Manierismo

    El Manierismo es un estilo artístico nacido en Italia en 1520 y difundido por Europa a lo largo de todo el siglo XVI. Surgió como reacción frente al clasicismo imperante en el Renacimiento, rompiendo el orden, la simetría y el equilibrio para dotar a las formas de torsión, movimiento y aparato. Su nacimiento coincidió también con el momento en el que el Renacimiento se empezaba a extender por toda Europa.

    Por una parte, el origen del término procede de la palabra italiana “maniera”, aplicada a los artistas que se dedicaban a imitar a los grandes maestros renacentistas o que, partiendo de estos, incluían en sus obras algún toque personal original. Por otro lado la expresión “manierista”, a partir del siglo XVII, adquirió un significado peyorativo equivalente a amanerado, a la vez que se consideraba frívolo y carente de calidad. Hubo que esperar al siglo XX para que el Manierismo fuera declarado como estilo artístico independiente, valorado y con características propias. Fue el estudioso Ernst Robert Curtius quien otorgó al Manierismo un valor que iba más allá del arte, convirtiéndolo en un adjetivo que servía para calificar de manierista, en el ámbito o la disciplina que fuera, a toda tendencia continuadora de un periodo clásico, característica por su recargamiento y dinamismo. Otros estudiosos y críticos han contribuido a poner de manifiesto que el Manierismo no es sólo un estilo pictórico, sino que está presente en toda clase de manifestación artística y cultural como la escultura, la arquitectura, la música o la literatura. Al tener la estética manierista unas características basadas en el recargamiento, el capricho y cierta tendencia a la extravagancia en la interpretación de formas y temas, al artista le resultaba idóneo a la hora de alejarse de los modelos clásicos, de forma que no se le pudiera calificar de mero imitador o continuador de los modelos previos.

    El Manierismo supone el fin del periodo Clásico del Renacimiento, que coincide con la muerte de Rafael Sanzio en 1520. En torno a esta fecha sucedieron una serie de acontecimientos sociales y políticos que sin duda serían determinantes para entender los cambios que en el arte se estaban generando. Al fin de la armonía clásica contribuyeron hechos como la epidemia de peste de 1522, la invasión franco-española de Italia, el Saco de Roma en 1527, la Reforma protestante, la crisis económica, el nacimiento de una nueva forma de entender el mundo y la vida basada en la ciencia; y las nuevas formas de mecenazgo y patrocinio para el arte.

    Desde el punto de vista puramente estilístico el Manierismo supuso la ruptura del equilibrio y la unidad espacial; al concebirse el espacio como un medio diverso sobre el cual se podían tener múltiples visiones, no resultaba oportuno buscar la homogeneidad y sí la variedad. Los grandes agrupamientos de figuras irían acompañados de inquietantes y singulares espacios vacíos, mientras que los temas y motivos principales de las obras se situaron en un segundo plano para que los secundarios adquirieran, paradójicamente, una mayor relevancia.

    El Manierismo se puede dividir en dos corrientes o tendencias: el intenso espiritualismo místico, representado por pintores como El Greco, y el naturalismo panteísta, basado en la representación detallada y minuciosa de las cosas reales, cuyo máximo exponente es el pintor flamenco Pieter Brueghel. No obstante, aunque aparentemente ambas vertientes parecen opuestas, en ocasiones ambas podían combinarse y convivir en una misma obra.

    Otra definición sitúa al Manierismo como el arte de representar la realidad pero enmarcada en un espacio fantástico. Ésta podía ser una de las diferencias con respecto al Barroco, junto con el hecho de que mientras que las obras manieristas se realizaban para un público de clase social elevada, el Barroco fue un estilo popular y más cercano a la gente común.

    La sociedad en la que se desarrolló el Manierismo estaba marcada por el escepticismo y la preocupación por el refinamiento, el placer y la búsqueda de la belleza. Pero la belleza no se alcanzaba a través de la naturaleza y la imitación, sino mediante lo artificial, fantástico y caprichoso. Este antinaturalismo iba acompañado por un subjetivismo donde el ideal de belleza se creaba de forma individual y personal en la mente del artista, quien, lejos de imitar, inventaba y experimentaba de forma autónoma. Todo esto conllevó un evidente rechazo del arte antiguo, considerado un lastre para la destreza y la libertad creativa de los artistas.

    El Manierismo supuso una reacción frente al arte clásico; sin dicho precedente la singularidad de este lenguaje no se habría producido, pues también se considera una evolución del estilo anterior. Como arte sofisticado, elegante y aparatoso que era, su aceptación fue grande en las principales cortes europeas, todavía inmersas en el gusto por la estética tardo-gótica que todavía pervivía en el siglo XVI.

    Al ser Italia el lugar donde nació el Manierismo, fue este país el que aportó el mayor número de artistas de corte manierista, entre los que se encuentran pintores como Tiziano (época tardía), Jacopo Tintoretto, Paolo Veronese, Correggio, Parmiggianino, Andrea del Sarto, Pontormo y Rosso Fiorentino; escultores como Bernardo Buontalenti, Giambologna o Benvenuto Cellini; y arquitectos como Giacomo della Porta, Vignola, Domenico Fontana o Carlo Maderno. Más difícil de identificar como artistas manieristas en el sentido puro de la palabra fueron los del resto de Europa, pues, aunque la influencia del estilo era grande, no siempre las obras mostraban de forma plena este lenguaje, sino que más bien incorporaban elementos o frases visuales de carácter manierista, a pesar de lo cual pintores como El Greco o Brueguel sí que pueden considerarse claros seguidores de esta línea.