Barroco latinoamericano

La presencia española ocasionó que, a mediados del siglo XVII, el estilo Barroco llegara Sudamérica, dentro de una corriente que prefería buscar la realidad, el naturalismo y la claridad, en oposición a la fantasía cromática, las proporciones alargadas y la irrealidad espacial, características del estilo manierista. Se pretendía con ello hacer partícipe al espectador de las escenas religiosas, con la intención de lograr la plena asimilación del mensaje religioso que a través del arte se le intentaba transmitir.

Pintura

El naturalismo de Michelangelo da Caravaggio tuvo un gran seguimiento en la escuela de pintura sevillana del XVII, y fue precisamente Sevilla, en su calidad de puerto hacia América, desde donde se exportó, en parte, el estilo que marcaría el devenir artístico de las colonias americanas durante los siglos XVII y XVIII.

El primer lugar en asimilar el estilo barroco fue México, donde se estableció el pintor español Sebastián López Arteaga. Con La incredulidad de Sto. Tomás (1643), Arteaga comenzó a establecer los principios naturalistas, logrando que el espectador percibiera la presencia de Cristo y su sufrimiento mediante una cruda exposición del tema. En sintonía con la búsqueda de la diagonal a través de la luz, un rayo atravesaba diagonalmente para iluminar la herida de Cristo, enfatizando así la idea de que el mundo se ha hecho carne, según las premisas religiosas del momento.

En Perú, el denominado Maestro de San Jerónimo, puso de moda el estilo de Caravaggio. Trabajó sobre diversos estudios de San Jerónimo inspirándose en series de grabados provenientes de Italia. Sus obras muestran a un San Jerónimo anciano a la manera naturalista, con profundas arrugas en la frente e iluminado por una luz que cruza el lienzo desde la parte izquierda del santo, proveniente de más allá del marco del cuadro. A pesar de no tener fecha ni estar firmado, parece que el Maestro de San Jerónimo pudo ser uno de los primeros y a la vez más importantes pintores de la escuela de Cuzco, la cual comprendía exclusivamente pintores denominados “mestizos”.

Aparte de la escuela sevillana, la pintura barroca latinoamericana encontró en Pedro Pablo Rubens otra de sus mayores influencias, pues a las colonias llegaron reproducciones de obras de este pintor en forma de estampas y grabados. Su trabajo dio pie a muchas versiones y copias, e inspiró, además de las formas, la base sobre la que la nobleza y la Iglesia basarían sus intenciones propaganditas.

Al principio de siglo XVII, algunos maestros españoles, como Juan Martínez Montañés, se habían dedicado a exportar a América sus obras. Conforme el Barroco fue calando en países como México y Perú, la pintura, que en un primer momento estuvo más ligada a la decoración de retablos, pasó a utilizar como soporte los grandes lienzos, a la vez que se mostraba cada vez más inspirada en la obra de Rubens.

El mejicano Cristóbal de Villalpando fue quien mejor ejemplificó esta nueva tendencia, con obras en las dos grandes catedrales mejicanas. En la sacristía de la catedral de México, entre 1684 y 1686 dispuso sobre los muros una serie de lienzos con marco en forma de arco, de manera que encajaran adecuadamente bajo la bóveda del templo. Una de las obras de la sacristía, El triunfo de la Eucaristía, la realizó inspirándose directamente en uno de los cartones de Rubens. Villalpando fue de los pocos artistas latinoamericanos en utilizar la pincelada fluida del pintor flamenco con la intención de simular las texturas y comunicar la inmediatez de la representación. Otra faceta de su pintura fue el trampantojo o pintura ilusionista, un género muy extendido durante el Barroco en Europa. Sobre la bóveda de la catedral de Puebla, en 1688 realizó una serie de frescos con nubes, ángeles y santos, desde donde desciende la paloma del Espíritu Santo. La intensidad lumínica de la cúpula pretende encarnar la gracia de Dios. A través de este estilo de representación, los pintores barrocos latinoamericanos pretendieron cautivar las emociones de los fieles y, con ello, involucrarlos en la misión eclesiástica.

A diferencia de lo que ocurría en México, no existen evidencias de que en el sur penetrara el estilo Barroco hasta mucho más tarde. Esto puede deberse a que la mayoría de las obras estilísticamente barrocas se encuentran sin identificar y sin firmar, o bien a que los terremotos, como el de Cuzco de 1650, pudieron destruir los trabajos de los artistas barrocos más tempranos. Pero una vez se asentó como estilo en las regiones del sur a partir de 1650, fue común la proliferación de gran número de talleres que abrieron en las distintas capitales sudamericanas.

En ese momento, Quito se erigió como principal centro artístico entre todas la colonias que España tenía en América. Entre los pintores más importantes estaba Miguel de Santiago, artista mestizo de gran capacidad que buscó la inspiración en los grandes maestros del Barroco español, como Bartolomé Murillo, de quien tomó el modelo para la representación de la Inmaculada Concepción. Interesantes son también sus representaciones, esta vez de temática no religiosa, en torno a las cuatro estaciones. El sucesor de Santiago, Nicolás Javier de Goríbar (1665–1740), pintó una serie de retratos de profetas de cuerpo entero, así como medallones circulares conteniendo bustos de los reyes de Judea.

En Bogotá surgió también otro de los grandes centros artísticos de Sudamérica. El pintor más destacado durante la segunda mitad del siglo XVII fue Gregorio Vázquez de Arce y Cevallos. Cevallos realizó una serie de grandes figuras en paisajes ejecutados con gran maestría, mostrando un dominio en el uso de la perspectiva, el color y la anatomía.

En Potosí, Bolivia, a finales del XVII, Melchor Pérez de Holguín pintó una obras protagonizadas por personajes de La Biblia ejecutados con gran sentido del retrato a la hora de capturar sus estados emocionales.

Aunque tradicionalmente el arte estaba al servicio de la iglesia, a finales del XVII el retrato, sobre todo de la nobleza, encontró su hueco en el panorama artístico del momento. Los artistas que más trabajaron este género fueron Nicolás y Juan Rodríguez Juárez, cuyos modelos eran claramente tomados de los europeos. En el busto del 2º Duke de Albuquerque (1693), Nicolás quiso destacar el estatus del retratado pintando el escudo de armas en la parte superior derecha. Su hermano Juan, también quiso hacer hincapié sobre el rango de sus personajes, como sucede en el retrato del virrey Duque de Linares (1723), cuyo escudo de armas está pintado de forma ilusionista como si estuviera cosido a los cortinajes.

Otros temas del Barroco Latinoamericano

A pesar del predominio de la pintura religiosa y de retratos, los artistas, en su condición de nativos, comenzaron a representar temas autóctonos para reforzar la identidad latinoamericana.

En Cuzco, el llamado Maestro de Santa Ana representó rituales típicos de la cultura autóctona empleando para ello el estilo heredado de Rubens. La Procesión del Corpus Cristi, aun realizada con una viveza colorista típicamente europea, fue una de las primeras representaciones de escenas de la vida latinoamericana.

Hacia finales del XVII, la pintura sobre majestuosos acontecimientos se hizo muy popular, como la obra realizada por Villalpando para la plaza Mayor de México en 1695. Destacó también La entrada del Arzobispo Rubio Morcillo en las minas de plata de Potosí, de Pérez de Holguín en 1716. En ambas obras, la arquitectura es cuidadosamente representada en un espacio de larga y exagerada perspectiva.

La historia de Latinoamérica fue también otro tema recurrente, representada a través de ciertos episodios. Uno de los más famosos ejemplos es la obra del mejicano Juan Correa titulada Encuentro entre Hernán Cortés y Moctezuma (1690). De este cuadro llama la atención la vestimenta a base de plumas del monarca azteca, que marcó el precedente iconográfico para la representación de figuras alegóricas del continente americano. Correa incluyó también elementos provenientes de las pomposas representaciones de monarcas europeos de los cuadros de Rubens.

Este nuevo interés por los temas autóctonos influyó de manera notable a medida que Latinoamérica se acercaba a su independencia.

Escultura

A lo largo del primer periodo del Barroco en Latinoamérica, se produjo una gran difusión del relieve escultórico, sobre todo en retablos y en las fachadas de iglesias. Para la iglesia de San Francisco de Bogotá, un retablo compuesto por una división de cajetones conteniendo escenas de La Biblia, esculpidas o policromadas fue ejecutado por artistas anónimos en 1633. Llama la atención que las escenas muestran a las figuras emplazadas en un rico entorno tropical, supuestamente basado en el paisaje colombiano de las tierras bajas.

En lo referente a la escultura exenta, los primeros artistas latinoamericanos comenzaron representando los momentos más dramáticos y emocionales de la vida de Cristo, con la intención de concienciar a la gente, que debía identificarse con su sufrimiento. Estas esculturas debían provocar en el espectador la sensación de la presencia real de Cristo, que era representado a tamaño natural y vestido con prendas y ropajes actuales. Estas figuras eran las que las cofradías solían sacar durante las procesiones.

En la capilla de Peregrinos situada sobre la colina de Montserrat en Bogotá, está el Cristo del Gran Poder de Pedro de Lugo Albarracín, realizado en 1656. La imagen muestra a Cristo atado a la estaca sangrando tras haber sido flagelado. La figura expresa la fe en el sufrimiento y la angustia, mostrando una gran carga religiosa que sitúa a la obra en su conjunto como una de las mejores del Barroco.

La búsqueda del naturalismo en Sudamérica se hizo también a través de la fina representación de los tonos de la piel y de la utilización de telas auténticas bordadas en oro, realizadas mediante estofado o con pintura dorada. Esta tendencia de ataviar a las figuras con ropajes actuales se extendió también a la figura de la Virgen, cuyas esculturas solían situarse en el camarín, la estancia emplazada detrás de los altares de las iglesias. El convento de El Carmen de Quito destinó toda una sala a albergar una obra dedicada a La muerte de la Virgen, realizada con figuras policromadas a tamaño natural. La escena mostraba a la Virgen yacente sobre su lecho de muerte rodeada por los doce apóstoles.

El artista mestizo Bernardo de Legarda fue el más destacado entre los de la escuela de Quito. En 1734 esculpió diversas figuras basadas en la Virgen del Apocalipsis. A partir de entonces, sus dinámicas figuras en espiral demandaban un mayor espacio y dejaron de ser confinadas en nichos. La Virgen de la catedral de Popayán en Colombia, muestra gran dinamismo a través de los pliegues del ropaje en movimiento, mientras lanza el rayo que debe fulminar a la serpiente que representa el diablo.

En Brasil destacó el escultor y arquitecto Antonio Francisco Lisboa, conocido por Aleijadinho. Suyas son las pequeñas estructuras cuadradas dispuestas a modo de via crucis en el camino hacia la iglesia del Buen Jesús en Matozinhos (1777). Dentro de cada uno recreaba escenas de la Pasión a través de figuras de madera de cedro policromada a tamaño natural. Al final de la colina dispuso las figuras de profetas en piedra de jabón y también a tamaño natural, cuyo pesado aspecto plano recordaban a las tallas en madera de la escultura africana.

El Barroco Mestizo

Estilo mestizo se llamó al creado a partir de los relieves del Barroco tardío, compuestos por dos niveles de profundidad, con la intención de crear un efecto pantalla. Para ello, los artistas se basaron en los relieves precolombinos de madera y piedra del estilo de Tiwanaku-Huari de Bolivia y Perú y el de Mixteca Puebla de México. Las iglesias que mostraron la mayor producción de este estilo eran las situadas precisamente cerca de los lugares donde había una mayor presencia de culturas precolombinas, como la parte sur de las montañas peruanas, Bolivia, el sur y este de México y Guatemala.

La primeros ejemplos de este estilo se encuentran en Arequipa, un valle rodeado por las montañas del Perú, en la proximidades de Nazca y el lago Titicaca. La iglesia de los Jesuitas muestra sobre la puerta lateral el relieve de Santiago Matamoros (1654). El relieve realizado con variaciones de escala, está representado con un lenguaje de talla muy plano. Basado en la Reconquista Española, el tema era esta vez extrapolado a la Conquista de América. En la fachada principal, en 1698 se decoró toda la superficie con motivos florales planos y medias figuras de Atlantes utilizados como soporte.

Arquitectura

El barroco en Latinoamérica fue fundamentalmente decorativo. La arquitectura aplicó una continuidad basada en los mismos esquemas constructivos y estructurales aplicados al comienzo la conquista.

México fue uno de los principales lugares donde más desarrollo tuvo la arquitectura. Entre las características del barroco mexicano estaba el dominio en el manejo de materiales, como la piedra de distintos colores y el yeso, con las que se creaban ricas policromías. Otro elemento que adquirió especial relevancia fue la cúpula, que se elevaba sobre un tambor generalmente octogonal y se recubría con ricos ornamentos.

Las iglesias y conventos construidos en el siglo XVII se construyeron según el esquema hispánico de nave única con fachada lateral.

Sin embargo, los mejores ejemplos arquitectónicos los encontramos en el siglo XVIII. A comienzos de este siglo se construyó la basílica de Guadalupe, cuya tipología de cúpula central, cuatro cúpulas menores y torres en los ángulos estaba claramente inspirada en el Pilar de Zaragoza. En la iglesia de la Profesa (1714-1720) siguieron predominando las formas poligonales, un rasgo diferenciador respecto del Barroco europeo.

Otro importante ejemplo fue la iglesia del Sagrario, con su fachada retablo construida en 1749 por Lorenzo Rodríguez. El edificio mostraba una planta de cruz griega con una cúpula central rodeada de otras cuatro menores. La rica ornamentación exterior mostraba un tallado a modo de tapiz utilizando piedra de Chiluca y tezontle rojo. Este modelo de iglesia fue sustituido a finales de siglo por el de planta de trazos curvos y brillante cromatismo exterior, cuyo ejemplo vemos en la capilla del Pocito, realizada por Antonio Guerrero y Torres.

En Puebla se dio también una importante continuidad a la tendencia decorativa colorista, generalmente a base de azulejos, cerámicas y ornamentos en yeso policromado, destacando la iglesia de San Francisco de Acatepec, o el interior de la capilla del Rosario de la iglesia de Santo Domingo.

A comienzos del siglo XVIII se construyó la grandiosa fachada retablo del santuario de Ocotlán, en Tlaxcala, enmarcado entre dos torres con un cuerpo superior. Otra de las monumentales fachadas del barroco mexicano pertenece a la catedral de Oaxaca. En la misma ciudad se erigió la iglesia de la Soledad, cuyo exceso de ornamento incluyó el recubrimiento de los contrafuertes de la portada.

De mediados del siglo XVIII son otros ejemplos como la iglesia de los Jesuitas, en Guanajuato, o la iglesia de San Sebastián y Santa Prisca, en Taxco, considerada obra maestra del barroco latinoamericano. Y más exuberante, si cabe, decorativamente hablando, fue la fachada de la catedral de Zacatecas, cuyo majestuoso tapiz ornamental fusionaba elementos barrocos con otros de influencia indígena.

El Barroco Exuberante

Éste ha sido también mal llamado churrigueresco mejicano, en referencia al estilo español característico basado en aplicar densas y elaboradas decoraciones primero a la arquitectura y después a la escultura y el mobiliario.

Este estilo lo importó el sevillano Jerónimo de Balbás a México, quien ya había realizado el retablo del Sagrario de Sevilla en 1706, el cual inspiró, sin duda, el espectacular retablo de los Reyes (1717) de la catedral de México. En éste sustituyó las columnas por estípites, pilastras en forma de pirámide truncada con la base menor hacia abajo. Éstos sostenían una pila de bloques horizontales de distinto tamaño unidos por molduras en forma de rollo de pergamino, unos elementos que eliminaban la sensación de peso transmitida de arriba a abajo. El origen de estos elementos pudo estar en la decoración de los bordes de páginas de libros manieristas, pero también las más pesadas formas geométricas pudieron ser tomadas de las complejas composiciones florares rococó francesas que España estaba asimilando desde que la dinastía Borbón heredó la Corona española en 1700.

Poco después, los artista mejicanos influidos por Balbás prefirieron representar las fachadas de forma más plana, alineando los estípites con la intención de buscar menos dinamismo, creando en los retablos una división horizontal más pronunciada entre la primera y segunda fila de historias de la parte frontal. Estas características fueron más propias ya de lo que acabaría denominándose como Ultra-Barroco mejicano. Un ejemplo es el ya mencionado retablo de los Reyes (1768) de la catedral del Sagrario, de Lorenzo Rodríguez.

La prosperidad que trajo la explotación de minas del centro y norte de México en el XVIII dio lugar a una explosión constructiva. En esas regiones una pesada versión del estípite aparece en la fachada de la Iglesia de La Trinidad en Guanajuato en 1774, diseñada por Felipe Ureña en lo que posiblemente constituye el ejemplo más temprano de esta forma dispuesta en el exterior.

Esquema del Barroco latinoamericano

El estilo Barroco llega a América Latina a mediados del siglo XVII, a través de la presencia española, concretamente desde Sevilla. El primer lugar en asimilar este estilo fue México.

Aparte de la escuela sevillana, fiel seguidora de Caravaggio, la pintura barroca latinoamericana encontró en Rubens otra de sus mayores influencias. El mejicano Cristóbal de Villalpando es quien mejor ejemplifica esta tendencia.