La Revolución francesa

La Revolución Francesa exaltó los valores del hombre y el derecho natural defendidos por la Ilustración. Alegoría revolucionaria en honor de Jean-Jacques Rousseau.

Hacia finales del siglo XVIII, la penetración del pensamiento filosófico de la Ilustración y el racionalismo (Voltaire, el barón de Montesquieu, Jean-Jacques Rousseau) puso en entredicho el absolutismo de las monarquías europeas. Surgieron nuevas doctrinas basadas en la voluntad de la mayoría, la libertad individual y el derecho natural que chocaban abiertamente con la sociedad del Antiguo Régimen y los privilegios señoriales. En Francia, la coyuntura sociopolítica favoreció la maduración y puesta en práctica del nuevo ideario. El 14 de julio de 1789, fecha en la que el pueblo de París tomó al asalto la prisión real de la Bastilla, marcó el inicio de acontecimientos trascendentales en la historia de Francia y del resto de la humanidad hasta el punto que la Revolución francesa ha sido considerada por muchos como el inicio de la historia contemporánea.

Los inicios de la revolución

El camino hacia la revolución se inició en febrero de 1787, cuando el ministro galo de finanzas, Charles Alexandre de Calonne, convocó a la Asamblea de Notables, una vieja institución del Antiguo Régimen, para la aprobación de reformas dirigidas a atajar el déficit presupuestario del estado mediante el aumento de impuestos sobre la propiedad. Para entonces, Francia se encontraba al borde de la bancarrota tras el esfuerzo económico que había supuesto su apoyo a la independencia de los Estados Unidos de América.

Al estancamiento del estado se sumaba una grave crisis de subsistencia provocada por las duras condiciones atmosféricas, que habían dado al traste con las cosechas y aumentado por consiguiente el precio del pan. Mientras la corte de Versalles continuaba gastando grandes sumas de dinero, la población, acosada por la hambruna, asaltaba los graneros.

Ante el descontento de la clase aristocrática por la presión fiscal, de la burguesía por su falta de derechos políticos y de las clases populares, el rey Luis XVI hubo de acceder a la demanda de convocar los Estados Generales, institución en la que estaban representados los tres estamentos del Antiguo Régimen: la nobleza, el clero y el llamado “tercer estado”, compuesto por el resto de grupos sociales pero que en realidad representaba a la rica burguesía urbana.

A comienzos de 1789 comenzaron a constituirse los Estados Generales en un clima de gran inestabilidad social y económica. Los electores que debían elegir a los representantes de cada estamento, plasmaron en los cuadernos de quejas (cahiers de doleances) sus agravios y demandas, provocando grandes dificultades para la conformación definitiva de los Estados Generales. Éstos pudieron finalmente constituirse gracias a la intermediación del nuevo ministro francés de finanzas, Jacques Necker, quien consiguió pactar el número de representantes de cada estamento: 300 representantes de la aristocracia, 300 del clero y 600 del tercer estado.

Reunidos por primera vez el 5 de mayo de 1789 en el palacio de Versalles, los Estados Generales se vieron divididos desde el comienzo entre los partidarios de votar por estamentos, lo cual daba la mayoría a la aristocracia y el clero, y los que reclamaban el voto personal, opción que beneficiaba al tercer estado. Esta desavenencia motivó la escisión y la reunión del tercer estado en un cuerpo separado que se erigió en Asamblea Nacional y a la que invitaban a sumarse a los dos restantes estamentos, que sólo lo harían de forma lenta y paulatina con el devenir de los acontecimientos.

La Asamblea Nacional

Ante la prohibición del rey de reunirse, los miembros de la Asamblea Nacional ocuparon el 20 de junio un pabellón de recreo de la corte (Jeu de Paume o Juego de la Pelota) y juraron seguir con sus deliberaciones hasta la adopción de una constitución (juramento del Juego de la Pelota). Ante las presiones del tercer estado, Luis XVI hubo de reconocer las libertades y la igualdad fiscal y, una vez unidos al nuevo cuerpo legislativo la aristocracia y el clero, la cámara quedó constituida como Asamblea Nacional Constituyente el 9 de julio de 1789.

En un intento de reconducir la situación, el monarca ordenó la concentración de tropas en la capital y la destitución del reformista Jacques Necker. La presencia de las tropas condujo finalmente al levantamiento popular y al asalto de la fortaleza de la Bastilla, símbolo del poder absolutista, el 14 de julio. Los disturbios se extendieron inmediatamente por toda Francia y, en el campo, los exacerbados ataques contra los intereses nobiliarios y clericales iniciaron un periodo conocido como “el gran miedo”.

Los electores parisinos de la Asamblea formaron una municipalidad revolucionaria y una milicia ciudadana, pronto convertida en guardia nacional, que quedó a las órdenes del marqués de Lafayette.

Por otra parte, para acabar con los disturbios, la Asamblea Constituyente decretó el 4 de agosto la abolición de los privilegios feudales y, poco después, introdujo la Declaración de los derechos del hombre y el ciudadano, texto que proclamaba la libertad y la igualdad de todos los franceses y con el que se ponía fin al sistema estamental del Antiguo Régimen. La abolición de los privilegios no impedía sin embargo la defensa de la propiedad privada, que era un derecho natural sagrado, y la distinción social, “aunque sólo por razón de la utilidad común”. Afirmaba también el derecho de los ciudadanos a “cooperar en la formación de la ley”, ya fuera de forma directa o indirecta (sufragio censitario). Quedaban por tanto sentadas las bases para un estado constitucional burgués, que reconocía la institución de la monarquía pero establecía la separación de poderes, aseguraba las libertades civiles y garantizaba la iniciativa privada y que, en definitiva, sería gobernado por contribuyentes y propietarios.

La resistencia de Luis XVI a asumir los cambios desencadenó un nuevo levantamiento popular. En octubre, las mujeres parisinas marcharon hacia la corte de Versalles y conminaron a la familia real a establecerse en París, lo cual hizo que la Asamblea Nacional Constituyente se trasladara también a la ciudad, continuando allí con sus deliberaciones para dotar al estado de una nueva constitución. Las reformas recogieron la abolición de la esclavitud, la nacionalización de las tierras de la iglesia y su venta por medio de asignados (papel moneda) y la reorganización del territorio en departamentos, distritos, cantones y comunas administrados por asambleas. Se desmanteló la jurisdicción señorial y se estableció la elección de jueces para cortes civiles en los distritos y cortes criminales en los departamentos. Algo parecido sobrevino en la administración de la iglesia: por medio de la Constitución civil del clero, promulgada en julio de 1790, desde los obispos hasta los curas de parroquia saldrían elegidos de las asambleas representativas, convirtiéndose en funcionarios del estado.

Las reformas provocaron la emigración de buen número de religiosos y nobles, cuyos bienes fueron expropiados. El propio Luis XVI, reacio a perder su autoridad, trató de salir de Francia en junio de 1791, pero fue detenido en Varennes y forzado a volver a París. Mientras, se constituyeron fuerzas contrarrevolucionarias que pidieron el auxilio de las monarquías europeas; aunque al principio éstas trataron de aislarse de los acontecimientos en Francia, ante las pretensiones de los radicales de internacionalizar los principios revolucionarios, acabarían tomando parte activa en los acontecimientos.

Toma de la Bastilla, el 14 de julio de 1789.

La Asamblea Legislativa

La nueva constitución fue finalmente aprobada en septiembre de 1791 y la Asamblea Nacional Constituyente se disolvió para que pudiera constituirse una Asamblea Legislativa.

Por otra parte, las fuerzas contrarrevolucionarias, con la ayuda de la familia real, consiguieron que la presión internacional para el restablecimiento de la monarquía aumentase. A comienzos de 1792, como respuesta a este movimiento, Francia terminó por declarar la guerra a Austria e inició una leva masiva de voluntarios; Prusia acudió en ayuda de los austriacos y los emigrados contrarrevolucionarios, creando una fuerza conjunta que avanzó sobre las fronteras galas. Dichos movimientos militares exacerbaron a los revolucionarios, quienes en agosto de 1792 asaltaron el palacio de las Tullerías, residencia parisina del rey, y encarcelaron a la familia real.

La Convención Nacional

En París se constituyó una nueva asamblea, la Convención Nacional, que decretó la abolición de la monarquía y el establecimiento de la República. La nueva cámara estaba dividida en dos sectores agrupados en clubes políticos, los girondinos de Jacques Pierre Brissot, partidarios de extender la revolución por toda Europa, pero moderados en el interior, y los jacobinos o partido de “la Montaña”, radicales liderados por Maximiliane de Robespierre que reclamaban mayores reformas sociales y contaban con el apoyo de los sans culottes, una fuerza heterogénea de clases populares, pequeños artesanos y comerciantes, campesinos y desposeídos. Esta segunda corriente, apoyada por otra aun más radical representada por el club de los cordeliers de Jean-Paul Marat, acabó imponiéndose en la Convención y forzó el procesamiento del rey y su condena a muerte; el 21 de enero de 1793, Luis XVI sería guillotinado.

Anteriormente, la evolución de los acontecimientos había forzado la radicalización de la revolución y la formación de la primera gran coalición de potencias europeas contra Francia. La fuerza revolucionaria derrotó a los prusianos en la batalla de Valmy, el 20 de septiembre de 1792, lo que abrió el camino a la ocupación de Bélgica y provocó una corriente patriótica por todo el país que no haría sino beneficiar a los jacobinos.

Muerte en la guillotina del rey Luis XVI.

El Terror

Alentado por la propaganda que denunciaba la actividad de los traidores, el pueblo asaltó las prisiones y ejecutó a gran número de prisioneros políticos. Los dirigentes provisionales, con Robespierre al frente, decidieron entonces que el estado asumiera la administración de la justicia popular a través de un Comité de Salvación Pública para evitar la completa anarquía. El periodo denominado como “el Terror” supuso el arresto de cerca de 300.000 personas, muchas de las cuales fueron sentenciadas a morir en la guillotina o perecieron en las prisiones.

En lo militar, la joven república hubo de hacer frente también a la guerra en el interior de sus fronteras. El reclutamiento forzoso y las desavenencias en materia religiosa hicieron estallar la rebelión en el medio rural, especialmente en la región occidental de la Vendée y el valle del Loira, donde se preconizaba la restauración borbónica. La inestabilidad aumentó con la inflación y la carestía y las desavenencias se instalaron en la Convención, donde jacobinos y girondinos se enfrentaban por obtener su control en el momento de las elecciones. El grupo de Robespierre y Louis-Antoine-Leon de Saint Just mantuvo el liderazgo en la Convención, pero los girondinos de Brissot se hicieron fuertes en las provincias (Lyon, Marsella, Burdeos). Decididos a acabar con la sedición, los dirigentes parisinos comandados por Robespierre iniciaron una purga entre las filas revolucionarias: en octubre de 1793, un grupo de diputados girondinos fue sentenciado a muerte; la misma suerte correrían posteriormente otros personajes como Georges Danton y Jacques Hébert.

En cuanto a las reformas, el estado llegó a fijar un control sobre precios y salarios, el maximum, requisó el grano cosechado, estableció la educación pública obligatoria y un incipiente sistema de asistencia social a los pobres. Incluso el tradicional calendario gregoriano fue eliminado y sustituido por otro republicano con semanas de diez días en las que se suprimía el domingo.

El Directorio

Robespierre el incorruptible y Saint Just, obsesionados con la conspiración y la necesidad de unidad, fueron víctimas del régimen que habían colaborado a forjar. Tras una conspiración denominada como “reacción thermidoriana”, fueron ejecutados en julio de 1794 (9 de thermidor, año II) poniendo fin al periodo de terror. Muchas de las medidas anteriormente adoptadas fueron derogadas, como el maximum, aunque la depreciación de los asignados y la carestía en las ciudades impidieron retomar la tranquilidad: los nuevos levantamientos fueron protagonizados por los sans culottes, quienes incluso invadieron la Convención en mayo de 1795.

Mientras, los franceses anexionaron el territorio belga gracias a la completa movilización humana y material. Tras la victoria de Fleurus, los ejércitos galos ocuparon los Países Bajos y, en 1795, Francia estuvo en disposición de negociar la paz con las potencias europeas, excepto con Austria e Inglaterra. En los territorios arrebatados por Francia al imperio austriaco en Italia (tratado de Campo Formio, 1797) se estableció la república hermana de Cisalpina según el modelo galo.

Los thermidorianos se emplearon en la redacción de un nuevo texto legal. La constitución del año III (1795) aprobada por la Convención Nacional, establecía un poder legislativo bicameral (Consejo de Ancianos y Consejo de los Quinientos) y un ejecutivo compuesto por un Directorio de cinco miembros capacitado para imponer medidas de emergencia y controlar la libertad de asociación y expresión.

En la dinámica de la guerra, la rivalidad entre el Directorio y el poder legislativo se hizo insostenible y se produjeron sucesivos golpes de estado hasta que, el 9 de noviembre de 1799 (18 de brumario del año VIII), el general Napoleón Bonaparte suprimió el Directorio y se proclamó primer cónsul, dando así inicio al periodo conocido como “era napoleónica”.

Arresto de Robespierre.

Consecuencias de la revolución

La Revolución Francesa fue el primer movimiento social de masas de la historia europea y por ello se convirtió en el paradigma universal de las revoluciones. Proporcionó las bases de los movimientos de liberación, los programas políticos y los códigos legales para nuevos alzamientos y procesos de independencia en Europa y las colonias de América Latina. Su influencia se deja incluso sentir en el pensamiento socialista y comunista posterior.

La Declaración de los derechos del hombre sentaba las bases de la igualdad democrática. La burguesía, artífice de la revolución, se convirtió en la clase dominante de la vida política y económica con el nuevo modelo de organización del estado, desplazando a la aristocracia y permitiendo el establecimiento de una economía industrial y capitalista.

Otras aportaciones de la Revolución fueron la adopción del sistema métrico decimal, la desaparición de los gremios y las corporaciones, nuevos códigos legales, la separación de iglesia y estado y la abolición de la esclavitud de forma paulatina en el mundo occidental.

Imagen de un cuadro relativo a la Revolución Francesa.