Arte chino

Características generales

La civilización china es la más antigua de la humanidad, pues las primeras occidentales, aunque son más antiguas, desaparecieron o cambiaron radicalmente, mientras que la china evolucionó desde sus orígenes prehistóricos de forma continuada, gracias también a su gran conciencia cultural, que les hizo protectores de la misma y de sus tradiciones. En cuanto al arte, estuvo siempre vinculado a la política y a los cambios sociales determinados por ésta. También fue importante la fe, basada en el poder del cielo y los espíritus ancestrales y su poder sobre la vida, de ahí la trascendencia también del sacrificio y la ceremonia con la que lograban la armonía con el cielo, la naturaleza y el hombre; estas creencias resultan cruciales a la hora de estudiar el carácter del arte chino.

Arte como reflejo de la estructura de clases

Durante la era de los Reinos Combatientes (475-221 a.C.) el arte era realizado por artesanos anónimos. Fue tras la dinastía Han cuando se comenzó a manejar el concepto de “bellas artes” como producto de ocio de las clases más educadas y nobles. En este momento afloraron las primeras diferencias entre mero artesano, vinculado a las clases más bajas, y el más elitista artista aficionado, que sería quien más influencia tendría sobre el arte chino en los tiempos que estaban por venir. Así surgieron los artistas que trabajaban para la corte y los artesanos que trabajaban por dinero. Otros, los aficionados más eruditos, miraban a estos profesionales con desprecio, llegando el arte a ser tan refinado que desde la dinastía Sung (969-1279) en adelante una asumida torpeza en la técnica era admirada, pues era la marca del mejor valorado artista aficionado. Una de las consecuencias de la revolución del siglo XX ha sido la ruptura de las barreras entre el aficionado y el profesional; más aún, a raíz de la Revolución Popular (1966–76), el anónimo y proletario método de hacer arte, vuelve a ser protagonista, tal y como sucedió durante la dinastía Tang.

Temática y simbología

En los comienzos, el refinamiento estuvo vinculado a los designios del cielo a través del ritual del sacrificio, y era la función del arte chino el responder a este fin. Las vasijas de bronce arcaicas eran realizadas para los sacrificios y para los espíritus ancestrales, actos que se cree influían en la vida si eran realizados regular y correctamente. La sociedad china, básicamente campesina, ha dado siempre mucha importancia al conocimiento de la naturaleza y al hecho de vivir en armonía con ella. El mundo natural era visto como la manifestación de los trabajos del taiji o “gran extremo”, a través del dualismo determinado por el yin y el yan: lo femenino y lo masculino. Conforme iba evolucionando, el propósito del arte pasó a ser la expresión del entendimiento humano y las fuerzas que lo rodeaban, mediante la representación de paisajes, del bambú, los pájaros y las flores. De aquí nace el aspecto metafísico, taoísta de la pintura china.

Entre los temas típicos del arte, la materia inanimada que se representaba no era tal, ya que rocas y caminos eran interpretados como las manifestaciones visibles de las fuerzas del universo. Ningún tema se admitiría en el arte si no fuera inspirador, noble, refrescante y cálido para el espíritu. Tampoco encajaba la forma sin el contenido, de la misma manera que no se admitía la belleza de las formas mientras la esencia de estas quedaran indefinidas.

En resumen, todo en el arte chino tiene una simbología; toda representación refleja algún aspecto de un todo del que el artista es cómplice. Al mismo tiempo, el arte chino está lleno de símbolos de diversas clases y con diferentes significados: el bambú representa el espíritu del aprendiz, que puede ser doblado pero nunca roto; el jade la pureza y la indestructibilidad; el dragón es símbolo de la total benevolencia del emperador; la orquídea es un signo proveniente de la filosofía confucionista y significa lealtad y pureza; la cereza invernal que crece hasta en la nieve representa la pureza incontenible, tanto desde el punto de vista espiritual como de la revolución política; y el encorvado pino representa tanto la supervivencia en un clima de dureza política como el inconquistable espíritu de la antigüedad.

Pintura y caligrafía

Desde el siglo III d.C. la caligrafía ha sido considerado una de las bellas artes en China. Independientemente de la educación técnica y gustos necesarios para desarrollarla, revelaba aspectos de la preparación y talento del escribiente. En tiempos de la dinastía Shang (siglo XVI a.C.) la caligrafía fue asociada con la comunicación espiritual, a la vez que contemplada en términos de la propia espiritualidad del artista. Para apreciar la caligrafía y producirla, se requerían especiales cualidades personales y un inusual sentido de la estética; para entender su delicadeza, se demandaba una sensibilidad y una experiencia del más alto nivel.

El pintor chino usaba prácticamente los mismos materiales que el calígrafo: pincel, tinta y seda o papel. Los criterios de valoración eran también idénticos; juzgaban, a través de la vitalidad y expresividad de las pinceladas, la armonía y el ritmo de toda la composición. La pintura en China es, por tanto, un arte lineal.

Estilísticamente, los pintores no estaban preocupados por dar sensación de realidad o buscar la tridimensionalidad o el volumen y la perspectiva. Para ellos lo importante era transmitir, a través de rítmicas pinceladas, la conciencia de las cosas más cercanas de la vida.

La estética de la línea en la caligrafía y la pintura ha dejado una impronta en el resto de disciplinas del arte chino: en los motivos que adornan los bronces rituales, en la fluidez de los paños que recubren las esculturas budistas, en los trabajos con laca y cerámica, en los tabicados esmaltados policromados… En todas ellas se muestra el movimiento rítmico de la línea y la naturalidad del gesto artesanal del artista, lo que determina la forma y otorga al arte chino su armonía y uniformidad de estilo.

El material con el que se pintaba era la tinta, que se mezclaba en un cuenco con un poco de agua. El pincel estaba formado por una ligera vara de bambú en cuyo extremo se adhería pelo de cabra, de lobo o de venado. El soporte, papel o seda, no permitía correcciones, por lo que el artista debía saber de antemano qué era lo que deseaba hacer con seguridad, a la vez que la ejecución requería poseer gran confianza en el trazo, rapidez y dominio de la técnica, sólo adquiribles con la práctica. Otros soportes eran el rollo de pergamino de hasta 15 metros colgado verticalmente y la pintura al fresco sobre el enfoscado de las paredes.

A diferencia de occidente, el color se usaba para aumentar la sensación de realidad y acentuar el aspecto decorativo, y no como elemento estructural del diseño. Los pigmentos provenientes de minerales como azurita, malaquita, cinabrio, plomo u ocre resultaban, por su opacidad, más adecuados para la seda, mientras que los vegetales funcionaban mejor con el papel, pues producían un efecto más etéreo y delicado.

La firma y sello del artista era una parte integral de la obra. Otros elementos que otorgaban más valor a la misma eran los colofones, añadidos posteriormente.

La arquitectura

A causa del empleo de la madera, pocas construcciones antiguas chinas han llegado hasta nuestros días. La construcción más antigua que se conserva en madera es el vestíbulo del templo de Nan-chan, en la provincia de Shansi y datado antes del año 782. La piedra y el ladrillo se utilizaban para estructuras defensivas, el arco para puertas y puentes y la bóveda para las tumbas. La arquitectura de una sola planta era predominante del norte y la mayoría del este de China, mientras que los edificios de varias plantas datan de la época tardía de la dinastía Chou (siglo XI al 2255 a.C.).

Los elementos básicos de la arquitectura en madera eran la plataforma realizada en tierra molida cubierta con piedra o teja sobre la que los edificios descansaban; el marco con dintel y postes verticales; la sujeción de la techumbre mediante soportes triangulares y en forma de “L”; y la cubierta de tejas. Los muros entre postes o columnas no eran de sujeción, y el espacio entre columnas eran ocupados por puertas, ladrillo o bambú recubierto con yeso, o se dejaban abiertos para crear peristilos.

El origen de la típica curva de la cubierta, que se vio por primera vez en el siglo VI d.C., no está todavía claro, a pesar de que se ha especulado mucho y se han escrito muchas teorías. La más extendida cuenta que se copió, por razones exclusivamente estéticas, de las regiones vecinas del sureste asiático, que cubrían las casas con hojas de palma o tiras de bambú, las cuales, con el tiempo, tienden a combarse de forma natural. Los aleros hacia arriba en las esquinas del tejado sí tenían, sin embargo, una función estructural, ya que reducían lo que sería un excesivo saliente en ese punto.

Los denominados pabellones se concebían como unidades independientes a través de un diseño rectilíneo. La disposición de estas unidades, de forma conjunta e interconectadas por galerías alrededor de un patio, permitía cierta flexibilidad a la hora de aumentar el número de ellos si era necesario. La diversidad estética se adquirió a través de las distintas variantes del diseño, lo que al tiempo individualizaba los complejos.

La distribución espacial variaba según la tipología de los edificios. En las casas señoriales, a excepción de la entrada, que se disponía de forma axial con el vestíbulo principal enfrentado a la entrada principal, la distribución de los otros vestíbulos y los patios era informal. En los palacios, sin embargo, como el de la Ciudad Prohibida de Pekín, las salas y vestíbulos principales se alineaban con los patios unos tras otros en una configuración axial sur-norte. Los edificios más antiguos guardaban este tipo de disposición palacial.

La escala de los edificios, el número de vanos, las unidades de medida para las maderas, la necesidad o no de aleros y el tipo de tejado, todo se disponía acorde al emplazamiento del patio, que marcaba la categoría de todo el complejo. El sistema constructivo era por tanto modular y altamente estandarizado.

La importancia y dominio del tejado dejaba poco espacio a la hora de variar la forma del edificio. Así, la delicadeza estética estaba concentrada en las proporciones agradables y detalles como los aleros del tejado y los soportes. La arquitectura de la dinastía T’ang (618 – 906) adquirió un carácter clásico a través de grandes proporciones y diseños simples, con los cuales la función y la forma quedaban perfectamente armonizadas. Durante la dinastía Sung (960 – 1279) los arquitectos fueron más arriesgados al jugar con tejados entrelazados y con diferentes niveles, los cuales serían los sucesores de los anteriores durante los siglos siguientes. La belleza de la arquitectura durante las dinastías Ming (1368–1644) y Ch’ing (1644–1912) sin embargo, radicaba en el efecto etéreo y ligero de las formas, y en la riqueza de la decoración y la pintura.

Escultura

La escultura china nunca ha sido considerada una de las bellas artes, al implicar trabajo físico, lo que en absoluto se consideraba apropiado para un caballero. Salvo excepciones, el escultor estaba considerado un artesano. A diferencia de lo que sucedía con la pintura, las esculturas no eran objetos artísticos, sino que su utilidad estaba dentro del ámbito funerario, religioso o ceremonial. Mientras pequeñas figuras se esculpían durante la dinastía Sang, las más grandes en piedra son de más tarde, posiblemente por influencia de la parte occidental de Asia durante la dinastía Han. Las obras religiosas de mayor calado no aparecieron hasta que el budismo se estableció en el norte de China después de la dinastía Han.

Más que el tallado en piedra, en China fue común el modelado en terracota, de cuyos patrones partirían las fundiciones en bronce. Figuras funerarias de gran viveza y plasticidad fueron realizadas desde la dinastía Ch’in (221–206 BC) y T’ang, mientras otro tipo de escultura se hacía para los templos a gran escala y en arcilla, utilizando paja o algodón como aglutinante de unión. El ejemplo más famoso es el ejército de terracota de Xiang, compuesto por 8099 figuras a tamaño natural de caballos y guerreros. Los encargó realizar para su tumba el emperador Qin, con la intención de que su ejército le protegiera durante su vida después de la muerte. Llama la atención el hecho de que las figuras eran retratos auténticos de los guerreros, realizados con una capacidad y realismo sin igual hasta el momento.

La estética y fluidez derivadas del modelado en terracota, que seguía el movimiento natural de la mano del artesano, estaba influenciada por la caligrafía y la pintura, lo que afectó más, si cabe, a materiales más duros y difíciles como la madera y la piedra.

A partir de la dinastía Sung, el medio abstracto a través del cual se ensamblaba la piedra realizando falsas montañas para los jardines reales comenzó a considerarse también un arte escultural.

Jade, lacas, textiles y otros soportes

Hablar de arte chino incluye no olvidar otros soportes fundamentales como la cerámica, y los trabajos con laca, metales, textiles y jade. La cerámica esmaltada se desarrolló en China 2000 años a.C. y la porcelana procede del siglo VI, 1000 años antes de que se descubriera en Europa. La talla en jade, la sericultura (cría de gusanos productores de seda) y el tejido de la seda se remontan al neolítico, mientras que la pintura con lacas procede de la dinastía Shang. La fundición en bronce alcanzó 1000 años a.C. un nivel de perfección en absoluto lograda en el mundo occidental antiguo. En lo referente al estilo, todas estas artes compartieron con la escultura la deuda con la pintura y su estética, basada en la armonía, el ritmo y el movimiento de la línea.

Uno de los grandes inventos de la antigua China fue la porcelana, empleada para realizar todo tipo de objetos, desde útiles cotidianos hasta formas decorativas. Desde el punto de vista de su calidad, la porcelana de la dinastía Song (960-1279) es la más famosa, junto a la posterior de la dinastía Ming (1368-1644), gracias a la cual la porcelana comenzó a despertar la pasión e interés en occidente.

El jade ocupa otro lugar destacado en el arte chino, pues su valor era equiparado al del oro, aunque con connotaciones más nobles. También se le atribuían una serie de virtudes que trascendían lo físico y su apariencia, tales como la bondad, la rectitud, la tranquilidad, la sabiduría, la nobleza, etc. Otra cualidad era su indestructibilidad, lo que hacía que no sirviera únicamente para realizar objetos artísticos y de lujo sino para hacer formas rituales ligadas al confucionismo y al taoísmo, así como elementos protectores de los muertos en las tumbas.

La piedra de la que partía el jade era la nefrita, un silicato cálcico de hierro y magnesio que en estado puro es blanco, pero puede ser verde, color crema, amarillo, marrón, gris, negro o moteado con impurezas de hierro. A causa de su dureza, el jade no podía ser tallado o cortado con herramientas de metal, por lo que tenía que ser laboriosamente taladrado, picado o serrado empleando una pasta abrasiva para luego utilizar una herramienta mecánica de pulido, siempre tras haber sido reducido a bloques o a finas losas.

El trabajo con laca tuvo su origen durante la dinastía Shang. Procedía de un jugo extraído del árbol de la laca que tenía unas extraordinarias cualidades de endurecimiento, por lo que se utilizaría para recubrir vasijas cuyo núcleo podía ser de madera, bambú o tejido. Si se le añadían pigmentos, podía servir también para decorar las capas más superficiales de las vasijas. Al ser pegajosa, la laca debía aplicarse lentamente con un pincel a base de trazos fluidos, curvilíneos y elegantes. Gracias a su resistencia e impermeabilidad, copas de vino y otras vasijas han sido encontradas en perfectas condiciones provenientes el siglo V a.C.

Las formas iban desde cofres de considerable tamaño, soportes en forma de pájaros o animales hasta los útiles más cotidianos, como cajitas en forma de nido para el baño o cubiertos y utensilios para servir la mesa. En la época de los Reinos Combatientes fue tal el valor que adquirieron las vasijas de laca que superó en diez veces al bronce, convirtiéndose además en los objetos preferidos de la aristocracia para las ofrendas ceremoniales.

La sericultura pronto se convirtió en un una importante fuente de ingresos de la economía rural china. Su origen está en una leyenda que cuenta que la esposa del mítico emperador Hunag-ti, fue quien enseñó al pueblo este arte. En las tumbas de Ma-Shan, datadas entre los siglos IV y III a.C. se han encontrado magníficos ejemplos de brocados, gasas y bordados con dibujo, así como las primeras prendas enteras. A pesar de que gracias a la Ruta de la Seda este arte chino pronto alcanzó diversas regiones del Mediterráneo, el conocimiento de la elaboración, su producción y técnicas no llegaron hasta estos lugares hasta el siglo VI.