Imperio azteca

Calendario azteca esculpido en piedra. Una característica común de las diversas civilizaciones de Mesoamérica fue el empleo de un calendario ritual de 260 días.

Denominación étnico-política con la que se conoce la civilización prehispánica que se desarrolló en el centro de México en los últimos 150 años antes del momento del contacto con los españoles, y que junto con las civilizaciones maya e inca constituye una de las más célebres y complejas culturas que florecieron en la América precolombina.

El Imperio azteca tuvo su origen en algunos de los pueblos de habla náhuatl que ocupaban el territorio en torno a la actual capital mexicana, y que lograron convertirse en el poder hegemónico de lo que es hoy buena parte del centro y sur de la república mexicana. El Imperio azteca prosperó gracias a una férrea organización social, tributaria y militar, desarrollando al mismo tiempo una compleja y refinada cultura, heredera de las civilizaciones mesoamericanas que le habían precedido durante siglos en la región. La alianza entre las recién llegadas tropas castellanas, al mando de Hernán Cortés, con los estados indígenas enemigos de los aztecas, puso fin al Imperio de manera violenta y rápida en 1521.

Lengua y marco geográfico

Los aztecas se daban a sí mismos el nombre de mexica. Hablaban el náhuatl, lengua del grupo nahua, el cual pertenece a una de las más extensas familias lingüísticas amerindias, la denominada Uto-azteca, que está diseminada hoy día por gran parte de México, El Salvador y el sudoeste de Estados Unidos; actualmente, hay algo más de un millón de personas en México y El Salvador que hablan alguna lengua del grupo nahua. La capital azteca fue Tenochtitlan, fundada sobre una isla del lago Texcoco, que fue desecado durante la época colonial y sobre el cual se levanta hoy la enorme Ciudad de México, capital del Estado.

En tiempos de su máxima extensión, a la llegada de los españoles, el Imperio alcanzaba a controlar hacia el sur algunas zonas del área maya, en la actual Guatemala, así como ciertas regiones en la costa del golfo de México, hacia el este, y en el litoral Pacífico, hacia el oeste. Por el noroeste, la influencia azteca estaba más limitada, debido al cercano y poderoso estado tarasco, que les fue imposible reducir. Igualmente, al sudeste de Tenochtitlan, se situaba la relativamente próxima frontera con el estado independiente de Tlaxcala, con el que los aztecas se encontraban en guerra permanente. Los territorios hacia el norte estaban ocupados por colectivos de cazadores-recolectores dispersos, de gran movilidad y muy difíciles de controlar.

Fuentes de estudio

Los datos arqueológicos tienen una utilidad relativa para la investigación de la civilización azteca, debido a que la mayoría de los principales asentamientos fueron destruidos durante la conquista española y luego reedificados en el inicio del periodo colonial. Por el contrario, se dispone de una abundantísima y compleja documentación escrita: crónicas, anales y relaciones, redactadas en castellano y en náhuatl, por conquistadores, religiosos y administradores españoles, así como por los descendientes de la nobleza azteca en las primeras décadas de dominio español.

La obra más importante es la Historia general de las cosas de la Nueva España, confeccionada hacia 1569 en ambos idiomas por el franciscano fray Bernardino de Sahagún, con ayuda de sus informantes nativos. Destacan también un buen número de manuscritos prehispánicos, que contienen información plasmada mediante un sistema de escritura jeroglífica, así como abundantes registros iconográficos. Todas estas obras constituyen la principal fuente para el conocimiento de la historia, la cultura, la cosmovisión y la religión de los pueblos que conformaron el Imperio azteca.

Evolución histórica

Hacia el siglo XIII d.C. diferentes tribus y pueblos, procedentes de regiones más al norte, comenzaron a penetrar y establecerse gradualmente en los asentamientos disponibles del Valle de México. Los aztecas fueron uno de aquellos colectivos, no muy bien recibidos por los que habían llegado antes al Valle o se encontraban en él desde tiempos remotos. Rodeados de vecinos mucho más poderosos que ellos, los aztecas fueron tributarios y mercenarios de otros estados de la región; y no fue sino hasta comienzos del siglo XIV cuando lograron fundar el asentamiento permanente de Tenochtitlan.

A partir de entonces, fueron fortaleciendo su posición por medio de alianzas matrimoniales de sus jefes con la nobleza de otras ciudades, y también gracias a su habilidad y arrojo en la guerra. Lograron así consolidarse como unidad política autónoma y respetada por sus vecinos, en la época del gobierno de Acamapichtli (1372-1391), al que las crónicas aztecas señalan como el primer señor (tlatoani en lengua náhuatl) de Tenochtitlan completamente independiente.

Bajo el mandato de los tlatoani Hutzilihuitl (1391-1415), Chimalpopoca (1415-1426) y, especialmente, Itzcoatl (1426-1468), los aztecas de Tenochtilan prosperaron hasta convertirse en el poder hegemónico en el Valle de México. En 1428, lograron, en coalición con las ciudades de Texcoco y Tlacopan (la denominada Triple Alianza), vencer y conquistar a la que había sido hasta entonces principal unidad política de la región, la ciudad de Azcatpozalco.

Durante el gobierno de los siguientes tlatoani (Ilhuicamina, 1440-1468; Axayacatl, 1468-1481; Tizoc, 1481-1486; y Ahuitzotl, 1486-1502), el estado azteca se transformó en imperio, al ir incorporando sucesivos territorios y entidades por medio de la conquista militar, la sumisión o la alianza. Al mismo tiempo, su capital lacustre, Tenochtitlan, fue creciendo constructiva y demográficamente, convirtiéndose en una de las ciudades más grandes, pobladas y mejor organizadas de América y de todo el mundo en aquella época. Las investigaciones más minuciosas estiman en medio millón sus habitantes a la llegada de Hernán Cortés, con un mercado diario que ocupaba a decenas de miles de trabajadores, y multitud de templos, edificios públicos, calzadas pavimentadas y canales a lo largo de 13 kilómetros cuadrados.

A la llegada de los españoles, el Imperio azteca había alcanzado su máximo poder y extensión, y su influencia y presión se hacían sentir en toda Mesoamérica (se calcula que desde Tenochtitlan se gobernaba sobre unos 5,5 millones de personas, que poblaban las 38 provincias tributarias que figuran en las crónicas). Sin embargo, era también una entidad muy contestada por otros pueblos y unidades políticas de la región, los cuales habían escapado de su control directo por la fuerza o se encontraban en permanente rebelión. Fue este estado de cosas el que permitió a Hernán Cortés reducirlo y desarticularlo rápidamente.

Cortés actuó sobre la máxima autoridad del Imperio, apresando a Moctezuma, tlatoani de la capital Tenochtitlan y emperador azteca (1502-1520), quien en 1519 había recibido amistosamente a los extranjeros. Tras morir Moctezuma en circunstancias poco claras, la hueste castellana escapó de la capital en la célebre Noche Triste, sufriendo graves pérdidas. Los españoles supervivientes reorganizaron sus fuerzas y, junto con sus aliados tlaxcaltecas, vencieron al ejército de Tenochtitlan en la batalla de Otumba, poniendo después cerco a la ciudad, la cual cayó en 1521. Cuauhtemoc, que había sucedido a su tío Moctezuma como tlatoani de Tenochtilan, fue el último emperador azteca. Mantenido en libertad vigilada por los españoles, fue acusado de una supuesta conspiración y ajusticiado en 1525.

Economía, sociedad y estructura política

La economía del Imperio azteca se basó en el cultivo del maíz, cereal originario de la región cuya domesticación se había logrado varios milenios atrás. Los aztecas contaban con diversas técnicas de incremento de la productividad: irrigación de cultivos y siembra en terrenos artificiales flotantes en lagos, con lo que se lograba un alto rendimiento de las cosechas. Otros cultivos de gran importancia fueron las judías, pimientos y calabazas, además de muchas otras especies hortofrutícolas, toda clase de caza y pesca disponibles, y la cría de pavos y otros pequeños animales comestibles. Existía un próspero comercio de toda clase de mercancías dentro y fuera de los límites del Imperio.

Como en otras sociedades no igualitarias, la adscripción al estamento social venía dada por el grupo en el que se nacía, si bien también se requería una cierta validación para alcanzar posiciones privilegiadas, lo cual propiciaba una cierta movilidad social. La división fundamental se establecía entre nobles y gentes del común, con algunas posiciones intermedias ocupadas por ciertos especialistas, sobre todo grandes mercaderes y artesanos especializados en objetos de lujo. Existían diferencias acusadas en el seno de la clase privilegiada, dedicándose la nobleza menor a la explotación de tierras, a servir como altos cargos de la organización administrativa, religiosa y militar, o al gobierno de centros urbanos de menor importancia. Por su parte, de los linajes de la nobleza mayor salían los gobernantes supremos de las capitales más importantes del imperio, los sumos sacerdotes y los primeros responsables de la milicia.

Pero la distinción fundamental con las gentes del común residía en el control que los nobles ejercían sobre los recursos principales, la tierra y fuerza de trabajo. Los ciudadanos comunes estaban sujetos a obligaciones tributarias, especialmente en mano de obra para cultivar las tierras de la nobleza, y también les proporcionaban otros bastimentos, como ropa, adornos de estatus y materias básicas cotidianas, como agua y leña. Igualmente, las gentes del común estaban sujetas a la obligación de servicio militar. Había, por último, población esclava, que procedía de ciudadanos libres empobrecidos que no podían pagar deudas, o bien que adquirían esa condición por determinados delitos. Su calidad de vida era muy variable dependiendo de a quién perteneciesen, y en cualquier caso sus hijos no heredaban tal condición.

El Imperio se organizaba políticamente desde la capital original y principal, Tenochtitlan, cuyo tlatoani era, de hecho, la máxima autoridad del Imperio, aunque sobre el papel estaba obligado a compartir las decisiones políticas supralocales con los gobernantes de las ciudades de Texcoco y Tlacopan, en virtud de la Triple Alianza. Cada capital de las unidades políticas aliadas o conquistadas reproducía la misma estructura de poder y administración que Tenochtitlan, y contaba con su propio tlatoani, con capacidad de decisión en su ámbito.

El sistema de tributación era de tipo piramidal y constituía un pilar básico para el funcionamiento del Imperio. Los ciudadanos comunes tributaban a sus señores locales mediante el pago de diferentes elementos y mercancías (maíz, pieles, manufacturas, etc.), además de los granos de cacao y las mantas de algodón, que servían como unidad de cuenta. Posteriormente, los señores locales rendían cuentas ante los gobernantes supremos de la capital de cada territorio, y éstos, a su vez, destinaban parte de lo recaudado a los gobernantes de la Triple Alianza, si bien Tenochtitlan recibía y administraba en mayor medida.

Cultura y religión

Como depositarios finales de una larga tradición cultural mesoamericana, el arte, la escritura y la arquitectura aztecas, así como su mitología y sistema religioso, muestran claros paralelismos con las realizaciones de civilizaciones anteriores, como la teotihuacana, la tolteca, la zapoteca, e incluso, aunque en menor medida, la cultura maya. Los aztecas conocían y usaban el calendario básico mesoamericano, que consiste en la combinación de dos ciclos de 260 y 365 días, cuya conjunción permite situar una fecha diaria con total precisión en un periodo de 52 años. Esta circunstancia, apoyada por otros indicios, ha permitido convertir al calendario cristiano la fecha de los principales acontecimientos de la historia prehispánica del Imperio.

Utilizaban un sistema de escritura jeroglífico, de carácter logo-silábico (los signos pueden representar palabras o sílabas, al contrario que en los sistemas alfabéticos, en los cuales se representan fonemas). Aunque muy similar a otros sistemas de escritura mesoamericanos, la escritura azteca no se ha llegado a comprender con tanta precisión como el sistema jeroglífico maya, y son muchos los signos que aún no pueden leerse con garantías. Se conservan decenas de manuscritos jeroglíficos aztecas realizados sobre corteza vegetal o pergamino, denominados comúnmente códices, tanto anteriores como posteriores a la Conquista, y que contienen valiosísima información sobre el sistema de cómputo del tiempo, los rituales y la mitología, así como registros históricos, administrativos y fiscales.

El sistema religioso de los aztecas se basaba en la creencia y culto a diferentes deidades, de antigua raigambre mesoamericana, las cuales se asociaban a distintos aspectos de la vida cotidiana o de la naturaleza. Así, destacan entre otros muchos, Hutzilopochtli, el dios étnico-político, protector y guía de los aztecas, de carácter guerrero; Tezcatlipoca, creador de los hombres y las cosas, y que tenía también una segunda faceta oscura y terrible; Tláloc, asociado a la lluvia y las cosechas; Quetzalcóatl, la “serpiente emplumada”, patrón de las artes y la escritura y señor del viento; o, en fin, la diosa Coatlicue, asociada a las aguas terrestres y la fertilidad.

Todas estas figuras recibían un complejo culto público y privado, del que se encargaba un numeroso y jerarquizado cuerpo sacerdotal. Existía un apretado calendario de festivales y acciones rituales muy elaboradas, algunas de las cuales exigían sacrificios cruentos de animales y de personas. Precisamente, uno de los aspectos más controvertidos del Imperio azteca es la realización, más o menos periódica, de multitudinarios sacrificios humanos. Los cronistas españoles informan de que los aztecas solían en ciertas ocasiones y durante varios días seguidos, sacrificar a decenas de miles de personas, en su mayoría cautivos de guerra o esclavos desobedientes, a quienes se les extraía el corazón. Aunque es innegable la existencia de estas ceremonias, que tienen también precedentes y paralelos en otras altas culturas de la América precolombina, su valoración y significado último están por determinar, así como el número real de víctimas. Si bien se trataba de un complejo proceso asociado a la cosmovisión y las creencias religiosas, es probable que el sacrificio humano multitudinario sirviera en último término como medio de reforzar el control político-militar de un imperio en expansión, y como propaganda y coerción del estado.

Cronología del Imperio azteca

1200 – Los aztecas, procedentes de regiones del norte, comienzan a penetrar y establecerse gradualmente en los asentamientos disponibles del Valle de México.

1300 – Tras un siglo de luchas, logran fundar el asentamiento permanente de Tenochtitlan.

1372-1391 – Con el gobierno de Acamapichtli, logran consolidarse como unidad política autónoma y respetada por sus vecinos.

1391-1428 – Bajo los mandatos de los tlatoani Hutzilihuitl, Chimalpopoca e Itzcoatl, los aztecas de Tenochtilan prosperan hasta convertirse en el poder hegemónico del Valle de México.

1428 – Logran, en coalición con las ciudades de Texcoco y Tlacopan, vencer y conquistar la ciudad de Azcatpozalco, principal unidad política de la región.

1440-1502 – Durante el gobierno de los siguientes tlatoani: Ilhuicamina, Axayacatl, Tizoc y Ahuitzotl, el estado azteca se transforma en imperio y va incorporando sucesivos territorios por medio de la conquista militar, la sumisión o la alianza.

1519 – Hernán Cortés llega a México central y los aztecas son derrotados en dos años.