Monarquía

La corona, símbolo de la monarquía.

La monarquía es una forma de organización política en la cual la soberanía del estado es representada por una sola persona, generalmente a título vitalicio y en la mayor parte de los casos con carácter hereditario.

Por extensión, el término también hace referencia al estado en el que está vigente este sistema de gobierno. A la persona que es titular del cargo supremo, el monarca, se le ha dado muy diversos nombres, desde faraón o emperador, en civilizaciones antiguas como la egipcia o la romana, hasta la más frecuente, rey o reina, y otras específicas de determinados países como káiser en Alemania, zar en Rusia, o príncipe o gran duque, en pequeños estados como Mónaco o Luxemburgo, respectivamente.

Se trata de una de las más antiguas formas de estructuración del poder que, a lo largo de su devenir histórico, ha experimentado una serie de evoluciones que han dado lugar a la configuración de varios tipos de monarquía.

Modelos de monarquía

La distinción principal en la tipología de las monarquías es la que diferencia la absoluta de la parlamentaria.

La primera es aquella en la que el poder detentado por el monarca carece de limitaciones jurídicas, en tanto que en la segunda el poder real se ve acotado de forma considerable y, en época moderna, reducido a valores de mera representatividad del estado. Con muy diversas singularidades y alternativas, la monarquía absoluta se mantuvo a lo largo de la historia como el principal sistema de gobierno desde la antigüedad hasta las últimas décadas del siglo XVIII. De la aplicación del calificativo de absoluto a la monarquía se deriva la noción de absolutismo, que hace referencia a un periodo histórico determinado, concretamente al que va desde el siglo XVI al XVIII en Europa, en el que reinos como Francia, Inglaterra o España fueron regidos por la autoridad plena e incontestada del titular de la corona en el periodo de la gestación y expansión de los estados nacionales.

Por su parte, la monarquía parlamentaria presenta como rasgo de identidad más significado la obligación del soberano de responder ante el parlamento de sus acciones de gobierno. En las modernas monarquías constitucionales, es decir, en las regidas por un ordenamiento legal democrático recogido en una constitución, la jefatura del estado le corresponde al rey, aunque sobre la base de la ejecución de funciones exclusivamente representativas de dicho estado.

En cuanto a la forma de sucesión, en la mayor parte de los casos la monarquía es hereditaria, según las características fijadas en las leyes sucesorias de cada país. Tradicionalmente la diferencia esencial en tales leyes ha venido siendo la inclusión o no de la mujer en la línea sucesoria directa, si bien en las monarquías constitucionales actuales se tiende a equiparar el derecho sucesorio de ambos sexos.

Aunque menos frecuentes, las monarquías también pueden ser electivas. En ellas el soberano es designado por elección, generalmente de forma vitalicia y por un grupo limitado de electores. Ejemplo de ello fueron los emperadores romanos que, aunque en ocasiones designaban sucesor ellos mismos, solían ser elegidos por instituciones como el senado o aclamados por el ejército.

Aproximación histórica a la noción de monarquía

Las monarquías de la antigüedad

En muchas de las primeras civilizaciones, la propia conformación de la estructura del estado se basaba en buena medida en la obtención de mano de obra esclava y, en consecuencia, en la expansión territorial para obtenerla. Bajo esta premisa, el poder quedaba concentrado en manos de una elite que pronto adquirió rasgos familiares, a cuyo frente se situaba un líder, el rey o emperador, que veía reconocida la dignidad de su rango como de naturaleza hereditaria.

Así, en la gran mayoría de los imperios de la antigüedad, el rey detentaba un poder ilimitado, reforzado muchas veces por vínculos de índole religiosa. Tales asociaciones llegaron en ocasiones a establecer el carácter divino del monarca, como en el caso de los faraones egipcios, lo que dotaba su autoridad de un cariz absoluto e incontestable. Cabe reseñar que, aunque pueda parecer un rasgo propio en exclusiva de épocas remotas, el carácter divino del soberano, en este caso del emperador, se mantuvo hasta el siglo XX en monarquías orientales como China o Japón.

Una característica común a las grandes monarquías de la antigüedad era su dimensión universalista, en virtud de la cual la autoridad del soberano debía ser llevada hasta los más lejanos confines, para que, en función de su legitimidad, humana y divina, fuera ejercida sobre los pueblos sometidos.

Feudalismo y absolutismo

Tras la caída del imperio romano se instauró el régimen feudal, en el que el universalismo y el expansionismo propios de los antiguas imperios se vio reemplazado por la constitución de reinos en permanente enfrentamiento entre sí, y dentro de cada uno de los cuales la nobleza fue disgregando de facto la autoridad real de manera creciente.

Sin embargo, las transformaciones políticas y sociales que se sucedieron desde finales de la edad media y se generalizaron durante el Renacimiento determinaron un nuevo reforzamiento del poder del soberano. Desde el siglo XVI se abrió en Europa un largo periodo durante el cual se consolidó un sistema de gobierno, el absolutismo, en el que el poder quedaba centralizado en manos del monarca.

En esta época se gestaron los estados nacionales, en los que el poder temporal del rey quedó nuevamente imbuido de legitimidad religiosa, al volver a adquirir vigencia el principio del origen divino del poder real. Ello resultaría patente en casos como el de Inglaterra, en el que las corrientes reformistas derivaron en el cisma por el que la monarquía, encarnada en Enrique VIII, se convertía en cabeza de la iglesia Anglicana, aunando el poder terrenal y el religioso.

El gobierno absolutista requería, por otro lado, de una fuerte centralización, razón por la cual surgió en torno a la figura del rey un vasto aparato burocrático, constituido mayoritariamente por la clase burguesa. Al cabo del tiempo, la burguesía se configuraría como el estamento destinado a menoscabar la autoridad real, que poco a poco iría cediendo poder político hasta transformarse en un institución sometida al control de los diferentes sistemas parlamentarios.

Las monarquías parlamentarias

Las revoluciones que tuvieron lugar en Inglaterra contra el poder real en el siglo XVII, la Revolución Francesa y el movimiento independentista, primero en los Estados Unidos y posteriormente en toda América, socavaron de manera irremediable los fundamentos del absolutismo europeo.

La burguesía, constituida en clase social predominante tras los movimientos revolucionarios de finales del siglo XVIII, fue ganando terreno de modo progresivo a la autoridad real, que vio limitado de manera radical su poder en favor de las instituciones parlamentarias, ante las cuales debía responder el monarca.

Algunas de las principales monarquías tradicionales europeas, como Alemania, Austria o Rusia, se convirtieron después de la Primera Guerra Mundial en repúblicas, y lo mismo sucedió en otros continentes, con casos como el del milenario imperio chino, desmantelado en 1911 por la insurrección nacionalista del Kuomintang.

Aunque prevalecen de manera aislada algunos regímenes monárquicos con rasgos que se remontan a las épocas del poder real absoluto (caso, por ejemplo, del reino de Arabia Saudí) las monarquías del siglo XXI (Reino Unido, España, los Países Bajos, Dinamarca, Suecia, Noruega o Japón) son regímenes plenamente democráticos en los que las funciones de los monarcas son sólo representativas y no presuponen poder ejecutivo alguno.