Filología

Disciplina que estudia una lengua y su literatura, investiga las antiguas civilizaciones mediante el análisis de sus documentos escritos y se ocupa de la recuperación, edición, interpretación y establecimiento de la autenticidad de dichos textos.

Orígenes

Los orígenes de las investigaciones literarias se remontan a la labor hermenéutica y de fijación de la Tora (la masorah o estudios masoréticos se ocupan de la transmisión del texto sagrado judío) y también al trabajo de los eruditos de la Biblioteca de Alejandría sobre las obras de Homero.

Desde su inauguración, en el año 324 a.C., hasta su posterior destrucción por los musulmanes, en el 640, los investigadores de la Biblioteca de Alejandría estudiaron los textos homéricos con objeto de fijar una edición idónea para su interpretación y lectura.

En la época helenística, anterior a la era cristiana, se registran los primeros estudios filológicos, centrados en la investigación de las obras de Homero con objeto de establecer su origen y atribución.

De hecho, la crítica literaria surge poco después de la creación de los textos, concretada en la labor hermenéutica o exegética, o bien en la tarea de fijación de la obra o de edición, consideradas la base de la filología.

Los estudios filológicos prosiguieron en la civilización latina, en la que destacan la figura, la obra y las investigaciones gramaticales y lingüísticas del erudito y escritor Marco Terencio Varrón, también anterior a la era cristiana, dedicado a catalogar de forma sistemática toda la producción de Plauto.

Con anterioridad a estas civilizaciones, existen antecedentes de los estudios filológicos, dedicados a la labor de búsqueda, recuperación y fijación de la Epopeya de Gilgamesh, poema épico dedicado al héroe homónimo asirio procedente de la región de Mesopotamia, una de las obras más antiguas de la humanidad.

El Renacimiento y el Humanismo

Con anterioridad al Renacimiento, se inicia la recuperación de las obras clásicas, con el consiguiente desarrollo de los estudios filológicos.

Precisamente, esta labor filológica supuso la divulgación de la literatura latina, mediante la recuperación de numerosos manuscritos clásicos (este trabajo supuso el surgimiento de la letra carolingia), durante el Prerrenacimiento Carolingio, época de florecimiento de las artes y la literatura.

La divulgación de la cultura clásica y medieval se produce en el siglo XII, época considerada también como Prerrenacimiento, mediante las copias manuscritas elaboradas en el ámbito universitario.

Ya en el Trecento y Quattrocento, periodos renacentistas italianos, los humanistas se dedicaron a la búsqueda y recuperación de códices y manuscritos de obras y autores célebres o desconocidos, como Tito Livio, Valerio Máximo, Cicerón y Quintiliano.

En pleno Renacimiento, en el siglo XVI, ya se habían recuperado numerosos textos clásicos griegos, cultura olvidada durante el medioevo.

Además, esta labor filológica, vinculada a las transformaciones culturales que supuso el Renacimiento, desencadenó la preocupación por las lenguas vernáculas, motivada por el conocimiento del latín, idioma de numerosos textos clásicos recuperados durante esta época.

Sin embargo, no sólo se recuperaron obras clásicas griegas y latinas, sino también textos sagrados, labor relacionada con la renovación religiosa producida durante el Renacimiento. Así, se cotejaron manuscritos hebreos para el Antiguo Testamento y griegos para el Nuevo.

En esta labor filológica, ya sea centrada en las obras literarias clásicas, ya en los textos sagrados, llevada a cabo durante el Renacimiento, destacan figuras como el gramático español Elio Antonio de Nebrija y el humanista holandés Erasmo de Rotterdam.

Aparte del pertinente conocimiento de las tradiciones textuales, los filólogos renacentistas disponían de nuevas disciplinas (epigrafía, numismática y arqueología, entre otras) aplicables a las antiguas técnicas hermenéuticas en las obras clásicas y sagradas.

Todas estas aportaciones, junto a las innovaciones en la crítica literaria y en las técnicas editoriales (destaca en esta labor la figura de Angelo Poliziano), evidencian que el surgimiento de la filología como disciplina está vinculado al Renacimiento y al Humanismo.

De hecho, durante ese movimiento cultural los eruditos establecen algunos de los principios filológicos básicos, como el aprendizaje para la corrección de los códices, en comparación con otros, y la tesis de que no son siempre preferibles los manuscritos primitivos.

El Romanticismo y el siglo XIX

Desde el Renacimiento hasta el siglo XIX apenas se producen innovaciones filológicas importantes. Sin embargo, con la llegada del Romanticismo y el Positivismo, floreció de nuevo el estudio de las lenguas y las distintas literaturas europeas.

El Positivismo fomentó la experimentación, no sólo en el campo científico, sino también en el área de las humanidades. Así, en el ámbito científico se aplicaron las leyes genéticas y biológicas de Mendel y Darwin, respectivamente.

Mientras, en crítica literaria, gramática histórica (en concreto, las investigaciones etimológicas) y en los estudios sobre las lenguas antiguas (con el descubrimiento del indoeuropeo), se llevaron a cabo experimentos similares.

En este sentido, destacan las investigaciones del erudito Karl Lachmann, quien estableció un método filológico basado en las teorías genéticas, concretadas en árboles de manuscritos, mediante los cuales descubría el texto original o el arquetipo.

Hoy en día las aportaciones de Lachmann son aceptadas parcialmente por los filólogos; sin embargo, en países como Italia su método sigue vigente en la filología clásica y la románica.

La investigación del francés, los dialectos itálicos, el occitano y el toscano fue profusa en este siglo gracias al desarrollo de la romanística germánica, mientras que el estudio de otros idiomas, como el español, se retrasaría una centuria (en concreto, a los años posteriores a la Primera Guerra Mundial).

Los métodos exegéticos y editoriales de esta disciplina registraron una aceptación desigual entre los romanistas, dependiendo de los distintos países europeos. Por ejemplo, en Italia sigue vigente en la actualidad la filología tradicional, junto a las tesis de Lachmann y los postulados de la semiología.

Contrario es el caso francés, con las aportaciones de Joseph Bédier en historia literaria (destaca su perspectiva individualista sobre la épica) y, sobre todo, en crítica textual. Bédier aboga por editar el mejor de todos los textos conocidos y rechaza el método de Lachmann.

Durante las siguientes décadas, los filólogos franceses desarrollaron nuevos métodos hermenéuticos y analíticos de los textos literarios, con su consiguiente aplicación a los clásicos de la historia de la literatura, y se decantaron por las investigaciones de teoría literaria más innovadoras.

De Francia destaca la labor llevada a cabo por los maestros de la teoría de la literatura, ya en el siglo XX, desde distintas universidades o en contacto con las mismas, muchos de ellos en relación con la editorial y revista Poétique.

Se trata de Goldman, Escarpit, Salomon, Barthes, Althusser, Kristeva, Todorov, Genette, Lacan, etc., a cuyas investigaciones se han sumado numerosos investigadores y especialistas extranjeros, como Jakobson, Jauss y Segre, entre otros.

Los historiadores franceses de la literatura, incluso, los más prestigiosos, por ejemplo, P. Zumthor, han incorporado en sus estudios las aportaciones de estas investigaciones filológicas, como el estructuralismo y el formalismo.

Respecto al mundo germánico, los estudiosos de la filología románica (por ejemplo, Meyer-Lübke, Judd y Malkiel) han proporcionado a sus homólogos de otros países las herramientas necesarias para la investigación de textos antiguos, como la historia de la lengua.

Así, han sido esenciales en el desarrollo de la filología los diccionarios, vocabularios y gramáticas para estudiar los textos recuperados, así como la catalogación de fondos bibliográficos, las investigaciones de códices y las ediciones en serie.