Arquitectura religiosa

    Medina de Saná

    Motivos religiosos han impulsado la construcción de importantes obras arquitectónicas. La historia ha demostrado que, a lo largo de los siglos y en civilizaciones distintas, los maestros arquitectos han procurado crear espacios adecuados a las demandas de los diferentes credos religiosos.

    La razón de ser de un edificio es cumplir con la función para la que ha sido construido. Del mismo modo que las características funcionales de un edificio religioso no son las mismas que las de uno público, las soluciones constructivas variarán en cada religión, ya que las necesidades litúrgicas o rituales de unas y otras serán también de diferente naturaleza.

    En la mayor parte de las religiones monoteístas, el templo debe cumplir con una doble función: desde el punto de vista religioso, debe albergar el culto o proteger las imágenes o reliquias; desde el punto de vista social, tiene que acoger a un gran número de fieles en un recinto que invite a la oración. Los problemas constructivos se presentarán a la hora de resolver estas necesidades funcionales.

    En algunas civilizaciones antiguas los templos eran considerados moradas de los dioses, recintos reservados a liturgias y ceremonias de los sacerdotes. En el antiguo Egipto, por ejemplo, la entrada en la residencia de los dioses estaba completamente prohibida a todo aquel que no perteneciera a la clase sacerdotal. Esta misma costumbre regía el código religioso de las culturas americanas mayas y aztecas, en las que solamente a unos pocos escogidos les era permitido acercarse a las pirámides levantadas en honor a los dioses. En Grecia, en cambio, la relación de la ciudad con sus templos era cercana, se custodiaba la imagen del dios y el culto era accesible a todos.

    Para el cristianismo, budismo, judaísmo e islamismo, el templo fue entendido como lugar de encuentro de la comunidad para la celebración de los ritos religiosos y como recinto guardián de tesoros sagrados. Por tanto, al ser similares las necesidades, los edificios construidos respondían a un planteamiento idéntico: permitir que el conjunto de la comunidad de fieles pueda seguir la ceremonia religiosa desde cualquier punto.

    Es curioso el intercambio de influencias arquitectónicas entre unas religiones occidentales y otras; así, los musulmanes han hecho suyo el espacio dilatado de las iglesias bizantinas y, en la actualidad, en poco difieren las sinagogas de las iglesias cristianas. Por otro lado, exceptuando los elementos decorativos, constructivamente, los templos protestantes y católicos son prácticamente idénticos.

    Los que sí reclamaban soluciones arquitectónicas específicas eran los distintos espacios que cada religión necesitaba para realizar determinados ritos; la religión cristiana requería de baptisterios para celebrar los bautismos, campanarios para avisar a los fieles repicando campanas y salas capitulares para las reuniones de las autoridades eclesiásticas. Las mezquitas necesitaban minaretes desde los que se pudiera llamar a la oración y algunas religiones orientales precisan de monasterios de la misma manera que la cristiana requiere de conventos y abadías con características arquitectónicas específicas.

    En el último tercio del siglo XX, es digno de ser destacado el movimiento de renovación de la estética religiosa que se desarrolló en el mundo occidental; buena muestra fue la colaboración de Henri Matisse con Le Corbusier. Sin embargo, por el planteamiento verdaderamente renovador del proyecto, el ejemplo a destacar es el de la capilla Rothko de Houston, en los Estados Unidos: una capilla para todas las religiones. El primer proyecto para levantar la capilla le fue encargado al arquitecto norteamericano Philip Johnson, pero su desacuerdo con el pintor Mark Rothko, que iba a encargarse de las pinturas, acerca de la luz adecuada para el templo, cenital y tamizada según el pintor, hizo que los promotores de la idea renunciaran al proyecto de Johnson apoyando el criterio de Rothko. Inspirándose en un baptisterio del siglo XII, en 1970 firmaron el proyecto Howard Barnstone y Eugene Aubry. El resultado fue una capilla octogonal de extrema sencillez; un espacio en semipenumbra que invitaba al recogimiento y al silencio. En cada uno de los lienzos de pared del octógono se colocaron las pinturas oscuras, profundas, cuya fuerza expresiva rebasaba los límites de los lienzos conduciendo al visitante a un ejercicio de introspección que iba más allá de la contemplación. El conjunto de la obra de Rothko instalado en Houston lo forman catorce grandes lienzos colocados en tres muros creando tres grandes trípticos, y otros cinco aislados. En el jardín, también perteneciente al recinto, se instaló la pieza El obelisco roto, de Barnett Newmann, dedicado a la memoria de Martin Luther King.