Escultura barroca

La diosa Dafne, junto a Apolo, en una escultura barroca de Gian Lorenzo Bernini

Durante el periodo Barroco, al espléndido repertorio de escultura exenta que se produjo se unió el de los conjuntos escultóricos vinculados a la arquitectura, creados a raíz del auge de esta otra manera de llevar a cabo el arte del cincel.

El estilo de la escultura barroca se caracteriza sobre todo por el movimiento, el realismo y la nueva concepción del bloque escultórico, el cual, a diferencia de lo que ocurría en el Renacimiento, dejó de ser uniforme y compacto para permitir que las formas se separaran y cobraran vida por sí mismas. Desde ese momento los personajes mostrarían sus emociones e inquietudes, los ropajes cobrarían una gran importancia y, por primera vez, la luz tendría en la escultura enorme trascendencia, siendo empleada para claroscuros y contrastes que dotarían a las obras de mayor expresividad.

Escultura barroca en Italia

Como ya sucedió durante el Renacimiento, fue Italia el país que de nuevo marcó el camino a seguir también por esta disciplina durante el Siglo XVII. Se caracterizó fundamentalmente por su diálogo y relación con la arquitectura, empleando un lenguaje monumental, lujoso y muy decorativo, que lograba composiciones de gran teatralidad y efectismo. Al ir unida a la arquitectura, ahora la escultura salía a la calle para no ser objeto de contemplación de unos pocos, formando parte de los edificios y estando presente en estatuas y fuentes. Italia fue también el país donde nació el que se considera mejor y más influyente escultor del Barroco, Gian Lorenzo Bernini, dominador absoluto del panorama artístico romano a lo largo del siglo XVII.

Éxtasis de Santa Teresa, obra escultórica de Gian Lorenzo Bernini.

Desde el punto de vista estilístico, en Italia se dieron dos líneas claramente diferenciadas: la más puramente barroca y excesiva de Bernini y Mochi, y la más clásica y contenida de Algardi y Duquesnoy.

Franceso Mochi (1580 – 1654) fue uno de los talentos más innovadores del momento. Se formó en Florencia, interesándose por el trabajo de Giambologna, para posteriormente marcharse a desarrollar su actividad en Roma. Entre sus primeras obras se encuentra la Anunciación para la catedral de Orvieto, donde mostraba un estilo de transición entre el Manierismo el Barroco. Posteriormente realizó las estatuas ecuestres de Ranuncio y Alejandro Farnese, y la Verónica para San Pedro del Vaticano, donde reflejó influencias de Bernini. No obstante, conforme su estilo maduraba, se fue alejando del influjo berniniano para dotar a sus formas de mayor dureza y dramatismo, como refleja en el Bautismo de Cristo o en San Pedro y San Pablo para la Porta del Popolo.

Alessandro Algardi (1598 – 1654) estudió en la escuela boloñesa de los Carracci, lo que sin duda determinó su estilo, claramente tendente hacia el Barroco clasicista. Sus composiciones, clásicas y equilibradas, se alejaban del exceso y fuerza de Bernini, mostrando sus figuras gestos contenidos, reflexivos y hasta tímidos. Entre sus mejores obras se encuentran San Juan Evangelista y la Magdalena, ambas de 1629, el Monumento a León XI (1634), la Degollación de San Pablo (1641), San Felipe y el ángel (1640) y el Encuentro de Atila y León Magno (1646).

Nacido en Bruselas, Francesco Duquesnoy (1597 – 1643) se trasladó en 1618 a Roma, poniéndose a las órdenes de Bernini para llevar a cabo el Baldaquino de San Pedro. No obstante, su amistad con Nicolas Poussin lo situó enseguida dentro de la línea clasicista barroca. Lo más interesante de su producción se desarrolló a partir de los años treinta del siglo XVII, ejecutando obras de gran formato como Sant´Andrea, para San Pedro del Vaticano; la que se considera su mejor obra, Santa Susana; San Juan; La Verdad y la Justicia y San Andrés, entre otras. Famosos fueron también sus puttis o angelitos, presentes en obras como el relieve de Puttis misicantes (1642).

Escultura barroca en Francia

El estilo francés fue bastante parejo al italiano, del que heredó la tendencia de unir, sobre todo en palacios y jardines, la escultura con la arquitectura. En pleno absolutismo, Francia desarrolló un estilo oficial destinado a glorificar la nobleza y la monarquía, poniéndose muy de moda la realización de bustos, estatuas ecuestres, alegorías y temas mitológicos. Entre las figuras más importantes de la escultura francesa de este periodo están Francoise Girardon, Antoine Coysevox y Pierre Puget.

Francoise Girardon (1628 – 1715) se formó en Roma, desarrollando más tarde un estilo clasicista, que consideraría el más adecuado para ensalzar la figura del rey. Parte de lo más importante de su producción estuvo unido a la decoración del palacio de Versalles y sus jardines, realizando para el grupo escultórico diseñado por el pintor Le Brun, Apolo servido por las Ninfas, de donde se deduce que Apolo puede ser Luis XIV, El baño de las Ninfas y el Rapto de Proserpina. Fuera de Versalles, llevó a cabo el Monumento a Richelieu, de sobriedad clasicista, y la Estatua ecuestre de Luis XIV para la Plaza Vendôme de París, inspirada en la de Marco Aurelio de la plaza del Capitolio de Roma.

Antoine Coysevox (1640 – 1720) también siguió una línea clasicista en las diversas estatuas, fuentes y figuras que realizó para Versalles. Entre las mejores están Francia Triunfante y La ninfa con la concha. En la escalinata de los Embajadores del palacio ejecutó, entre otros, un relieve en estuco de Luis XIV Vencedor. Demostró gran maestría en los retratos, que llevó a cabo con un estilo barroco detallista y vivo; Luis XIV, Robert de Cotte o Adelaida de Saboya como Diana cazadora son algunos ejemplos. En monumentos funerarios como las tumbas de Jean-Baptiste Colbert y Julio Mazarino se aprecia más libertad compositiva, minuciosidad, tratamiento de paños y dinamismo; mientras que en Luis XIV orante, supo unir con gran talento la clásica composición sobria y equilibrada con el naturalismo en la ejecución de los rasgos del rey y con la solemnidad que exigían las pautas del estilo oficial francés,

Antoine Coysevox, Adelaida de Saboya como Diana.

Pierre Puget (1622 – 1694) trabajó primero como pintor junto a Pietro da Cortona. Como escultor desarrolló un estilo típicamente italiano y romano, basado en el movimiento, la fuerza y la expresividad, como demuestra en Milón de Cortona; un lenguaje que, en principio, no conjugaba con el clasicismo francés. Sin embargo, la anterior obra y el relieve de Alejandro y Diógenes gustaron tanto al rey Luis XIV que éste le encargó, además de un busto, Perseo y Andrómeda, otro de sus famosos grupos mitológicos.

Escultura barroca en España

En España la escultura evolucionó de forma paralela al resto de países europeos, debido a que la labor de mecenazgo en escultura corrió más a cargo de la Iglesia que de la nobleza y la burguesía, que se hallaban sumidas en un profunda crisis económica. Esto produjo que la escultura se dedicara a manifestar las nuevas ideas de la Contrarreforma, sobre todo a través de retablos y pasos procesionales.

Lejos de que esta circunstancia mermara la calidad de las obras, España desarrolló, a su vez, novedosos soportes, como sillerías de coro, pasos procesionales, imágenes de santos y, sobre todo, retablos, que darían pie a una infinidad de posibilidades artísticas e iconográficas.

El retablo pasó por dos fases a lo largo del siglo XVII: una clasicista, cuya configuración se compondría de tres pisos horizontales y varias calles, alternándose pintura y escultura, y otra plenamente barroca, a partir de la segunda mitad de siglo, cuando se incorporaron columnas salomónicas y se eliminó toda división y compartimentación para crear en el centro un único grupo escultórico.

Los temas e imágenes que componían los retablos se realizaban por lo general en madera policromada con un lenguaje realista y gran detalle, llegando a incorporar a las figuras ojos de cristal, pelo y ropajes auténticos. La intención era transmitir a los fieles la sensibilidad religiosa y los nuevos valores contrarreformistas de la forma más veraz y directa.

La imaginería española se desarrolló principalmente a través de dos escuelas, la castellana y la andaluza. La primera se caracterizó por el patetismo, gran realismo, espectacularidad y expresividad de las figuras, mientras que la segunda aminoraba el dramatismo dotando a las figuras de mayor belleza y serenidad.

En Andalucía destacaron, en Sevilla, Juan Martínez Montañés y Juan de Mesa, y los granadinos Alonso Cano y Pedro de Mena.

Detalle de la escultura San Diego de Alcalá, obra de Alonso Cano.

Juan Martínez Montañés ( 1568 – 1649) fue un gran creador de modelos iconográficos que seguían las ideas de la Contrarreforma. Sentó las pautas para la representación sobre todo de Inmaculadas, de gran ternura y serenidad clásica, y de crucifixiones, donde un Cristo vivo mira con gran realismo a los fieles que rezan anta él momentos antes de morir. Sus retablos, más complejos compositivamente que los castellanos, tuvieron gran repercusión en el Barroco desarrollado en Latinoamérica.

Juan de Mesa (1583 – 1627) fue discípulo y colaborador de Martínez Montañés, de quien tomó la mayoría de sus modelos, aunque su estilo, más barroco que el de su maestro, mostró mayor dramatismo y violencia expresiva, características propias de la escuela castellana. Entre lo más célebre de su trabajo están los innumerables crucifijos sevillanos, realizados con un gran dramatismo, como el famosos Cristo de la Misericordia.

La obra escultórica de Alonso Cano (1601 – 1667), escasa pero de extraordinaria calidad, buscó un realismo y un alejamiento de lo pintoresco y lo dramático. Sus esbeltas y delicadas figuras, sobre todo las femeninas de Inmaculadas, eran policromadas, empleando la misma técnica que para sus lienzos. La serenidad y melancolía de sus expresiones transmiten un profundo mundo interior. Alonso Cano fue el primer maestro andaluz en no hacer uso del oro como color, lo que le obligó a que sus figuras fueran más expresivas.

Con imágenes como la de San Francisco para la catedral de Toledo, Pedro de Mena (1628 – 1688) siguió la estela de Alonso Cano definiendo un estilo realista y minucioso, pero a la vez sobrio y severo; huyó del dramatismo con la idea de expresar la espiritualidad de los personajes, que aparecen concentrados y en muchos casos ensimismados.

En Valladolid destacó la figura de Gregorio Fernández (hacia 1576 – 1636). Influido al principio por escultores de la talla de Alonso Berruguete, Juan de Juni o Pompeio Leoni, pronto marcó un estilo de gran realismo. Sus figuras, expresivas, veraces y alejadas de la idealización, eran talladas con gran detallismo a la hora de esculpir sus facciones y fisionomía, pretendiendo transmitir el sufrimiento tal y como estipulaba la Contrarreforma. Fernández fue también un excelente creador de tipos y modelos iconográficos que serían empleados por posteriores artistas.

A partir de la segunda mitad del siglo XVII la influencia del estilo romano de Bernini se hizo más evidente. Escultores como José de Arce (1600 – 1666), que se formó en Italia, o Pedro Roldán (1624-1670), que realizó el magnífico Retablo del Entierro de Cristo para el hospital de la Caridad de Sevilla, fueron claros representantes de este influjo berniniano.

Esquema de la Escultura barroca

El estilo de la escultura barroca se caracteriza por su movimiento y realismo. A diferencia de lo que ocurría en el Renacimiento, el bloque escultórico deja de ser uniforme y compacto para permitir que las formas se separen y cobren vida.

Los personajes esculpidos muestran sus emociones e inquietudes y sus ropajes adquieren una gran importancia. Por primera vez, la luz tiene en la escultura una importante trascendencia, empleándose claroscuros y contrastes que dan a las obras mayor expresividad.