Guerras árabe-israelíes

Conflictos bélicos entre el estado de Israel, por un lado, y varios países árabes (Siria, Egipto, Jordania, etc.) por otro. Estos conflictos surgieron a raíz de la creación del estado de Israel en 1948, que suscitó graves roces con sus vecinos árabes así como con la población palestina autóctona.

Antecedentes

Durante la Primera Guerra Mundial se produjeron dos hechos trascendentales para el sionismo y para Palestina: el Acuerdo Sykes-Picot, que repartía el Próximo Oriente entre Gran Bretaña y Francia, quedando Palestina bajo dominio británico, y la Declaración Balfour, que prometía a Haim Weizmann, dirigente del movimiento sionista, un hogar en este territorio para el pueblo judío. Esa garantía, más la ayuda de la banca Rotschild, la Agencia Judía y el dinero de los judíos norteamericanos, impulsó la emigración hacia Palestina, adonde llegaron 358.910 inmigrantes entre 1919 y 1942.

Con dinero, técnica y organización, los recién llegados compraron tierras, crearon grandes explotaciones rentables y suscitaron una atmósfera de recelo y, finalmente, de hostilidad entre la comunidad árabe palestina, que en la década de 1930 era ya de lucha abierta. El genocidio judío perpetrado por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial multiplicó la desesperación judía por hallar refugio seguro y cubrió el mundo occidental con un velo de horror y culpabilidad; terminada la contienda, Londres no pudo contener el aluvión de nuevos inmigrantes hacia Palestina y, en 1947 vivían allí unos 600.000 judíos y poco más de un millón de árabes.

Deterioro económico de las comunidades árabes

Con las sucesivas inmigraciones judías comenzó a surgir el fenómeno de un nacionalismo palestino, nacido más en las revueltas organizadas como rechazo contra los inmigrantes sionistas que de un sentimiento de conciencia nacional. El antisionismo suscitado entre la población palestina, que no alcanzaba el millón de personas en la década de 1930, se originó en las lógicas fricciones de vecindad y, sobre todo, en la tremenda desigualdad de ambas comunidades. Los palestinos, anclados en la tradición y con una economía de pura subsistencia, no podían entender, primero, la colectivización de la tierra y las costumbres sociales de los pioneros judíos; después (y esto fue lo más grave) se vieron desbordados por la productividad de las colonizaciones agrícolas judías, dotadas de maquinaria, modernos sistemas de cultivo, semillas selectas, etc.

La ruina económica llegó a muchas de las ya depauperadas aldeas árabes de Palestina y numerosos terratenientes vendieron sus propiedades a la aldea judía, no sólo por los buenos precios que ésta ofrecía, sino también por no poder competir con los rendimientos agrícolas logrados por los sionistas. De esta forma, el clima de violencia y enfrentamiento fue subiendo de tono hasta cotas alarmantemente graves.

El terrorismo endémico dio paso a la abierta guerra civil, que los británicos no pudieron controlar. En la recién nacida ONU se recomendó la partición de Palestina como único remedio. Los judíos lo aceptaron como mal menor mientras que los árabes se opusieron frontalmente. En 1947 se llegó a la partición: una locura que mezclaba los territorios de una y otra comunidad (Resolución 181 de la ONU). El 15 de mayo de 1948 Gran Bretaña dejaba Palestina, pero ya la víspera se proclamaba el estado de Israel y se afilaban las armas para el inevitable conflicto, que estalló mientras embarcaban las fuerzas británicas.

La guerra de 1948

Cinco ejércitos árabes penetraron en Palestina, pero sólo el jordano mostró organización y combatividad; los saudíes fueron rechazados casi sin lucha en el Neguev; libaneses y sirios retrocedieron rápidamente en el norte, aunque hostigaron durante meses a los judíos desde sus posiciones fronterizas; los egipcios, que llegaron en su avance muy cerca de Tel Aviv, fueron obligados a replegarse, perdiendo, incluso, territorio en el Sinaí (del que posteriormente hubieron de salir los israelíes forzados por las presiones de los Estados Unidos); los jordanos ganaron terreno en la ciudad vieja de Jerusalén y, aunque cedieron algo en el sector central, se mantuvieron firmes en el saliente de Latrún.

La guerra, con diversos altos el fuego, se prolongó hasta finales del otoño de 1948; Israel resultó el indiscutible vencedor, ampliando su territorio en 5.728 kilómetros cuadrados a costa de los que la partición de la ONU había otorgado a los palestinos e imponiendo su dominio en 20.850 kilómetros cuadrados.

El éxodo palestino

Las consecuencias de esta guerra fueron dramáticas para los árabes: los israelíes no sólo se mantenían en la zona que les fue concedida, sino que la ampliaron. En todo ese territorio vivían dos años antes cerca de 670.000 palestinos y tras la guerra, en 1949, apenas quedaban 160.000. Esto es, la partición de Palestina y la consiguiente guerra habían causado más de 500.000 desplazados. En resumidas cuentas, del millón largo que eran los palestinos a comienzos de 1947, dos años después la mitad estaba refugiada en su propio país o en los vecinos; la otra mitad vivía en Israel, Gaza o Cisjordania, gobernados por los judíos, los egipcios o los jordanos. De las tierras que les otorgara la ONU, en la partición de su propio territorio (11.383 kilómetros cuadrados), Egipto se quedó con Gaza (217 kilómetros cuadrados) y Jordania con Samaria y Judea, regiones que globalmente se denominarían Cisjordania a partir de entonces.

No cabía mayor atropello. Pero aquí conviene deslindar responsabilidades, que la propaganda ha cargado sólo sobre los israelíes. A Israel hay que atribuirle haber originado la mitad del éxodo palestino, haberse negado a readmitir a los exiliados y no haber cumplido las reiteradas peticiones de la ONU para indemnizar a quienes no readmitiese. Por su parte, los países árabes deben asumir la irresponsabilidad de haberse lanzado a aquella guerra, su culpa al haber provocado la mitad del éxodo palestino cuando incluso los judíos (por razones de imagen internacional) trataban de frenarlo, su ambición al haberse apropiado de las tierras palestinas y su ceguera al desear perpetuar el problema por todos los medios. De esta forma, aquel problema, que en 1949 concernía a poco más de medio millón de personas, se había multiplicado por cinco en 1966 y por ocho en 1994, aunque la dispersión palestina es tal, 59 años después de iniciada la tragedia, que resulta casi imposible establecer un censo fidedigno.

La guerra del Sinaí-Suez

Tras la guerra de 1948 la animadversión mutua entre Israel, por un lado, y los palestinos y los países árabes, por otro, aumentó gradualmente hasta tal punto que la región vivía permanentemente en un clima de guerra. Ésta estallaría en toda su violencia el 29 de octubre de 1956. El detonante fue la nacionalización egipcia del canal de Suez, hasta entonces bajo control anglofrancés, del que el presidente egipcio Nasser esperaba lograr los recursos necesarios para construir la gran presa de Asuán. La nacionalización del 25 de julio de 1956 perjudicaba los intereses de París y Londres, que aún disponían de doce años de plazo para terminar su contrato de explotación de la vía de agua. Pero también a Israel, cuyos buques se verían obligados a dar la vuelta a África, ya que era impensable el permiso egipcio para cruzar el canal.

Así británicos, franceses e israelíes urdieron un plan intervencionista cuando las diversas mediaciones internacionales fracasaron en su intento de que Nasser diese marcha atrás. Israel atacaría a Egipto y cuando sus tropas alcanzasen el canal, se produciría el ultimátum anglofrancés, acompañado de un envío de unidades de intervención rápida que se adueñarían de las instalaciones del canal, para defenderlas de la guerra. Israel atacó en la madrugada del 29 de octubre. En cuatro días los judíos alcanzaron la línea acordada, 16 kilómetros en paralelo al canal, paracaidistas y tropas de desembarco francesas y británicas se adueñaron de toda la línea del canal en tres días. El 6 de noviembre las operaciones militares habían terminado.

Creación de Al Fatah y la OLP

Las consecuencias de este segundo conflicto fueron variadas: bajo las presiones de la Unión Soviética (URSS), pero también de EE.UU. y la ONU, británicos y franceses se retiraron del canal, siendo relevados por los cascos azules de Naciones Unidas, creados al efecto. Israel conseguía derecho de paso por los estrechos de Tirán, apoyo de la ONU en la vigilancia de sus fronteras, armamento británico, ayuda económica estadounidense y un reactor nuclear proporcionado por los franceses (de cuya planta salieron las bombas nucleares israelíes).

Pese a su derrota Egipto no salió muy mal parado de la guerra: se quedó con el control del canal, por el que impedía el paso de los buques israelíes; obtuvo cuanta ayuda soviética necesitó para construir la presa de Asuán y el presidente Nasser alcanzó la cima de su prestigio personal. Los palestinos, sin embargo, vieron por vez primera la situación con claridad: a) el mundo árabe estaba desunido y cada país cuidaba de sus intereses; b) los palestinos apenas contaban nada para nadie, salvo como reclamo propagandístico contra Israel; c) Israel se había convertido en una potencia militar, con grandes apoyos exteriores, que sería muy difícil de vencer en una guerra convencional; d) la cuestión palestina era cosa de los palestinos, que precisaban de organizaciones políticas y militares propias para convertirse en portavoces de su problema específico.

Así nació, en 1957, la primera gran organización palestina, Al Fatah, fundada por Yasir Arafat. En los años siguientes proliferaron los grupúsculos nacionalistas palestinos de diversas tendencias políticas y bajo diferentes patrocinios, y un hombre, siempre listo para capitalizarlo todo, el presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, les reunió en una conferencia que tuvo lugar en Jerusalén el 28 de mayo de 1964. De ella salió la Organización para la Liberación de Palestina, OLP, que bajo la presidencia de Ahmed el Chukeiri sirvió lealmente a los intereses de su inspirador, el presidente egipcio.

La guerra de los Seis Días

Las organizaciones palestinas empezaron a acosar al estado israelí (atentados, acciones armadas, etc.), aunque Israel no se quedaba corto con sus sangrientas represalias (algunas con una justificación dudosa a la hora de culpar a los palestinos). El ambiente se fue enrareciendo más y más: Israel aumentaba su población, se disputaba el agua del Jordán con los países árabes y los más mínimos roces propiciaban la escalada armamentística en la región.

En la primavera de 1967, tras un grave incidente aéreo (en el que resultaron derribados once cazabombarderos sirios por los interceptores israelíes), Siria y Egipto (vinculados por una alianza militar desde 1966) resolvieron declarar la guerra a Israel y convencieron al rey Hussein de Jordania para que se uniera a la alianza. En esta ocasión, pensaban los aliados árabes, no ocurriría como en 1948, pues contaban con una ventaja de dos a uno en aviones y medios blindados de comparable calidad a la que tenían los israelíes y de tres a uno en buques de guerra y en soldados adiestrados.

El 18 de mayo el presidente Nasser pidió a la ONU que retirase los cascos azules de Gaza, del Sinaí y de los islotes de Tirán y Sanafir. Sorprendentemente, la ONU accedió a la demanda. El Cairo concentró 80.000 hombres en el Sinaí, armó a los palestinos de Gaza y ocupó los islotes, cerrando los estrechos de Tirán (22 de mayo) a los buques israelíes y a cuantos se dirigieran al puerto judío de Eilat.

Inútiles fueron los múltiples intentos internacionales de mediación. Egipto se negó a desbloquear Tirán e Israel dejó claro que iría a la guerra por abrir esa vía de comunicación. El gobierno israelí no hablaba en vano y, mientras los árabes debatían sus tratados de defensa para formar un frente unido contra los judíos, preparó un ataque sorpresa que neutralizara la teórica ventaja numérica y estratégica de sus enemigos.

Una victoria relámpago

Al amanecer del 5 de junio, 300 aparatos israelíes despegaron hacia Egipto, alcanzando sus primeros objetivos, completamente desprevenidos, a las ocho de la mañana. Dos horas después estaban repostando en sus bases, tras haber destruido dos tercios de la aviación egipcia y registrando apenas una docena de bajas. Inmediatamente salieron hacia Iraq, Jordania y Siria, donde lograron nuevamente la sorpresa.

Increíblemente, Egipto informó a sus aliados del comienzo del ataque con 40 minutos de retraso y les confundió, asegurándoles que había destruido el 75% de los aviones judíos. La guerra de los Seis Días duró, realmente, seis horas: al mediodía los árabes carecían de aviones para oponerse a los judíos y gran parte de las fuerzas egipcias del Sinaí se hallaba en retirada. A las 10 de la mañana del día 7, los israelíes dominaban Jerusalén entera y el 8 cesaban de combatir los jordanos. En esta fecha, el ejército de Israel alcanzaba el canal de Suez en toda su longitud y el presidente Nasser se adhería al alto el fuego propuesto por la ONU, cosa que no hizo Siria, que prosiguió la lucha hasta el día 10, cuando la ofensiva judía se acercaba peligrosamente a Damasco.

El falso cierre del conflicto

Los árabes perdieron sus flamantes ejércitos y, lo que es más grave, padecieron 15.000 muertos, 50.000 heridos y 11.500 prisioneros, dejando en manos israelíes 45.000 kilómetros cuadrados de territorio (Sinaí, Gaza y Golán, más el sector árabe de Jerusalén) que, en parte, siguieron bajo control judío durante muchos años después. En las Naciones Unidas se debatió durante seis meses la situación creada por la guerra y el 22 de noviembre de 1967 se aprobó la Resolución 242, una de las más conocidas y polémicas del Consejo de Seguridad, la cual hoy en día sigue siendo objeto de controversia importante en el problema de Oriente Medio. Por un lado, ordenaba a Israel la evacuación de los territorios ocupados; por otro, declaraba el derecho de todos los estados a fronteras seguras y reconocidas; como consecuencia, ni los judíos se mostraban dispuestos a retirarse, ni los árabes a reconocer a Israel.

Para los palestinos, tras la apabullante victoria judía, la situación quedaba de esta manera: Israel unificaba bajo su dominio toda Palestina y tenía tres millones y medio de habitantes, de los cuales un millón eran palestinos. El resto del pueblo palestino se componía de un millón trescientas mil personas más, de los cuales unas 800.000 estaban en Jordania; 300.000 en Líbano, Siria e Iraq; y las 200.000 restantes en los emiratos del Golfo, Egipto y países árabes del norte de África. De esta manera se intensificaba la tragedia palestina; su situación empeoró al quedar Gaza y Cisjordania en manos israelíes mientras la luchaba lanzaba al desierto transjordano a millares de nuevos refugiados.

La Guerra del Yom Kippur

En el otoño de 1973 se produjo en el Próximo Oriente un cataclismo de mayores dimensiones que los atentados palestinos y las represalias israelíes: la guerra del Yom Kippur. En la mañana del 6 de octubre tropas anfibias egipcias cruzaron el canal de Suez. Enormes cañones de agua practicaron brechas en los diques de arena erigidos como defensa por los israelíes junto al canal. Israel reaccionó tarde y cuando sus aviones intervinieron para parar la avalancha, la formidable defensa antiaérea organizada por Egipto les rechazo con grandes pérdidas. Las primeras líneas defensivas judías fueron arrolladas en 36 horas. Simultáneamente, los sirios atacaron en el Golán, desbordando a los desprevenidos israelíes y amenazando Galilea.

Esta cuarta guerra árabe-israelí fue para Tel Aviv la más violenta de todas, la más costosa en hombres y medios y la única que no pudo decidir a su favor con cierta facilidad. En el frente norte, ante Siria, tras importantes retrocesos en los primeros días, Israel recuperó la iniciativa y llegó a mejorar sus posiciones iniciales. En el sur, ante Egipto, no pudo impedir la consolidación de las líneas árabes al este del canal, aunque a su vez atravesó la vía de agua y rodeó al tercer ejército egipcio, situado en el ala derecha del frente.

Cambios en el escenario geopolítico

La guerra, aunque tácticamente la ganaron los judíos, estratégicamente fue una gran victoria árabe, sobre todo una gran victoria del sucesor de Nasser (fallecido en 1970), Anuar el Sadat, que pudo abrir negociaciones de paz en un plano de igualdad y que cambió las tradicionales alianzas egipcias, alejándose de la Unión Soviética y acercándose a los Estados Unidos. Para los palestinos la guerra supuso una nueva desilusión: de nuevo se alejaba la esperanza del retorno a los hogares abandonados en 1948. Por lo demás no registraban cambios sustanciales. Desde Jordania era imposible operar contra Israel; desde Siria era muy difícil y sólo desde Líbano había posibilidades, lo que supuso el regreso a la dramática espiral de atentado palestino-represalia israelí.

Políticamente, sin embargo, fueron los días dorados de la OLP (que hacía tiempo que ya funcionaba con gran independencia de los gobiernos árabes), reconocida por la ONU y la Liga Árabe (octubre de 1974) como representante única de los intereses palestinos. El 13 de noviembre de ese mismo año, Yasir Arafat (designado presidente de la OLP el 2 de febrero de 1969) habló ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, donde pidió dignidad, libertad y justicia para el pueblo palestino, así como la recuperación de sus tierras para ejercer una soberanía independiente sobre ellas.

Durante algún tiempo fueron noticias esperanzadoras las que recibieron los palestinos. Una vez más se les reconoció en la ONU el derecho a retornar a sus hogares, al tiempo que la OLP recibía el estatus de observador permanente. La UNESCO suspendió sus ayudas a Israel y la Comisión de Derechos Humanos condenó a Tel Aviv por su terrorismo de Estado.

La guerra del Líbano

Pero en este tiempo iba germinando también el plan israelí para arrojar a los palestinos de Líbano. En efecto, las negociaciones de los agentes israelíes y los falangistas cristianos libaneses se cerraron con un acuerdo: en cuanto se presentase la oportunidad, atacarían a los palestinos. Y esto sucedió en 1975. Tras uno de los múltiples bombardeos de represalia por parte de la aviación judía se produjo un motín de la población libanesa, en protesta contra la presencia de la OLP en el país, que estaba convirtiendo Líbano en escenario de una guerra cada vez más cruenta.

De hecho, en Líbano estaba empezando a ocurrir lo mismo que en Jordania unos años antes (en septiembre de 1968 el rey Hussein había desencadenado una sangrienta represión sobre los palestinos refugiados, alegando que usurpaban el poder del estado). Los palestinos, numerosos y bien armados, comenzaban a dominar las calles, las comunicaciones y las zonas más estratégicas del norte de Líbano, suplantando en sus funciones a las autoridades libanesas.

En este clima de división, la Falange Libanesa (de carácter nacionalista y representante de los intereses políticos de la población cristiana maronita, y aliada de Israel) aprovechó la oportunidad y se inició la lucha contra las milicias palestinas, comenzando por el norte y extendiéndose al centro del país y a los barrios de la capital, degenerando en un sangriento enfrentamiento civil.

La desintegración del estado libanés

En esta guerra, que con diversas alternativas, vicisitudes y treguas se prolongó hasta 1982, se produjo la desintegración de Líbano como país. Desapareció su ejército, se destruyó su economía, resultó ocupado por fuerzas sirias que llegaron como ejército de pacificación, murieron millares de personas y se desarrollaron media docena de ejércitos milicianos, al servicio cada uno de ellos de un credo religioso, una tendencia política o un clan familiar. La interminable guerra de Líbano fue para los palestinos mucho más grave que lo ocurrido en Jordania. No solamente resultó mucho más cara en vidas y sangre, sino que dividió a la OLP y redujo casi a la impotencia su lucha contra Israel.

Sin embargo, los palestinos lograron mejorar sus posiciones, arrinconando a los falangistas y disponiendo nuevamente de bases para atacar a Israel. Esto motivó que el gobierno de Tel Aviv, que hasta entonces se había limitado a prestar ayuda a los cristianos maronitas, decidiera, tras una serie de atentados palestinos en territorio israelí, liquidar directamente el problema.

La masacre de Sabra y Chatila

El 6 de junio de 1982 Israel atacó a Líbano y sus tropas se hallaron rápidamente ante Beirut, donde los palestinos ofrecieron mayor resistencia. La mediación internacional logró, finalmente, la firma de un acuerdo por el que Israel permitiría la salida de los palestinos armados y cercados en Beirut hacia un país árabe, el 21 de agosto. Bajo la ocupación israelí fue nombrado presidente Bashir Gemayel, jefe de la Falange Libanesa, que resultó muerto en un atentado terrorista el 13 de septiembre de 1982.

Como respuesta, sus compañeros de armas, ante la cómplice indiferencia de las fuerzas israelíes de ocupación, penetraron en los campamentos de refugiados palestinos de Sabra y Chatila y asesinaron a cuantas personas hallaron a su paso, mujeres, ancianos y niños en su mayor parte. El saldo de víctimas inocentes e inermes fue de 328 muertos y 991 desaparecidos. El escándalo cobró proporciones mundiales y salpicó al gobierno israelí, viéndose obligado a presentar la dimisión el ministro de Defensa, Ariel Sharon, y tambaleándose en su poder el primer ministro, Menahem Beguin.

Conclusión: un conflicto sin final

Las guerras más conocidas han sido relatadas hasta este punto, pero los violentos y sangrientos choques entre palestinos, israelíes, habitantes de otros países árabes, etc., han continuado el presente: guerra civil palestina en 1983, represalias israelíes contra palestinos en Túnez en 1985, la primera Intifada en 1988, la primera guerra del Golfo en 1991..., alternándose con frustrados intentos de negociación (Madrid, Oslo, Washington).

Los acontecimientos no mejoraron mucho en la década de 1990 y en los primeros años del siglo XXI (asesinato del primer ministro israelí, Isaac Rabin, en 1995, segunda Intifada en 2000, atentados palestinos y represalias israelíes, etc.). Los últimos años vieron algunos tímidos intentos de reconciliación que no pudieron prosperar (Acuerdos de Oslo, de 1993; creación de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), en 1994; plan de paz conocido como "La Hoja de Ruta" todavía pendiente de aplicación, mediaciones internacionales frustradas, etc.) al desarrollarse una serie de trágicos acontecimientos: cerco y acoso israelí al presidente de la OLP, Yasir Arafat, violencia contra los colonos israelíes y de estos hacia los ciudadanos palestinos, política de "asesinatos selectivos" de Israel hacia líderes de las organizaciones palestinas Al Fatah y Hamás, etc.

Palestina al borde de la guerra civil

La muerte de Arafat en diciembre de 2004 (sustituido en la presidencia de la OLP por Mahmud Abbas) y el estado comatoso en que cayó el primer ministro israelí, Ariel Sharon, en enero de 2005, así como la puesta en marcha del plan de salida unilateral israelí de la franja de Gaza, hicieron resucitar las esperanzas de que el sangriento conflicto fuera suavizado (e incluso detenido) por parte de los nuevos líderes de ambas facciones. No obstante, las desavenencias (cada vez más fuertes y violentas) entre las organizaciones Al Fatah (principal fuerza política palestina, que ha controlado en los últimos años el aparato gubernamental de la ANP) y la islamista radical Hamás (vencedora esta última en las primeras elecciones democráticas celebradas en los territorios bajo control de la ANP) y la nueva guerra del Líbano, en el verano de 2006, en la que Israel bombardeó duramente el país en su confrontación con la milicia islamista Hezbolá, presente en ese país, han demostrado que, con una situación de pre-guerra civil en Palestina, y una profunda crisis política en Israel, todavía está lejos de la solución al sangriento y trágico conflicto que sufre Oriente Próximo.