúsculos publicados a lo largo de la década de 1910 y titulados en conjunto Los fundamentos: un testimonio de la verdad.

    En el mundo anglosajón el vocablo continuó designando a las corrientes más conservadoras de las religiones cristianas, aunque a nivel internacional su uso no se generalizó hasta la transición al siglo XXI, vinculado a las interpretaciones políticas del radicalismo religioso, en especial en el marco del islam.

    El fundamentalismo de raíz cristiana, generador del propio término, se caracteriza por una interpretación radicalmente literal del Génesis y de los demás libros bíblicos.

    Se halla en especial vinculado a distintas corrientes del protestantismo en los Estados Unidos, como ciertos sectores de las iglesias evangélica, baptista y presbiteriana, de creciente influencia en diversos países latinoamericanos.

    Fuera de este contexto, el calificativo de fundamentalista es rechazado por organizaciones religiosas de notable influencia, como el movimiento católico Opus Dei, originario de España pero con importante influencia en Latinoamérica y otros países. En general, la Iglesia Católica y los sectores mayoritarios de las confesiones protestantes son más afines al reconocimiento de la separación de iglesia y estado y, en consecuencia, a la diferenciación de preceptos religiosos y vida política.

    En la religión judía se distinguen varias corrientes fundamentalistas, en conjunto denominadas ultraortodoxas y que mantienen posiciones incluso opuestas, como consecuencia de la interpretación estricta de los diversos textos sagrados y tradiciones orales hebraicas: Mishná, Torá, Talmud, Guemará, etc.

    Por cuanto respecta al fundamentalismo islámico, el más difundido por sus repercusiones en la moderna política internacional, aboga por el riguroso cumplimento de la ley coránica y por su aplicación en el ordenamiento legal de los países musulmanes. Así la ley islámica, sharia, constituye la principal fuente del derecho en países como Arabia Saudí o Irán.

    Las repercusiones sociales y políticas de las doctrinas fundamentalistas cristianas se centran en aspectos concretos, tales como las campañas en contra del aborto (que en ocasiones generan episodios de abierta violencia), o de movimientos asociados a ideologías ultraconservadoras que se manifiestan contrarias al divorcio, al uso de anticonceptivos o a la homosexualidad.

    En la década de 2000 algunos de los movimientos fundamentalistas estadounidenses adquirieron implantación suficiente en ciertas zonas de los Estados Unidos como para llegar a plantear que se incluyeran en los sistemas de enseñanza referencias a la teoría del creacionismo y se condicionara, desde perspectivas anticientíficas, la vigencia del evolucionismo darwinista.

    El fundamentalismo judío presenta en el plano político una dispersión que hace que existan corrientes ultraortodoxas contrarias a la existencia del Estado de Israel, en lo que paradójicamente coinciden con sus homólogos islámicos, y otras de sionismo radical para las que las concesiones territoriales del gobierno israelí ante los palestinos constituyen un sacrilegio. En estas últimas se gestó el asesinato en 1995 del primer ministro Isaac Rabin a manos de un militante fundamentalista judío.

    No obstante, el fundamentalismo que de forma más decisiva ha condicionado la política moderna a nivel global es el islámico. De hecho, se trata del elemento aglutinador de episodios que han marcado dramáticos hitos en la historia de nuestro tiempo. Cabe citar entre ellos los atentados contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono de Washington en 2001, los de 2004 y 2005 perpetrados contra las redes de transporte público de Madrid y Londres, o, más lejos en el tiempo, el cometido contra la sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) en Buenos Aires, en 1994.

    Estos atentados, consumados bajo la égida de organizaciones terroristas como Al-Qaeda, en la que el fundamentalismo se convierte en justificación del más destructor fanatismo, generaron un nuevo escenario internacional. De él surgiría la llamada guerra contra el terrorismo, promovida desde el gobierno del presidente estadounidense George W. Bush y que, con desigual apoyo internacional, ha condicionado el escenario internacional a lo largo de toda la década de 2000.