Pueblos semitas

    El término semita proviene de Sem, personaje bíblico, hijo de Noé, del que se dice que se salvó del diluvio y del cual procede un numeroso grupo de pueblos y culturas. Los pueblos más significativos de esta gran familia étnica son los árabes, hebreos, caldeos, fenicios y sirios.

    El término semita sirve tanto para designar a una familia lingüística como a un grupo de pueblos. Con respecto a lo primero, las lenguas semíticas son habladas en el norte de África y Oriente Próximo, siendo una de las ramas de las lenguas afro-asiáticas, antiguamente conocidas como hamito-semíticas. Las lenguas semíticas se dividen en tres grupos: nororiental, con una única lengua, el antiguo acadio; noroccidental, que incluye al ugarítico, amorrita, las lenguas cananeas (fenicio, púnico, moabita, hebreo y ammonita) y arameo; y, finalmente, sudocciental, que incluye las lenguas sudarábigas, el árabe y las lenguas etiópicas.

    Sea como fuere, lo cierto es que la familia de lenguas semíticas es de la que se posee el mayor registro escrito ininterrumpido, desde el 4500 a.C. hasta la actualidad. La más antigua de las lenguas semíticas con textos escritos es la acadia, que además fue durante mucho tiempo la principal lengua de Mesopotamia, al ser la lengua de un imperio. Su importancia era tal que fue usada por la aristocracia egipcia y por la realeza hitita. Vigente hasta el primer milenio antes de Cristo, fue sustituida por el arameo.

    En la antigüedad, las lenguas semíticas dominaban el oriente del Mediterráneo, divididas en dos ramas. La septentrional estaba formada por los idiomas asirio (asirio y babilónico), cananeo (hebreo, fenicio, idumeo y moabita) y arameo (siriaco, mandaico, palmiriano, nabateo, samaritano y aramaico del Talmud). La rama meridional la integraban las lenguas árabe, sabeo, mineo, etíope y amárico. Lingüísticamente estas lenguas son muy parecidas, debido al estrecho y prolongado contacto que estos pueblos tuvieron entre sí. Actualmente, sólo árabes y judíos hablan una lengua semítica.

    Pero, además de una clasificación lingüística, el término semita sirve también para designar a un grupo de pueblos. En este caso, se trata de una de las familias étnicas más importantes de la antigüedad, cuya presencia se testimonia en Oriente en torno al IV milenio a.C. En sentido estricto se desconoce desde cuándo hay pueblos semitas en Oriente Próximo y Medio, si bien hay algunas fuentes que hablan de que llegaron desde África, atravesando Egipto, en torno al 4500 a.C. Otros autores indican que los pueblos semitas son originarios de algún lugar del sudoeste de Asia o de la península Arábiga. Para algunos autores, antes del surgimiento de las primeras civilizaciones mesopotámicas, el desecamiento de su lugar de origen los empuja a migrar desde Arabia en dirección oeste, alcanzando las costas del Mediterráneo.

    En las primeras noticias acerca de los semitas se los representa como pastores nómadas que viven en el desierto, que se ven obligados a abandonar en busca de pastos y que, al asentarse en tierras más fértiles, se convierten en agricultores sedentarios. Con el tiempo, llegaron a formar reinos y estados. La migración semita se produjo en oleadas, dando lugar a grupos diferentes que evolucionan de manera muy distinta. Así, por ejemplo, en el Egipto predinástico se fundieron con los camitas. Por su parte, en la Mesopotamia del II milenio a.C. los semitas amorreos sustituyeron como pueblo hegemónico a los antiguos sumerios, mientras que en Siria coexistieron con el poderoso reino hitita.

    La migración semita se produce en, al menos, cuatro oleadas. La primera conocida tiene lugar durante el quinto milenio antes de Cristo, protagonizada por los acadios, quienes llegarán a controlar Mesopotamia y zonas de Siria y Egipto, fusionándose con el sustrato sumerio. La segunda oleada, la de los citados amorreos, se estableció en el norte de Siria durante el tercer milenio antes de Cristo, primero como vasallos y después como conquistadores, fundando a finales del milenio varias ciudades-estado muy poderosas, como Isin, Larsa o Babilonia. Su principal soberano fue Hammurabi. Por estas mismas fechas otro pueblo semita, el cananeo, se instalaba en Palestina y Fenicia; finalmente, otro pueblo integrante de esta segunda oleada son los hebreos.

    La tercera oleada se produce en torno al año 1000 a.C., siendo su principal protagonista el pueblo arameo, que expulsó de Siria a los amorreos y se asentó en Babilonia. Con ellos, el reino babilónico vive un renacimiento, protagonizado por Nabucodonosor. Finalmente, la cuarta oleada es protagonizada por los árabes, que iniciaron su expansión antes de la dominación romana y que, con el paso de los siglos, se extenderán por el litoral meridional mediterráneo.

    De todos los pueblos citados, los más representativos son árabes, hebreos, caldeos, fenicios y sirios. La influencia de todos estos pueblos a lo largo de la historia ha sido y es enorme. Muchos de ellos están en el origen de la civilización occidental, con su presencia en Mesopotamia y en el Próximo Oriente, donde surgieron la agricultura, las ciudades, la escritura o el estado. Además, la vocación expansiva de algunos de estos pueblos hizo que la influencia semita se extendiera por muchos territorios, como en el caso de los árabes y los judíos. Otro aspecto importante es el religioso, pues de pueblos semitas proceden las tres religiones monoteístas mayoritarias del mundo: judaísmo, cristianismo e islamismo. Pese a las diferencias y a la enemistad histórica entre los seguidores de estas tres grandes religiones, muchos de sus elementos son compartidos y tienen un origen común, como la existencia de una deidad única de carácter paternalista y, en ocasiones, amenazadora; la negativa a poner un nombre a esta deidad, debido a la creencia de que no debe ser pronunciado; o el rechazo a identificar a la deidad con algún fenómeno físico o natural, en contra de la costumbre de la época.