Edad contemporánea

    Término que hace referencia al periodo histórico comprendido entre la Revolución francesa y la era napoleónica y la actualidad.

    Para algunos historiadores, la fecha de inicio de la contemporaneidad debe situarse en los inicios de la Revolución francesa (1789), datación claramente eurocentrista al obviar la Revolución estadounidense, acontecimiento anterior al francés pero igualmente basado en la defensa de los principios liberales similares. Para otros, su inicio debe ser fijado en 1815, año del Congreso de Viena que marcó el final de la era napoleónica y momento en el que la mayoría de las naciones americanas habían declarado su independencia. Finalmente, algunos autores opinan que el hecho que realmente marcó la contemporaneidad fue la revolución industrial, por lo que sus comienzos en Gran Bretaña (a mediados del siglo XVIII) deben ser considerados como los inicios de la edad contemporánea.

    A pesar de esta disparidad de criterios a la hora de fijar los inicios de la edad contemporánea, todos ellos parecen de acuerdo en delimitar los principales elementos que la configuran. Entre ellos destacan:

    • La revolución industrial. Iniciada a mediados del siglo XVIII en Gran Bretaña, la industrialización cambió el panorama socioeconómico del mundo occidental, modificando los procesos productivos y, por tanto, las estructuras sociales y de poder. Aunque los adelantos técnicos se implantaron en los países europeos y americanos a distinto ritmo, se considera que en el siglo XX todas o casi todas las sociedades occidentales habían adoptado rasgos industriales.

    • El liberalismo y los movimientos obreros. La transformación productiva provocó a su vez cambios en el ordenamiento social. Las elites del antiguo régimen, el alto clero y la aristocracia principalmente, sucumbieron ante el creciente empuje de la burguesía, impulsada por los ideales revolucionarios franceses y estadounidenses y su nuevo poderío económico. Si bien es cierto que su liberalismo inicial se fue suavizando con el tiempo, también lo es el hecho de que esta ideología se convirtió en la gran protagonista del siglo XIX, sólo retada en este sentido por las incipientes corrientes de izquierdas que se comenzaron a implantar entre el proletariado industrial (socialismo, marxismo, anarquismo, etc.).

    • La consolidación de las naciones estado. Las luchas entre liberales y conservadores, y entre burgueses y trabajadores acabarían provocando una transformación del mapa político de Europa y América. Si las naciones latinoamericanas se beneficiaron del caos existente debido a las guerras napoleónicas, países como Alemania o Italia tuvieron que aprovechar la decadencia francesa y austriaca a mediados del siglo XIX para conseguir la unificación de sus territorios, viejo anhelo de los ambientes liberales, nacionalistas y románticos.

    • Imperialismo. La creciente industrialización y la aparición de un nacionalismo agresivo llevó a la búsqueda del dominio territorial o control de vastas regiones situadas fuera del mundo occidental, principalmente en África y Asia. Este imperialismo se diferenció claramente del colonialismo de la edad moderna porque no buscó una colonización humana sino simplemente un dominio económico y militar que garantizase el suministro de materias primas, la apertura de mercados y la satisfacción del ego nacional. La época imperialista, iniciada a mediados del siglo XIX, sólo acabaría con la llamada descolonización de la segunda mitad del siglo XX.

    • Las guerras mundiales. Las tensiones existentes entre los diversos países occidentales debido a la existencia de un capitalismo agresivo y a la carrera imperialista acabaron desembocando en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), acontecimiento bélico que alineó por una parte a potencias de carácter liberal (los Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña, etc.) y, por otra, a estados con un modelo político más autoritario (Imperio alemán, Imperio austrohúngaro, Imperio otomano, etc.). Solventada a favor de los primeros, la Primera Guerra Mundial no solucionó sin embargo los problemas de fondo existentes, qie permanecieron latentes durante los veinte años que transcurrieron hasta la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En ella confluyen los problemas ya existentes (las ansias imperialistas italianas y japonesas), con algunos creados por las condiciones del tratado de Versalles (revisionismo de la república de Weimar) y otros de nuevo cuño como el ascenso de los totalitarismos, impulsados a su vez por la gran crisis económica de los años treinta.

    • La gran crisis del capitalismo. Durante la primera mitad del siglo XX aparecieron diversos síntomas que denotaban la crisis del capitalismo vigente. Si la carrera imperialista o la Primera Guerra Mundial mostraron ya las carencias del sistema burgués imperante, la Revolución rusa de 1917, el crack de la bolsa neoyorquina de 1929 y la Segunda Guerra Mundial confirmaron la necesidad de un cambio. Aunque en gran parte del mundo occidental se mantuvo el capitalismo como sistema económico imperante, en numerosos países se implantaron fórmulas suavizadas como el denominado estado del bienestar.

    • La nueva globalización. El mantenimiento del sistema capitalista, aunque modificado, exige a las sociedades contemporáneas la participación en los mercados internacionales, máxime tras el proceso descolonizador tras la Segunda Guerra Mundial. Esta participación no es en condiciones de igualdad ya que, generalmente, las economías más fuertes del planeta son capaces de imponer sus condiciones a los países más necesitados. Esto ha provocado una continua transferencia económica a favor de los países desarrollados a la vez que la imposición de modelos occidentales a otras sociedades, beneficiándose este último fenómeno de la existencia de medios de comunicación de masas o Internet. La occidentalización de las sociedades africanas y asiáticas, más aún cuando ésta es de carácter pseudo-obligatorio y va acompañada de un aprovechamiento económico, no siempre es bien recibida, lo que ha provocado un aumento en dichos países de un auge nacionalista (que en su vertiente más extrema puede tender al fundamentalismo) o el refugio en economías autárquicas que, a veces, pueden adoptar tintes comunistas.