Semántica

Rama de la lingüística que estudia el significado de los signos lingüísticos, es decir, de las palabras, expresiones y oraciones de una lengua, y su evolución histórica.

El término, procedente de la voz griega semantikós (lo que tiene significado), comenzó a ser empleado en el siglo XX, si bien fue acuñado en 1897 por el lingüista francés Jules Alfred Bréal, que en su obra Essai de sémantique la definió como “la ciencia de las significaciones”, paralela a la fonética e integrante de la gramática general.

La semántica, objeto de interés desde la antigüedad (ya presente en las obras de Platón y Aristóteles), se puede abordar desde distintas perspectivas: filosófica, lógica y, en la actualidad, lingüística.

Perspectivas de estudio

La semántica se ha estudiado desde diferentes puntos de vista: el lingüístico, basado en su relación con la morfología o la sintaxis, y el lógico-filosófico, centrado en el análisis de las relaciones entre las palabras y los objetos a los que se refieren.

Perspectiva lingüística

Si en el pasado la semántica se centraba en el significado como concepto en sí mismo, la lingüística contemporánea considera que aquél es inseparable del lenguaje, de modo que las palabras tienen significado según su empleo.

En la actualidad se estudia el significado analizando el modo en que son empleadas las oraciones y las palabras en su contexto, planteamiento coincidente con el punto de vista psicológico y filosófico.

Mientras la semántica tradicional se ha centrado en el estudio del vocabulario, la contemporánea se basa en el análisis del significado de la oración.

Según la corriente estructuralista, se puede analizar el significado descomponiendo los lexemas en sus rasgos semánticos, por ejemplo, los componentes de hombre son adulto, humano, macho.

Además, se pueden establecer campos semánticos, formados por lexemas interrelacionados, pero distintos. Por ejemplo, los colores: rojo, azul, amarillo...

Diversos autores han pretendido clasificar el léxico de una lengua, como el Thesaurus inglés (1852), de P. M. Roget, o el Diccionario ideológico de la lengua española (1942), de Julio Casares.

Los lexemas se relacionan de dos formas: se combinan en secuencias (relaciones sintagmáticas) y se pueden sustituir mutuamente (relaciones paradigmáticas).

Las relaciones paradigmáticas se clasifican en:

  • Sinonimia: dos lexemas tienen un significado similar. Ningún lexema tiene el mismo significado que otro salvo en un contexto, ya que siempre existe un matiz distintivo. Por ejemplo, cierto y verdadero.

  • Hiponimia: relación de inclusión en otro lexema. Por ejemplo, álamo es un hipónimo de árbol, su hiperónimo. Las lenguas difieren en cuanto al número de hipónimos y sus hiperónimos.

  • Antonimia: relación entre los lexemas de significado contrario. Los antónimos pueden ser graduables (permiten grados intermedios, por ejemplo, bueno/malo), complementarios (no admiten grados; por ejemplo, casado/soltero) e inversos (existe una relación de contraste entre dos lexemas interdependientes, como madre/hija).

  • Incompatibilidad: lexemas de la misma categoría que, por su significado, se excluyen mutuamente. Por ejemplo, los distintos colores.

  • Polisemia: un lexema está dotado de más de un significado. Por ejemplo, hoja puede ser un instrumento para afeitar, una página de una publicación o parte de una planta.

  • Homonimia: dos o más lexemas tienen la misma forma, como haya, árbol o forma personal del verbo haber.

  • Palabras homófonas: suenan igual, pero tienen diferente grafía. Por ejemplo, vaca y baca.

  • Palabras homógrafas: se escriben igual, pero tienen significados distintos. Por ejemplo, ante puede ser preposición o sustantivo (un tipo de piel).

En los orígenes del generativismo, corriente fundada por el autor de Syntactic Structures (1957), Noamh Chomsky, los investigadores recurrieron a la sintaxis para establecer las reglas de los hablantes para la correcta construcción de los mensajes, de modo que sean comprensibles.

A partir de 1965 esta escuela se centró en el estudio de por qué un hablante entiende que una oración no tiene significado, a pesar de ser correcta gramaticalmente, o por qué interpreta de una forma determinada una oración, con distintos posibles sentidos.

Según Chomsky, la interpretación semántica está determinada por la estructura profunda y la estructura superficial de las oraciones.

Aunque el estructuralismo y el generativismo son las dos principales aportaciones, hay que mencionar otras, como la semántica general y el estudio del significado afectivo (procedente de la psicología).

La primera, fundada por los lingüistas Alfred Korzybski y S. I. Hayakawa, estudia la valoración de las palabras por los pueblos y su influencia en su comportamiento; la segunda, promovida por C. E. Osgood, G. Suci y P. Tannenbaum, autores de La medición del significado (1957), analiza las emociones que generan las palabras.

Perspectiva lógico-filosófica

Los filósofos británicos Alfred North Whitehead y Bertrand Russell publicaron Principia Matematica (Principios Matemáticos) (1910), de gran influencia en el Círculo de Viena, grupo de filósofos fundadores del positivismo lógico.

Con anterioridad, Bréal había definido la semántica como “la ciencia de las significaciones”, basándose en los estudios de Ferdinand de Saussure (el semiólogo suizo ya había analizado cómo se establece la vinculación entre el sentido y los signos lingüísticos, como las expresiones).

La principal contribución a la semántica filosófica la desarrolla el filósofo alemán Rudolf Carnap con el estudio de la lógica simbólica, sistema formal de análisis de los signos y lo que designan.

Esta escuela considera el significado como la relación entre las palabras y los objetos y establece el denominado “principio de verificabilidad”, de modo que una expresión significa si se puede demostrar la condición de verdad de dicho signo lingüístico.

Por ejemplo, la oración “la Tierra es cuadrada” no tiene significado, ya que no es verificable o demostrable en la observación en el mundo real, a pesar de que los hablantes de la lengua española pueden entender cada una de estas palabras.

Se trata de un estudio empírico, basado en una notación matemática, necesaria para definir el significado o lo que designan los signos lingüísticos.

En definitiva, esta corriente analiza la lengua como un objeto y un sistema de reglas que relacionan y vinculan los signos a sus referentes.

Sin embargo, Karl Popper aseguró que la estricta aplicación del principio de verificabilidad obstaculizaría el desarrollo de hipótesis.

El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein, desde la perspectiva de la filosofía del lenguaje, formuló la denominada “teoría del uso”, según la cual la verdad se basa en el lenguaje diario que emplean los hablantes.

Según ésta, el factor que determina la verdad empírica del significado de los signos es el empleo que los hablantes hacen del lenguaje diario, no la comprobación con el objeto o referente real.

Wittgenstein considera que ni todos los signos designan objetos existentes ni todos son vinculables a valores de verdad.

Basándose en esta teoría, la denominada Escuela del lenguaje común, procedente de Cambridge y Oxford, enunció que la realidad de una palabra es la suma de todos sus usos, es decir, los distintos empleos de la misma por parte del hablante; por ejemplo, la puede usar para ordenar, quejarse, afirmar, negar, etc.

El filósofo británico John L. Austin desarrolló la denominada Semántica de los actos de habla, partiendo del concepto de habla establecido por Saussure como realización concreta del lenguaje.

Según Austin, al hablar, realizamos actos de habla, es decir, hacemos algo, como ordenar, enunciar o preguntar, de modo que es esto precisamente lo que aporta el significado a lo que decimos.

Basándose en estos principios, el filósofo estadounidense John R. Searle establece la necesidad de relacionar la función de los signos con su contexto social.

Searle clasifica los actos de habla en:

  • Locucionarios: enunciados que tienen cierto sentido o referencia; por ejemplo, la afirmación de que la tierra es redonda;

  • Ilocucionarios: expresan la intención del hablante, por ejemplo, órdenes o promesas;

  • Perlocucionarios: mientras habla, el hablante actúa sobre el receptor; por ejemplo, consuela al interlocutor, lo enfurece, lo alegra, lo entristece, etc.

Con objeto de que el receptor pueda reconocer los signos y atribuirles significado, el hablante debe emplearlos de forma sincera y adecuada.