Temple

    La pintura al temple se caracteriza por el empleo de un medio aglutinante constituido por una emulsión hidrosoluble que puede estar formada por gomas polisacáridas, colas o gelatinas, caseína y huevo, siendo esta última la más frecuente.

    Los temples de cola, a la caseína y de gomas polisacáridas (hidratos de carbono), se han empleado desde la antigüedad; los últimos fueron empleados en Egipto, y durante la edad media para realizar los manuscritos iluminados. Sin embargo, la forma más común de temple es el temple al huevo, que fue la técnica pictórica por excelencia en el medioevo.

    Se puede clasificar en tres grupos dependiendo de la parte del huevo empleada en la emulsión: temple a la yema de huevo, a la clara y a la clara y yema de huevo. El primero forma películas de secado rápido y transparentes que permiten la superposición continuada de diferentes capas; el segundo seca mucho más rápido que el anterior, por lo que no permite la manipulación y las rectificaciones resultan difíciles. Por último, el temple a la clara y a la yema produce películas demasiado quebradizas e inestables.

    Los pigmentos que se pueden emplear en esta técnica son los mismos que en otras técnicas pictóricas, como el óleo o el acrílico, teniendo en cuenta que deben estar siempre finamente molidos.

    Una vez que el aglutinante seca, la película de pintura se vuelve insoluble; con el tiempo puede llegar a ser casi impermeable, de aspecto sedoso, suave y con un brillo muy característico. Lo que lo hace verdaderamente diferente a otras técnicas es la apariencia translúcida y semiopaca de sus películas. Los pigmentos oscuros son menos intensos que en otras técnicas.

    Como soporte se puede emplear cartón, lienzo y tabla. Es una técnica que requiere una minuciosa elaboración y que después de la edad media y de la proliferación de la pintura sobre lienzo ha dejado de emplearse casi por completo.