Reforma y contrarreforma

    Martín Lutero, personaje central de la Reforma protestante (cuadro de Lucas Cranach)

    Términos que aluden al convulso periodo del siglo XVI en el que eclosionaron distintos movimientos reformistas, críticos con el estado de la Iglesia, y la subsiguiente reacción católica.

    Ya en el siglo XV el humanismo del norte de Europa se hizo eco, del malestar existente en la sociedad por la actitud y situación de la Iglesia. En principio, las quejas no se dirigieron contra el dogma o la doctrina papal sino contra el estado de las jerarquías eclesiásticas (escasa formación, lujo, compra de cargos, presentación principesca del papado, etc.).

    En un principio, estas protestas cristalizaron en diversas corrientes que proponían una reforma de las estructuras eclesiásticas (erasmismo) pero con el tiempo, derivaron en movimientos de ruptura con el papado. Liderados por el alemán Martín Lutero (1483-1546), los reformistas ganaron numerosos adeptos en Europa del norte, surgiendo a partir de la propuesta luterana diferentes propuestas religiosas (calvinismo, anabaptismo, etc.) a las que se da el nombre genérico de "protestantes".

    En muchos casos, estos movimientos se vieron respaldados por príncipes locales deseosos de romper sus vínculos con el papado y el emperador. La confluencia de los intereses de reforma religiosa con los puramente políticos y sociales provocó la rápida expansión del protestantismo. De hecho, a partir de 1525, el luteranismo fue perdiendo importancia ante otros movimientos con más resonancia como el anabaptismo, el calvinismo o el anglicanismo.

    La respuesta de la Iglesia se manifestó en la llamada contrarreforma, un movimiento religioso surgido a mediados del siglo XVI en el seno de la propia Iglesia católica como contestación al pensamiento reformista. Sirvió para afianzar el credo romano frente a las nuevas tendencias religiosas y tuvo fuertes implicaciones sociales y culturales, especialmente tras la convocatoria del concilio de Trento (1545-1563).

    La contrarreforma no sirvió para unir a los diversos movimientos cristianos existentes sino para, de hecho, confirmar la ruptura total entre Roma y las nuevas iglesias. Esto dejó a la respuesta armada como única solución posible. Ésta, sin embargo, ya había mostrado sus carencias con anterioridad: el problema religioso se había unido a la crisis política conformada por la creación y desarrollo de los nuevos estados modernos, dando lugar a la adopción de los nuevos credos por parte de casas nobiliarias o miembros de la familia real opuestos a los poderes establecidos o deseosos de hacerse con la corona. Esto explica las llamadas guerras de religión que se dieron en Francia y Alemania especialmente o a conflictos armados entre católicos y protestantes en Gran Bretaña, Flandes, etc.

    Se considera que este convulso periodo de la historia europea finalizó con la promulgación del edicto de Nantes (1598) aunque algunos autores opinan que la guerra de los Treinta Años (1618-1648) sirvió para zanjar definitivamente las disputas religiosas y, sobre todo, territoriales.