Arquitectura renacentista

Basílica de San Pedro, en el Vaticano

Con el Renacimiento concluye el periodo medieval de la historia del arte y empieza la época Moderna. Artísticamente, se produjo una ruptura continental, ya que mientras en el resto de Europa los países estaban transitando hacia un lenguaje tardo-gótico, en Italia surgía un nuevo movimiento. La Florencia del quattrocento constituyó el escenario donde se produjo la génesis del nuevo estilo, y luego otras ciudades italianas se fueron sumando a las pautas que éste planteaba, impulsadas por el gran auge económico y comercial del momento.

Características generales de la arquitectura renacentista

La revolución arquitectónica en el quattrocento tuvo su origen en dos factores clave: el redescubrimiento de la Antigüedad Clásica, de sus formas, técnicas y elementos constructivos (a los que se pudo acceder gracias a la gran cantidad de ruinas romanas halladas en Italia), y la configuración de un cuerpo teórico e intelectual muy específico.

Con la arquitectura clásica volvieron sus formas y sus órdenes arquitectónicos; los motivos decorativos, las referencias mitológicas e historicistas; y con todo ello una simbología antigua presente en todos sus elementos. A partir de ahora, los proyectos comenzaron a desarrollarse de forma metódica y racional, empleando las matemáticas y siempre con un objetivo fundamental: la búsqueda de la belleza ideal. El arquitecto, por su parte, se alejaría de los métodos más rudimentarios de hacer arquitectura típicos del medioevo para convertirse en un erudito con formación científica, lo cual, a su vez, le haría ascender en el escalafón social.

La arquitectura religiosa no siguió la ortodoxia clásica a la hora de configurar sus edificios, a pesar de que incorporó y adaptó elementos “antiguos” a la hora de crear las nuevas tipologías de iglesia, lo que no dejó de plantear problemas de orden tanto teórico como práctico. Los nuevos templos católicos mantuvieron el modelo de planta basilical tendiendo hacia la centralización, pues así seguían las pautas de los teóricos y filósofos antiguos para quienes el círculo resultaba la figura geométrica más adecuada para establecer la relación de armonía y proporción entre el todo y las partes. Las iglesias debían por tanto reflejar, a través de la planta centralizada, la proporción y simetría que las conducirían a aproximarse a la belleza ideal.

En cuanto a la arquitectura civil, ésta experimentó un gran desarrollo favorecido por el surgimiento de nuevas tipologías de edificios que renovaron, a su vez, el panorama urbano. Con el Renacimiento nacieron las grandes casas señoriales o villas y los palacios; la revolución en los edificios públicos se dio sobre todo en los hospitales y las bibliotecas.

Arquitectura renacentista en Italia

Catedral de Santa Maria dei Fiore, por Filippo Brunelleschi

En el quattrocento, Florencia se erigió como el epicentro de la nueva arquitectura. Fue en esta ciudad donde Filippo Brunelleschi (1377 – 1446), el primer gran arquitecto renacentista, revolucionó la arquitectura y los sistemas constructivos proyectando la basílica de Santa Maria del Fiore. Su planteamiento de iglesia centralizada con gran cúpula unificaba el espacio longitudinal de la iglesia, un elemento que sin duda transformaría el paisaje urbano de la ciudad y su espacio. Otras obras que siguieron a la que puede considerarse como una de las pioneras de la arquitectura renacentista fueron dos iglesias de planta basilical en Florencia, San Lorenzo y el Sancto Spiritu; la capilla Pazzi en el convento de San Croce; y el hospital de los Inocentes.

El otro gran arquitecto y artista de gran influencia en Florencia fue Leone Battista Alberti (1404 – 1472). Aparte de su faceta arquitectónica, es imprescindible hablar de su papel como teórico, ya que en sus tres tratados De Pictura, De statua y De re aedificatoria, sentó las bases e ideas sobre las que se forjaría y desarrollaría el lenguaje renacentista. Desde el punto de vista artístico, una de sus obras más famosas fue la fachada pantalla policroma para la iglesia de Santa María Novella, donde también llama la atención el uso de arcos triunfales romanos.

El escultor, ingeniero y arquitecto florentino Giuliano da Sangallo (1445 – 1516) tuvo, entre otros méritos, el de marcar el estilo de lo que serían las villas señoriales a partir de ahora. En la Villa Medici (1485), proyectada con planta cuadrada, el arquitecto buscó la proporción y la simetría tanto en la planta como en el alzado. En ella empleó elementos provenientes de la antigüedad, como el pórtico con frontón, en lo que resulta una clara alusión a los templos clásicos.

Otro factor al que conviene hacer mención, aunque sea brevemente, es la importancia del desarrollo urbanístico, sin duda marcado por la adaptación de las ciudades al nuevo lenguaje arquitectónico y por las nuevas tipologías de edificios aparecidos en este periodo. Independientemente del aspecto constructivo, surgió también una importante cantidad de tratados y libros acerca del ideal de la ciudad renacentista y cómo debía ser concebida esta a partir de ahora. Sus autores fueron, además del mencionado Alberti, otros destacados tratadistas como Filarete o Francesco di Giorgio Martini; y entre las intervenciones urbanísticas más interesantes están sobre todo las realizadas en ciudades como Urbino, Ferrara o Pienza.

Durante el cinquecento, Roma asumió el protagonismo de las más grandes y novedosas construcciones. A diferencia de la arquitectura florentina, muy vinculada a las clases altas y nobles de la sociedad, en Roma fue la Iglesia Católica la que marcó el ritmo arquitectónico, haciendo de esta disciplina la mejor manera de expresar su poder y hegemonía.

Previamente, se produjo un acontecimiento que marcaría el devenir de la arquitectura en Roma. Alrededor de 1459 trabajaban en Milán Leonardo da Vinci, el matemático Luca Pacioli y el arquitecto Donato Bramante (1444 – 1514). Los dos primeros influyeron sobre el tercero de manera determinante, ya que los dibujos de Leonardo y los cálculos matemáticos de Pacioli acerca de arquitecturas de planta centralizada inspiraron a Bramante a la hora de proyectar en Roma el templo de San Pietro Montorio. Éste se basó en el tholos griego para su configuración. De planta circular, está rodeado por una columnata períptera de orden dórico que sostiene un entablamento con friso de triglifos y metopas. El empleo de una cúpula con linterna fue la innovación más destacable, así como la elevación de todo el conjunto sobre tres peldaños entre las columnas que dan acceso a la puerta, características ambas que diferencian a este templo de sus precedentes antiguos. Este edificio constituye por su armonía, proporciones, exquisita factura y por su referente clásico el génesis y máxima expresión de la arquitectura renacentista del cinquecento.

Una de las épocas más ricas artísticamente hablado en Roma comenzó a darse tras la proclamación de Julio II como nuevo Papa. A partir de ese momento, la arquitectura adquirió un papel esencial, poniéndose al servicio de la Iglesia con el fin de crear símbolos que representaran a toda la cristiandad. Para ello se siguió un lenguaje universal y clásico basado en los tratados y las normativas establecidas por Vitrubio.

Este nuevo clasicismo tendría en Bramante y sus discípulos, Antonio da Sangallo “el Joven”, Rafael Sanzio y Baldassare Peruzzi, sus más claros representantes, participando todos ellos en el proyecto de renovación del Vaticano y la construcción de la nueva basílica de San Pedro. El proyecto de Bramante, primer arquitecto a quien se encargó el diseño de la basílica, planteaba un espacio centralizado con planta de cruz griega, cuyos brazos serían cubiertos con bóveda de cañón, disponiendo ábsides semicirculares al final de los mismos. Inspirado en los modelos bizantinos, sobre el crucero se alzaría una inmensa cúpula sobre cuatro pequeñas cúpulas y torres en las esquinas. A Bramante le sucedió Rafael en 1514, cuya principal aportación fue dar un giro al proyecto cambiando la tipología de la planta a la cruz latina. Tras morir Rafael en 1520 Sangallo heredó el proyecto, manteniendo muchos de los elementos de Bramante, aunque anteponiendo a la cruz griega un cuerpo entre altas torres. A partir de 1546, Miguel Ángel volvió sobre el original trazado centralizado de Bramante pero con una sola entrada, y planteó otra serie de modificaciones que no se llevaron a cabo. Finalmente, la espectacular cúpula, que acabaría descansando sobre un tambor, sería concluida por Giacomo della Porta.

Baldassare Peruzzi (1481 – 1536), hizo valer su talento sobre todo en dos ejemplos de arquitectura palacial. Perfectamente integrado en el jardín, el palacio de Agostino Chigi o Villa Farnesina, de planta rectangular incompleta, presentaba una composición de superficies nítidas expuestas a la luz de forma diversa, lo que provocaba una especial vibración luminosa. Llama la atención también su parte frontal rehundida por las equilibradas arquerías que pasan de un cuerpo a otro del edificio. En el palacio Massimo delle Colonne, Peruzzi flexionó el plano frontal siguiendo la curva de la calle, y creando con el pequeño pórtico de entrada, almohadillado e interrumpido por el ritmo irregular de las columnas, un interesante contraste lumínico.

Antonio da Sangallo “el Joven” (1483 – 1546) era especialista en fortificaciones, lo que le obligaba a anteponer los problemas técnicos a los estéticos. Concibió el palacio Farnese como una fortaleza transformada en real mansión; opuesto a la Farnesina, su monumentalidad puede entenderse como el precedente del arquetipo de lo que serán los palacios reales del siglo XVII de las monarquías absolutistas.

Desde el punto de vista urbanístico, mientras el Vaticano experimentaba tan trascendentales cambios, Roma comenzó a sufrir una gran transformación destinada sobre todo a unir los centros religiosos más importantes, aquellos que contenían las iglesias más emblemáticas; en torno a esta idea giraría el nuevo trazado romano.

Otros centros que conviene mencionar desde el punto de vista arquitectónico son Mantua y Venecia.

En Mantua realizó Giulio Romano el Palacio del Té, un edificio concebido como una superficie baja donde la planta era articulada con logias abiertas, grandes patios y un sistema de exedras que quedaban libres en el vacío.

En Venecia y la región del Véneto destacaron, sobre todo, las figuras de Jacopo Sansovino y Andrea Palladio.

Sansovino (1486 – 1570), que también fue escultor, tuvo una formación romana, encontrando en Rafael y Bramante a sus referentes. Realizó una arquitectura muy condicionada por las circunstancias climáticas y geográficas de Venecia. Por ello, lejos de construir edificios cuya estructura se basara en la perspectiva, concibió la arquitectura desarrollada en superficie donde, a pesar de que los elementos constructivos eran clásicos, la plasticidad de los volúmenes buscaba destacar la vibración y efectos lumínicos que, por la cercanía del agua, harían resaltar mejor la belleza de los edificios. Entre sus obras más célebres se encuentran el palacio Corner y la Casa de la Moneda.

Andrea Palladio, sin embargo, tuvo una acercamiento mucho mayor al clasicismo más puro y bramantesco. Sus edificios eran de gran armonía, sentido de la simetría y la perspectiva y gran equilibrio. Realizó una gran cantidad de obras por toda la región del Véneto, que incluían todas las categorías desarrolladas durante el Renacimiento. Construyó sus célebres villas, auténticos palacios en el campo, como la villa Rotonda (en los alrededores de Vicenza) o la Barbaro (en Treviso); el palacio público llamado Basílica y el teatro Olímpico, ambos en Vicenza; e iglesias tan poderosas visualmente en Venecia como San Giorgio Maggiore o Il Redentore.

En Venecia se desarrolló un tipo de urbanismo más efectista y teatral, nada que ver con la concepción ordenada y práctica de Roma.

En el plano teórico, durante el cinquecento también salieron a la luz importantes tratados. En 1537 Sebastiano Serlio publicó su Tratado de Arquitectura, donde expuso una síntesis del clasicismo y anunció las ideas que forjarían más tarde el lenguaje manierista.

En la última parte del siglo XV, Giacomo Vignola (1507 – 1537), a quien se puede considerar un discípulo de Miguel Ángel, fue el representante de un retorno al clasicismo, si bien diferente de aquél de comienzos de siglo, lo que demostró en obras como la iglesia del Gesú de Roma.

Arquitectura renacentista en el resto de Europa

En Europa, la arquitectura renacentista, aunque tuvo desde el comienzo la referencia italiana, fue interpretada de distinta manera según el país. Quienes llevarían el peso de lo que se iba a construir y quienes marcarían las pautas serían las monarquías europeas, que verían en la arquitectura la forma de reafirmar su prestigio y poder, sobre todo después de haber contemplado la grandiosidad de lo que se hacía en Roma y el resto de las cortes italianas.

En España tuvo mucha importancia el contacto que, por razones políticas, hubo siempre con Italia, lo que dio origen a un permanente intercambio de artistas y de ideas. Las primeras obras renacentistas fueron llevadas a cabo bajo el patrocinio de los Mendoza y su arquitecto Lorenzo Vázquez; entre estas están El palacio de Cogolludo (1495) en Guadalajara y el castillo de Calahorra (1500) en Granada. Por otra parte, estaba el interés de los Reyes Católicos por instaurar un arte oficial, circunstancia que propició el nacimiento del estilo plateresco, caracterizado por la combinación de estructuras del gótico final con elementos renacentistas. Los edificios más representativos de este estilo fueron el palacio del Infantado, en Guadalajara, los nuevos hospitales de la Santa Cruz de Toledo, Santiago de Compostela y Granada; y la Casa de las Conchas de Salamanca.

La arquitectura desarrollada bajo el reinado de Carlos V, sustituyó el plateresco por un estilo dedicado sobre todo a exaltar la figura del emperador, quien encontró en el clasicismo italiano el mejor lenguaje para tal fin. Carlos V fue el mecenas de una generación de arquitectos que dejaron su impronta en una serie de edificios de gran esplendor y grandiosidad. Pedro Machuca realizó, influido por el estilo de Bramante, El Palacio de Carlos V en Granada; Andrés de Valdelvira la Catedral de Jaén y, en Úbeda, la iglesia del Salvador, el palacio de los Cobos y el palacio de Vázquez de Molina; Rodrigo Gil de Hontañón la fachada de la Universidad de Alcalá; Alonso de Covarrubias la fachada principal del Alcázar de Toledo, el Alcázar de Madrid y el patio del Hospital Tavera de Toledo.

Con Felipe II la arquitectura del último tercio del siglo XVI giró en torno a la construcción del edificio más importante y grandioso del momento, el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Comenzado por Juan Bautista de Toledo y terminado por Juan de Herrera, el edificio era a la vez palacio, monasterio, iglesia y panteón, marcando un antes y un después en la arquitectura no sólo española sino del resto de Europa.

Como ya había sucedido con la pintura, en Alemania y los Paises Bajos la falta de un referente y un legado clásicos produjo que el estilo italiano, en un principio, no se tuviera muy en cuenta. Determinante para el arte y en especial para la arquitectura fue el hecho de la Reforma religiosa, a partir de la cual creció el mecenazgo protagonizado sobre todo por los príncipes alemanes. No obstante, éstos patrocinaron un estilo híbrido basado en conservar las obras góticas e ir incorporando sobre ellas motivos decorativos y elementos típicamente renacentistas.

Francia, sin embargo, con una monarquía ávida de mostrar su poder y consolidar su prestigio, sí que empleó de forma más evidente el referente italiano y en especial la tradición de la arquitectura romana. El castillo de Chambord (1519) mandado construir por Francisco I, constituye un claro ejemplo de continuidad del estilo romano. La culminación del Renacimiento francés se produjo con la creación de la escuela de Fontaineblau.

En Inglaterra, la monarquía marcó las pautas del Renacimiento teniendo como referentes sobre todo a Carlos V y a Francisco I, a quienes Enrique VIII quiso imitar por la capacidad de estos a la hora de reafirmar su poder a través del arte. El rey puso en práctica un programa arquitectónico que tuvo en el palacio de Hampton Court la máxima expresión del ensalzamiento real.

Esquema de la Arquitectura renacentista

La arquitectura renacentista supone el redescubrimiento de la Antigüedad Clásica, de sus formas, técnicas y elementos constructivos. Los proyectos arquitectónicos se desarrollan de forma metódica y racional, empleando las matemáticas, en un intento de encontrar la belleza ideal.

España cuenta con varias muestras de arquitectura renacentista, entre las que destaca el monasterio de San Lorenzo de El Escorial, de Juan de Herrera.