Escultura neoclásica

    Cupido y Psique, obra de Antonio Cánova.

    A mediados del siglo XVIII se descubrieron en Nápoles las ciudades enterradas de Pompeya y Herculano. Con su aparición se condicionó, una vez más, el gusto europeo, que ahora derivaría hacia el clasicismo. La vuelta al estudio de la antigüedad grecolatina invadió tertulias, bibliotecas, palacios y talleres con el entusiasmo y la efervescencia de contemplar el resurgir de un nuevo Renacimiento.

    Si se tuviera que destacar un solo nombre entre los estudiosos de aquel momento, sería el de H. J. Winckelmann (1717-1768), quien en sus años de juventud, encerrado en la magnífica biblioteca del conde de Bünau, a cuyo servicio se encontraba, adquirió un conocimiento erudito de la antigüedad. El conde lo envió a estudiar a Roma y allí fue nombrado Conservador de Antigüedades Pontificias. En Italia inició la redacción de su Historia del Arte, así como una detallada relación de monumentos antiguos.

    Otro nombre influyente entre los artistas y estudiosos de la época es el de G. E. Lessing (1729-1781), que intentó elaborar un código estético que pudiera servir a los artistas de guía; en Laocoonte o de los límites de la pintura y de la poesía, aparecido en 1766, formulaba sus ideas sobre la mesura en el arte que, por su calado, llegó a convertirse en la referencia del arte neoclásico por excelencia.

    El mármol blanco sin policromar fue el material que mejor interpretó las formas neoclásicas. En aquel momento se pensaba que las esculturas griegas y romanas habían sido talladas siempre en piedra alba, buscando en la ausencia de color una mayor pureza y elegancia. En su afán de colocarse a la altura de los modelos ideales de la antigüedad, los escultores de fines del siglo XVIII y comienzos del XIX pretendieron encontrar en la desnuda sencillez la pureza de líneas que los distanciaba definitivamente de los tormentos curvos del Barroco. El modelo clásico, tanto en los temas alegóricos como en los mitológicos, cubrió de arriba abajo edificios, plazas y avenidas, convirtiendo ciertas partes de las ciudades europeas en recreaciones de la Roma imperial.

    Bertel Thorvaldsen, Jasón.

    El gran escultor de este sueño fue Antonio Canova (1757-1822), a quien se conoce como el último gran artista veneciano. Descubiertas sus cualidades por el noble Faliero, fue pensionado en el Palacio de Venecia de Roma, donde entró en contacto con los círculos más exquisitos de la ciudad. Le llovieron los encargos de temas clásicos, Perseo, Hércules... y también importantes obras para los papas. Su fama aumentó de tal manera que fue llamado por Napoleón Bonaparte a París para que realizara varias estatuas, entre ellas El emperador en apostura de Marte (1810, Galería Brera, Milán). Durante su estancia en Francia, Canova adquirió un trato tan familiar con los Bonaparte, incluido el emperador, que de algunas de sus conversaciones hay constancia escrita. La obra más delicada de este momento es su retrato de Paulina Bonaparte, princesa Borghese, realizado en mármol blanco purísimo, pulido con piedra pómez y lavado con una lechada de cal y ácido, procedimiento de acabado al que sometía a todas sus piezas.

    Fue tema importante en la escultura neoclásica el retrato, aunque algunos artistas renunciaron de antemano a la fidelidad del modelo en favor de captar algún rasgo escondido de la personalidad del retratado; es el caso del Voltaire de Jean Antoine Houdon (1741-1828) y del Busto de la emperatriz Josefina de Joseph Chinard (1756-1813).

    Pero mientras el veneciano Canova había llegado al clasicismo desde una formación barroca, el otro gran escultor neoclásico, que es sin duda el danés Albert Bertel Thorvaldsen, lo hizo desde la lectura de los libros de Winckelmann, lo que despertó su vocación por la antigüedad clásica.

    Thorvaldsen (1770-1844), para sumergirse en las enseñanzas de su maestro, marchó a Italia, donde permaneció veintitrés años. Fue definitivo para su obra posterior el encargo que recibió de la Gliptoteca de Munich de ocuparse de la restauración del templo de Egina, cuyas ruinas habían sido trasladadas a Italia. Desde entonces su trabajo como escultor estuvo marcado por la estatuaria griega anterior a Fidias; su estilo distante y frío debe mucho a esta inmersión en lo griego, aún deshumanizado. Toda su producción artística fue realizada en mármol blanco excepto una pequeña sirena de bronce sentada en una roca que, con el tiempo, se ha convertido en el emblema de la ciudad de Copenhague y su puerto. Su Jasón, Marte y el Amor y su Adonis, adquirido por Luis II de Baviera, reflejan esa fidelidad al modelo griego; sus monumentos a Schiller y Johannes Gutenberg en Alemania fueron también muy venerados por intelectuales y aficionados.