Imperio romano

Octavio Augusto, primer emperador romano.

Poder creado tras el triunfo de Octaviano, sobrino y heredero político de Julio César, sobre Marco Antonio y Cleopatra VII en la batalla de Actium, en el año 31 a.C., y la consiguiente pacificación de todo el territorio controlado por Roma. El nuevo modelo de Estado propuesto por Octaviano César, nombrado Augusto por el Senado en el año 27 a.C. estuvo vigente, aunque con variaciones, hasta finales del siglo V d.C.

Organización política y religiosa

El principado se basó en la convivencia de las instituciones republicanas pero bajo un régimen monárquico. Augusto acumuló poco a poco todos los poderes del estado: unía en su persona varias magistraturas, fue nombrado pontífice máximo y padre de la patria, dominaba el Senado y las asambleas populares y también controlaba el ejército. Tenía, por tanto, un enorme poder político, religioso (con el tiempo se hizo oficial el culto al emperador y a su familia) y económico, ya que administraba el fisco de las provincias imperiales y también poseía patrimonio privado.

El papel que desempeñó el Senado a lo largo del Imperio fue muy importante. Es cierto que no poseía poder de oposición y que el emperador controlaba quién accedía a él; sin embargo, aunque perdió la dirección de la política exterior y el control del mando de las campañas militares, reconocía al nuevo emperador, por lo que se convirtió en el árbitro de la legitimidad imperial. Según fuera la sintonía entre el emperador y el Senado abundaban las conjuras senatoriales o las persecuciones contra los miembros de la institución.

Las magistraturas republicanas (consulado, pretura, tribunado de la plebe y censura) continuaron existiendo, pero con una pérdida significativa de poder político. Los magistrados quedaban sometidos al emperador y perdieron importancia en favor de los nuevos funcionarios imperiales. Éstos eran nombrados por el emperador, pertenecían en su mayor parte a las clases populares y recibían un salario a cambio de su trabajo. Los más importantes eran el prefecto del pretorio o comandante de la guardia imperial, el prefecto urbano o representante del emperador en la ciudad con funciones policiales y el prefecto vigilante o jefe de vigilancia nocturna y de lucha contra extinción de incendios.

El Consejo Imperial, por su parte, estaba formado por personas de confianza del emperador y tenía un carácter meramente consultivo, con comisiones especializadas en determinados campos. La Cancillería Imperial fue la secretaría privada del emperador, conformada en un primer momento por esclavos y libertos, encargada de todo tipo de asuntos relacionados con el emperador; estaba dividida en secciones con personas cualificadas y con formación especializada en asuntos específicos.

Estructura territorial y militar

En época imperial las provincias conformaban la división territorial y administrativa del Imperio y se dividían en senatoriales (administradas por el Senado y gobernadas por un procónsul sin ejército en su territorio) e imperiales, que eran dependientes del emperador, estaban gobernadas por un delegado suyo por tiempo indefinido y cuyos ingresos iban a manos del emperador; al no estar del todo pacificadas, requerían la presencia constante del ejército. En ambas, el gobernador tenía a sus órdenes a un gran equipo de subalternos que tenían todas las funciones necesarias para garantizar el desarrollo y el bienestar permanente de la provincia.

El control que el emperador ejercía sobre el ejército convirtió a esta institución en una de las más importantes a lo largo de todo del Imperio. La reforma militar que propuso Augusto redujo el número de legiones y agilizó la creación de colonias militares para los veteranos. El ejército se convirtió además en un importante foco de romanización en las zonas donde estuvo acantonado y un destacado agente económico al facilitar y agilizar dichas actividades. La recluta, en principio sólo obligatoria para ciudadanos romanos, con el tiempo llegó a las provincias, por lo que todos los habitantes del Imperio se vieron insertos en la maquinaria bélica estatal. Los asentamientos más importantes estuvieron en las fronteras con los pueblos germanos, pero el proceso de sedentarización de los campamentos posibilitó el desarrollo del urbanismo en estas zonas.

Dentro del ejército hay que destacar el cuerpo de elite de la guardia pretoriana, de servicio en Roma y siempre al servicio del emperador. Precisamente esta función de seguridad, la convirtió en un poder a tener en cuenta dentro del estado, ya que llegaron a quitar y poner emperadores y su actuación, principalmente en momentos de crisis, llegó a ser determinante.

Economía y comercio

La paz impuesta por Augusto supuso un aumento significativo de la actividad comercial y consiguientemente un repunte de la economía. Esta línea ascendente se mantuvo a lo largo de los siglos I, II y III d.C. El sistema monetario acuñó moneda de oro (el áureo), que junto con la ya existente de plata, el denario, garantizó la estabilidad económica y evitó la inflación. El comercio exterior, en manos de mercaderes especializados, se intensificó y por todo el imperio circularon minerales (oro, plata, cobre, estaño, hierro), esclavos, especias (incienso, clavo, pimienta) y materias primas vegetales y animales (lino, cáñamo, seda, lana, cueros). El propio poder romano alentó este comercio gracias a la construcción de una enorme red de comunicaciones tanto terrestre (calzadas, puentes, postas), como fluvial (canales) y marítima (faros, puertos, muelles).

Evolución histórica

Distintas dinastías se suceden a lo largo de la historia del Imperio romano; hasta finales del siglo III d.C. la situación socioeconómica tendió a ser dinámica y activa y aunque hubo crisis internas, el propio estado aún poseía mecanismos para salvar estas negativas, pero puntuales, situaciones. La historiografía clásica llama a este periodo alto imperio.

Dinastías del alto imperio

La dinastía Julio-Claudia fue inaugurada por Augusto y marcó la tendencia al personalismo de los emperadores (Tiberio, Calígula, Claudio y Nerón, además del propio Augusto), así como la influencia en la corte de advenedizos y mujeres de ambición desmedida (Sejano o Narciso entre los primeros y Agripina o Popea entre las segundas). Aunque los gastos de la corte fueron cuantiosos y el descontento popular fue en aumento por los desmanes de los emperadores, en este periodo se conquistó Britania y se anexionaron Judea y Tracia. En el año 68 d.C. distintos gobernadores militares se sublevaron y estalló una guerra civil tras el suicidio de Nerón que fue ganada por Flavio Vespasiano que impuso una nueva dinastía, la Flavia (69-96 d.C.).

Los emperadores Flavios (Vespasiano, Tito y Domiciano) sanearon las finanzas y promovieron la industria y el comercio. Fomentaron la introducción de provinciales en el Senado y se continuó con la política expansionista: se conquistó Jerusalén y se saqueó su templo y se penetró en el alto Rin y en el Danubio.

Los cinco emperadores buenos

El asesinato de Domiciano impuso una nueva fórmula para llegar al trono: la adopción. De esta forma, el principio hereditario, que se había demostrado fallido hasta entonces, daba paso a la elección del mejor candidato. Los emperadores adoptivos (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y Marco Aurelio) reinaron durante prácticamente todo el siglo II d.C. y por primera vez su origen no es itálico. Durante este largo periodo, considerado el de mayor estabilidad y prosperidad del Imperio, se restauraron las buenas relaciones con el Senado, se reestructuró la administración y el derecho y se reforzó el ejército con tropas germanas.

Con Trajano el Imperio llegó a su máxima extensión territorial ya que se conquistó Dacia (actual Rumania), el reino nabateo (Arabia), Mesopotamia y Armenia, mientras que Adriano pasó a una actitud defensiva de contención gracias a la construcción de una línea fortificada en las fronteras de Germania y Britania. El reinado de Cómodo, hijo de Marco Aurelio, supuso el retorno al sistema hereditario y un nuevo fracaso de esta fórmula ya que la corrupción se hizo presente en todo el Imperio y el asesinato del propio emperador (año 192) inició una nueva guerra civil que terminó con la entronización de la dinastía de los Severos (193-235 d.C.), una etapa de transición hacia el bajo imperio.

La dinastía de los Severos

Con los emperadores de esta dinastía (Septimio Severo, Caracalla, Heliogábalo y Alejandro Severo) los problemas son constantes: el poder del Senado se redujo al mínimo, la germanización del ejército fue elevada, la monarquía adquirió tintes absolutistas, la capital empezó a peder importancia en detrimento de determinadas provincias y la presión de los pueblos situados en las fronteras romanas (partos y germanos) empezó a no poder ser contenida. Además, por necesidades de estado Caracalla concedió la plena ciudadanía a todos los habitantes del Imperio, unificando jurídicamente el territorio pero acabando con una de las tradiciones más antiguas de la dilatada historia de Roma. El asesinato de Alejandro Severo demostró el verdadero papel que podía desempeñar el ejército en un momento de crisis, el acceso al poder mediante el recurso de la fuerza.

El dominado o bajo imperio

Tras un periodo de anarquía militar y constantes guerras en las que se sucedieron varios emperadores, acompañado de la constante presión de los pueblos germanos que cruzaban frecuentemente las fronteras, ahora desguarnecidas, Diocleciano (284-305 d.C.) logró restaurar la unidad imperial al imponer la tetrarquía según la cual había cuatro tetrarcas: dos con el título de augusto y dos con el de césar, actuando cada uno en una zona (Diocleciano recibió Oriente; Maximiano, Italia y África; Constancio, Hispania, Galia y Britania, y Galerio, Iliria, Macedonia y Grecia).

Este sistema no duró mucho tiempo y bajo Constantino I (324-337 d.C.) se volvió al sistema dinástico que satisfacía tanto al pueblo como al ejército y, además, era más útil políticamente.

La decadencia de Roma

El bajo imperio, que se inició en este periodo, estuvo marcado por la imposición de la monarquía absolutista (se introdujo un ceremonial de corte que marcaba el carácter divino del emperador y de esta forma los ciudadanos pasaron a ser súbditos), la pérdida de poder de Roma en favor de Bizancio (rebautizada Constantinopla en honor de Constantino), la reforma militar (se aumentó el número de legiones y se fortificaron de nuevo las fronteras) y la importante reforma administrativa (se dividió el Imperio en 12 distritos o diócesis gobernados por vicarios y en 101 provincias).

Otros aspectos destacables del periodo fueron la ruralización; es decir, el abandono de los núcleos urbanos a favor de las villas, centros de autoabastecimiento muy frecuentes principalmente en la zona occidental (más insegura que la oriental), así como la conversión de Constantino al cristianismo en el edicto de Milán (aunque esto no evitó que alguno de sus sucesores persiguiera con saña a los cristianos, como por ejemplo Valeriano). La economía sufrió un fuerte intervencionismo estatal, que provocó la disminución del comercio exterior, y la devaluación de la moneda fue muy marcada.

Los últimos emperadores: división del Imperio

De los sucesores de Constantino, el más reseñable fue Teodosio I que oficializó el cristianismo como religión oficial en el año 391 d.C. prohibiendo el politeísmo y vinculando de esta forma el altar y el trono. A su muerte dividió el Imperio entre sus dos hijos: Arcadio recibió Oriente y Honorio Occidente.

La división entre Oriente y Occidente, el retroceso de la producción económica, la pérdida de las virtudes cívicas romanas (valor, fidelidad, gloria, devoción), el asentamiento de fuertes contingentes poblacionales germanos dentro de las fronteras del Imperio (como federados o aliados), las divisiones internas provocadas a la muerte de Constantino, la disminución demográfica por tantos años de guerras y calamidades y las invasiones de los hunos (el rey Atila amenazó directamente Roma) y los distintos pueblos de origen germano (alamanes, godos, francos, visigodos, suevos, vándalos, ostrogodos, burgundios, anglos, sajones…) aceleraron la caída del Imperio romano.

En Occidente el declive fue total y Roma fue saqueada varias veces, primero por los visigodos del rey Alarico (410 d.C.), después por los vándalos (455 d.C.) y por último por los hérulos del rey Odoacro (476 d.C.). A lo largo del siglo V d.C. los pueblos germanos desintegraron el Imperio romano de occidente: los visigodos se asentaron sucesivamente en Tracia, en Tolosa y en la península ibérica; los ostrogodos en la península itálica; los jutos, anglos y sajones en las islas británicas, los vándalos acabaron estableciéndose en el norte de África y los francos en lo que hoy en día es Francia.

En el año 476 d.C. fue depuesto Rómulo Augústulo, último emperador romano de Occidente. El Imperio romano de Oriente o bizantino se mantuvo durante un milenio más, hasta que fue conquistado por los otomanos en el año 1453, manteniéndose de esta forma como legado vivo de la cultura, el derecho, la administración y las tradiciones romanas.