Fondo Monetario Internacional (FMI)

Organismo internacional de carácter financiero creado a raíz de la Conferencia de Bretton Woods, de 1944.

Origen y objetivos

El Fondo Monetario Internacional (FMI), fundado en 1946, tiene como objetivo final impedir las crisis financieras y promover un crecimiento económico sostenido. Para ello, actúa en varios ámbitos concretos: concede préstamos a países miembros que, en un momento dado, tienen problemas en su balanza de pagos; facilita asistencia técnica y capacitación a los Gobiernos de los Estados miembros y realiza el seguimiento de las medidas de política económica y financiera de los países pertenecientes a la institución. Cuenta con 184 países miembros y tiene su sede en Washington. Desde 2011, la francesa Christine Lagarde actuó como su directora gerente. Lagarde fue reelegida para el cargo en 2016, aunque su nombramiento como presidenta del Banco Central Europeo (BCE) pondría fin a su mandato anticipadamente en 2019.

El FMI nació, en un principio, como respuesta al nuevo sistema monetario configurado a partir de 1944 en el que el dólar se consideraba la moneda de reserva y tenía un valor fijo con respecto al oro. Hasta 1971, este organismo desarrolló funciones reguladoras, al evitar variaciones en los tipos de cambio, y crediticias, al impedir devaluaciones de una moneda en el momento en que el país tenía desequilibrios en la balanza de pagos. Sin embargo, este sistema se hundió a partir de 1971 como consecuencia de la grave crisis económica mundial y la devaluación del dólar, lo que obligó al FMI a reorientar sus actividades y funciones.

Poco a poco, el FMI empezó a otorgar préstamos a medio y largo plazo a países más o menos empobrecidos, lo que hacía de este organismo una entidad dedicada al desarrollo. Pero la crisis mundial de la década de 1980, que afectó sobre todo a Latinoamérica, supuso un nuevo desafío. Entonces, el FMI estableció los llamados Planes de Ajuste Estructural (PAE), que tenían como objetivo que las naciones afectadas pudieran reequilibrar su balanza de pagos y asumir los pagos de la deuda. Pero estos planes (y otros como el Servicio de Ajuste Estructural) causaron (y causan) muchas críticas por los perniciosos efectos en las economías y en las sociedades de los países afectados, pues obligaron a duros ajustes que se tradujeron en despidos, cierre de empresas, aumento del paro, reducción de salarios, etc. Aun así, las actuaciones del FMI siguieron extendiéndose debido al colapso del comunismo en los países del este de Europa a partir de 1990 y a las crisis económicas en México y el sudeste asiático en 1994 y 1997, respectivamente.

Otros países, como Rusia, Brasil, Turquía y la Argentina, recibieron fondos del FMI en los años posteriores para hacer frente a problemas financieros internos. No obstante, la acción de esta institución se hizo especialmente visible a raíz de la grave crisis económico-financiera producida a escala internacional a partir de 2008. Originada como una crisis crediticia en los Estados Unidos, se extendió rápidamente a otros países desarrollados que compartían características comunes de excesivo endeudamiento, bajos tipos de interés y escasos controles en las concesiones de créditos. La burbuja inmobiliaria fue también un elemento común en varios de los Estados que se vieron sumidos en serios problemas.

Varios países periféricos de la «zona euro» en la Unión Europea (UE) resultaron especialmente afectados por esta acumulación de factores. Grecia, en 2010, y Portugal, en 2011, se vieron abocados a solicitar ayuda financiera para hacer frente a sus pagos corrientes. Esta ayuda llegó por una triple vía, la formada por el FMI, el Banco Central Europeo (BCE) y la Comisión Europea, que conformaron un equipo de trabajo conjunto denominado troika. Las dificultades para remontar la crisis en estos y otros países, como Irlanda, Chipre o España, provocaron fisuras en la definición de las acciones conjuntas de la troika.

En definitiva, aunque el FMI no ha conseguido evitar las crisis financieras ni la inestabilidad económica y monetaria, sigue jugando un importante papel para el desarrollo de los países. En este sentido, en los últimos años intenta ofrecer programas de ajuste estructural con un «rostro más humano» por medio de iniciativas como la de Países Empobrecidos Altamente Endeudados (PEAE).

Estructura y funcionamiento

El órgano de decisión en el FMI es la Junta de Gobernadores, integrada por un representante de cada Estado miembro, que suele reunirse una vez al año (conjuntamente con la Asamblea del Banco Mundial). Para las actuaciones del día a día, se encarga el directorio ejecutivo, compuesto por un director general y 24 directores, que aprueba las actuaciones del FMI. También existe un Comité para el Desarrollo y un Comité Provisional que se ocupan de la gestión y adaptación del sistema monetario internacional.

En cada uno de estos órganos, el reparto de la votación se establece en función de las cuotas de capital que aporta cada país miembro. Esto sigue generando polémica y discusiones porque los desequilibrios son muy grandes, pues, por ejemplo, los miembros del G-8 (Rusia, Inglaterra, Canadá, Estados Unidos, Francia, Italia, Japón y Alemania) tienen el 48,2 % de los votos. Incluso, Estados Unidos por sí solo alcanza el 17 %, lo que le permite tener derecho a veto.

El FMI cuenta con su propia moneda, creada en 1969, denominada derechos especiales de giro (DEG), cuyo valor se fija en función de cuatro monedas principales: el euro, el yen, el dólar estadounidense y la libra esterlina. Cuando un país tiene problemas en su balanza de pagos, puede solicitar financiación al FMI. Para que éste se lo conceda, negocia una serie de medidas con el país solicitante especificando objetivos macroeconómicos y plazos determinados (generalmente unos cinco años); es decir, se establecen unas condiciones del fondo. Si se llega a un acuerdo, el país afectado compra divisas fuertes a cambio de depositar el equivalente del monto en su moneda nacional, que va recomprando a medida que va devolviendo el préstamo y sus intereses.