Arte azteca

Azteca ataviado con la indumentaria tradicional de su pueblo

El arte azteca tuvo desde sus primeras manifestaciones una faceta práctica, ya que servía como herramienta de refuerzo de la propia identidad cultural. De carácter religioso en su mayoría, el lenguaje artístico se convirtió en un acto ritual donde el artista adquiría, en ocasiones, el papel de sacerdote. La obra de arte, por tanto, se convertía en un mensaje dirigido exclusivamente hacia la divinidad, en cuyo caso no era para ser observado por nadie más. En este sentido, el lenguaje del arte azteca se hacía hasta cierto punto críptico para la gente común, con su simbología particular, independientemente de que, en apariencia, tuviera el aspecto y la estética de un arte típicamente indígena.

El arte azteca está dentro del concepto mexicano del toltecayotl. Todas las actividades y disciplinas humanísticas (lenguaje, ciencia, arte, literatura, etc.) en la cultura azteca formaban un todo y, en este sentido, el arte era parte de una unidad sobre la que se expresaba toda la cultura azteca, y sus partes se hallan integradas en la misma. Todos los elementos, combinados armónicamente, dan como resultado mensajes literarios o artísticos provenientes de la ideología mexicana.

Iconografía y simbología del arte azteca

El sistema iconográfico azteca se divide en diseños ornamentales, símbolos, emblemas, glifos y deidades.

Los diseños ornamentales, como círculos concéntricos, triángulos, rombos, etc., empleados para la realización de ornamentos como la greca escalonada o la piel de serpiente, son habitualmente formas abreviadas o esquemáticas de símbolos o emblemas, cada uno con su significado. Los símbolos pueden representarse aislados o formar parte de diseños más complejos, en cuyo caso hablaríamos de emblemas. Parte de esos símbolos provienen de diseños del estilo mixteco-puebla, entre los que destacan corazones, agua, fuego, plumas, flores, conchas, discos solares, maíz, piedras, cuchillos, humo, estrellas, huesos, calaveras, etc., cada cual con su significado y asociaciones.

Los emblemas son imágenes compuestas de unidades simbólicas que aparecen representadas juntas y creando conceptos. Por orden de importancia destacan el disco solar, el monstruo de la tierra, la pelota de hierba del sacrificio, la banda celeste, la pareja de águila y jaguar, la serpiente emplumada, la serpiente de fuego, el emblema atl-tlachinolli, o río de agua y fuego, y el espejo humeante.

Los glifos están vinculados con los símbolos, y en su composición, con emblemas e imágenes de divinidades. Los tipos de glifos incluyen signos de días, años, nombres personales, de lugar o de grupos étnicos con numerales. Algunos designan cualidades de las cosas, como los que significan “preciosidad”, que pueden ser los que representan jade, oro o turquesa.

Las divinidades son un conjunto de símbolos de carácter glífico que aluden al vestido y ornamentos, los cuales también se refieren a cualidades, virtudes o competencias de las divinidades representadas.

El templo azteca

La ciudad de México cubre, hoy día, gran parte de asentamientos, lo que hace imposible que se pueda tener una visión completa de las estructuras, de la distribución espacial o de la relación existente entre lo que eran templos o simples edificios de vivienda. Sólo a través del hallazgo de yacimientos aislados podemos hacernos una idea de la apariencia de la arquitectura y su urbanismo en la parte central de México. Es el caso de la plaza de las Tres Culturas, el descubrimiento del Templo Mayor bajo la catedral o templos varios como Tenayuca o Santa Cecilia Acatitlán. En otros yacimientos, como los de Malinalco, Cempoala o Teopanzolco, también se han encontrado restos de edificaciones aztecas.

Los modelos de templo más típicamente aztecas, los que mejor han dotado de identidad a esta cultura respecto del resto de culturas indígenas americanas son los gemelos con doble escalinata de acceso, entre los que se encuentran el de Tenayuca (el más célebre), y los de Tlatelolco y Tenochtitlán. Los templos fueron erigidos bajo la idea de dualidad, por ser éste el concepto sobre el que se basa la religión y filosofía aztecas. Al estar constituidos los dioses por parejas, dos debían ser los templos que se construyesen en su honor. Llama la atención, sin embargo, que ambos templos compartían plataforma de apoyo, lo que determinaba que la planta de ésta fuera necesariamente rectangular. Cada una de las escalinatas de acceso, independientes entre sí, tenía su propia alfarda, a pesar de lo cual quedaban unidas, precisamente, por la línea central que marcaba una separación que, por tanto, no era tal. El tiempo para la construcción de los templos ha podido ser determinado en algunos casos. Por ejemplo, el Templo Mayor de México-Tenochtitlán fue realizado en siete periodos diferentes, en los que atravesó numerosas reconstrucciones.

Escultura azteca

La escultura monumental

Dentro del arte azteca, quizá sea ésta la disciplina más rica e interesante, por lo que merece especial atención. Aunando realismo formal con simbolismo temático, el pueblo azteca produjo una cantidad descomunal de esculturas en piedra de gran tamaño de carácter religioso; la mejor forma de hacerse una idea de sus características es analizando algunos de sus numerosos ejemplos.

Entre las más célebres se encuentran diversas representaciones de la diosa Cuatlicue. La más famosa es la denominada Coatlicue del Museo. Más allá de constituirse como la deidad femenina de la Tierra, expertos han querido ver en ella a la representación que se halla en diálogo con otros dioses, mitos y el hombre en general. La figura se encuentra decapitada y del tronco salen dos serpientes, símbolo de la “sangre preciosa”. Ambos reptiles enfrentados crean, a su vez, por su entrecruzamiento, una imagen que podría ser el monstruo de la tierra, mientras que, simbólicamente, podían interpretarse como el principio dual masculino y femenino. El torso de la figura está plagado de numerosos detalles formales, cada uno con su significado. El collar de manos cortadas y corazones cerrado con un cráneo en el centro es el símbolo del sacrificio humano, con cuyo líquido precioso o chalchihuatl se alimenta a los dioses; las manos cortadas aluden posiblemente al desollamiento de una mujer con cuya piel se reviste la diosa, lo que puede referirse al mito de Xipe Totec (Nuestro Señor el Desollado); los brazos y manos aluden a los símbolos de Tlaltecuhtli, dios de la tierra masculino y pareja de Coatlicue; las garras de águila podrían ser, junto con los ojos, también imágenes de serpientes. En la parte de atrás la diosa tiene un gran colgante de trece trenzas, cuyos caracoles simbolizan a los dioses de la tierra. Las plumas de águila de las piernas aluden a símbolos de guerra. La base de la Coatlicue del Museo tiene, a su vez, relieves, como sucede con otras esculturas religiosas aztecas. Se trata de una talla muy plana que representa a una figura de apariencia antropomórfica que podría ser Tlaltecuhtli, transfigurado en Mictlantecuhtli, el señor del inframundo, debido a su posición de cara a la tierra.

Otra versión de Coatlicue es la llamada Coatlicue del Metro, obra maestra de la escultura azteca y descubierta mientras se hacía el tren suburbano de México. En esta obra se hacen más evidentes los atributos de Tlaltecuhtli, dios masculino de la tierra, en el sentido de que a éste se le representa como anciana con arrugas en las comisuras de los labios y, sin duda, el rostro de esta escultura muestra unas rayas que pueden ser arrugas. La cabeza del dios se ha tallado como relieve, dando la impresión, si se observa la pieza por los cuatro lados, de estar decapitada. No obstante, el rostro mira al cielo, como lo haría Tonatiuh desde el centro de la Piedra del Sol, lo que reafirma la idea de que se trata del dios masculino de la tierra. Los pies del dios terminan en cabezas de serpiente como las manos de Coatlicue. Esta obra también tiene un collar de manos y corazones, con la diferencia de que el colgante central es un corazón y no un cráneo. Los adornos de huesos cruzados y cráneos pueden ser símbolos de Huitzilopochtli.

Otra representación típicamente azteca es Coyolxauhqui, de la que también hay varias versiones. La Coyolxauhqui del Museo es una cabeza de mujer en cuyas mejillas hay signos de cascabeles de oro o cascabeles preciosos que pueden ser símbolos de la guerra sagrada. La nariguera y las orejeras tienen relación con el sol, por el parecido con los rayos que aparecen en el Calendario azteca. El cabello está adornado con plumones, que también se pueden ver en la Coatlicue del Metro, y en la parte superior de la cabeza hay un adorno de plumas de águila, también un símbolo solar y guerrero. Las alusiones a la simbología de la guerra sagrada y el sacrificio, aparecen también en el relieve que acompaña a la figura. El atl-tlachinolli es el principal símbolo de la guerra. Está compuesto por bandas de fuego y agua, junto a los cinco puntos, cinco caracoles, cinco borlas de pluma, cinco círculos y un símbolo numérico que podría interpretarse como las cuatro direcciones del mundo y el rumbo central. En este relieve, el atl-tlachinolli se relaciona con Huitzilopochtli y con la gran batalla de exterminio contra los Centzon Huitznahua.

La que quizá sea la escultura azteca más emblemática es la llamada Piedra del Sol o Calendario azteca. La pieza la forma un gran disco en relieve con círculos concéntricos rodeando el rostro de algún dios que podría ser Tlaltecuhtli. Se desconoce en qué posición se encontraba antes de ser descubierta, aunque seguramente debía de estar horizontal.

La Piedra de Tizoc, hallada en la zona del Zócalo en 1791, constituye la primera escultura monumental azteca que puede ser fechada y atribuida a un soberano mediante glifos; fue realizada entre 1481 y 1486, en época del reinado de Tizoc. Se trata de un gran cilindro con un disco en su parte superior del que salen ocho rayos; la superficie del cilindro la forma un friso limitado en el borde de arriba por el cielo estrellado, y en el de abajo por las fauces del monstruo de la tierra. En el friso figuran quince parejas de personajes, guerreros, cada una llevando a un prisionero, que se identifica por un glifo de lugar, y que simboliza lugares conquistados como Chalco, Xaltocán, Tlatelolco, Acolhuacán o Mixtlán.

De más complejidad interpretativa es el Teocalli de la Guerra Sagrada, un monumento de forma piramidal cubierto en su totalidad por relieves y glifos que pudo ser un trono real. Podría conmemorar la Ceremonia del Fuego Nuevo de 1507. Entre los relieves y glifos que contiene, destacan los que representan el disco solar, el monstruo de la tierra o la bola de hierba de los sacrificios, entre muchos otros.

La escultura de pequeño formato

La cultura azteca produjo también interesantes ejemplos de obras escultóricas de menor tamaño, muchas realistas y de carácter no religioso, como el Caballero águila o las varias representaciones de Macehualtin. En cuando a las de divinidades, están las figuras portando un adorno en la cabeza con forma de templo, las del dios Tlaloc o de la diosa Chalchiuhtlicue. Célebres son también las que representan a un hombre con la máscara de Ehecatl, o la que se dice que puede ser Xochipilli, el dios de las flores, ya que está sentado sobre un elevado taburete y lleva tatuajes de flores sobre la piel. Son típicas también las serpientes, a veces con plumas, y otras divinidades como Xiuhtecuhtli, Huehueteotl, Xipe o de Ehecatl.

Escultura en madera

En menor medida que la piedra, también la madera fue empleada para el arte del cincel. Seguramente fueron muchos más los ejemplos que se realizaron en este material que los encontrados hasta el momento. En madera se hicieron esculturas de cuerpo entero, al tiempo que sirvió como pase para los famosos mosaicos aztecas, realizados con turquesa, concha y otros materiales.

Del estilo de representación, muy simple, se deriva la idea de que las figuras pudieron recubrirse con telas o adornos realizados a base de materiales de poca duración.

En madera se llevaron a cabo también los tambores. Están los del tipo huehuetl, verticales con un parche de piel de animal, o teponaztli, horizontales con un agujero en la parte inferior y un corte en forma de “H” en la superior. Los tambores, empleados en ritos y ceremonias de guerra, podían representar figuras animales o humanas; también podían contener relieves del estilo monumental representando águilas, jaguares y signos bélicos como el huehuetl.

El mosaico de turquesa

Los mosaicos aztecas, llamados de turquesa, eran esculturas en madera cubiertas de piedras preciosas donde destacaba la turquesa, a la que acompañaban conchas rojas y blancas, jadeíta, malaquita, berilo o pirita de hierro, entre otras. Esta técnica fue perfeccionada por la cultura mixteca; de hecho, los artesanos de México-Tenochtitlán que mejor ejecutaron este arte eran seguramente mixtecas. La elección de la turquesa como piedra preferente se debió al simbolismo del color azul celeste: el color de las aguas y, como tal, el de la pareja de dioses Tlaloc y Chalchiuhtlicue; también era el color del cielo diurno, por lo que a su vez era el de los dioses que dominan el cielo durante el día, como Tonatiuh y Huitzilopochtli. La turquesa era también símbolo de “lo precioso”, y su glifo aparece con frecuencia en muchos de los varios ejemplos de escultura monumental.

La mayoría de los pocos ejemplos que se conservan de mosaico están en museos europeos, sobre todo en el Británico. Los que hay son joyas del arte realizadas por maestros mixtecos cuyo talento se ponía al servicio de las clases poderosas de México-Tenochtitlán.

El arte de la plumería

Entre las artes aztecas menores destacó el de la plumería y el de los mosaicos con plumas. Muchos fueron enviados como presentes el emperador Carlos V, y hoy día se conservan, que se sepa, diez ejemplares.

Se hacían con plumas de pájaros exóticos de colores procedentes del sur de México y Guatemala, de extraordinaria belleza. Los especialistas de la plumería eran los amanteca.

De los ejemplares que han llegado hasta nuestros días muchos son escudos, como el que representa al dios de la lluvia, cuyo rostro sale de un remolino de agua, u otros con representaciones de carácter geométrico, donde destaca el signo xicalcoliuhqui, o greca escalonada. Tres de las más importantes piezas de plumería fueron halladas en el siglo XVIII en el Castillo de Ambras, del Tirol austriaco. A una de ellas, un escudo con un coyote que podría ser el emblema de Ahuitzotl, se le añadieron pequeñas piezas de oro para resaltar parte de la anatomía del coyote. Otra de ellas parece un abanico hecho con cañas de bambú que en el centro tiene una mariposa. El tercero, el más espectacular, es un tocado de plumas de quetzal con adornos de oro, conocido por la Corona de Moctezuma, sin que este dato se pueda precisar, ya que estos tocados los llevaban cortesanos de Tenochtitlán, que podían ser guerreros, soberanos o sumos sacerdotes.

Cerámica

También las pequeñas figuras en cerámica fueron llevadas a cabo por la cultura azteca. No obstante, esta técnica era considerada propia del arte campesino y popular. Es la causa de que, en lo referente a los temas, predominaran las representaciones de hombres o de divinidades humanizadas, lejos de las deidades y sacrificios representados por la escultura.

Entre las figurillas más comunes se encontraron las de mujeres en pie con el cabello dividido en dos crestas o bucles que se elevan sobre la cabeza, vistiendo una falda recta y decorada hasta los pies y llevando dos pequeñas figuras en los brazos. Eran símbolos de la maternidad, del nacimiento y la fertilidad, que no hacen sino acentuar la contradicción implícita en la cultura azteca entre la vida, como metáfora popular y campesina, y muerte, sacrificio y submundo como metáfora de las clases elitistas.

Hay figurillas que representan diferentes diosas y dioses, llevando collares con mazorcas de maíz. Otras son de los dioses Tlaloc o Ehecatl, identificables por las anteojeras y el bigote del primero, y la máscara bucal del segundo. En ocasiones, estas imágenes se disponían en la parte superior de las maquetas de los templos piramidales.

Esquema del Arte azteca

El arte azteca tiene un claro carácter religioso. El lenguaje artístico es un acto ritual donde el artista actúa de sacerdote. La obra de arte, es un mensaje dirigido hacia la divinidad.

Los modelos de templo típicamente aztecas, que han dotado de identidad a esta cultura, son los gemelos con doble escalinata de acceso, que se encuentran en Tenayuca, Tlatelolco y Tenochtitlán (México).