Literatura española

José de Espronceda

La literatura española comprende el conjunto de manifestaciones literarias producidas en lengua castellana en España, desde que esa lengua se diferenció del latín en el siglo XIII. En el territorio español también se desarrollaron literaturas en otras lenguas como la catalana, la vasca o la gallega, a las que se estudia como entidades independientes, en tanto que correspondientes a lenguas netamente diferenciadas de la española.

La literatura española medieval y renacentista

En términos globales, las creaciones literarias correspondientes a autores de origen hispano podrían retrotraerse hasta la época clásica romana, en la que poetas como Marcial o pensadores como Séneca, nacidos en la Hispania romana, alcanzaron gran renombre. Otro tanto podría decirse de escritores del periodo visigodo, como san Isidoro de Sevilla. Sin embargo, en puridad, estos autores se encuadran en el ámbito de la literatura latina, ya que ésta fue la lengua en la que produjeron sus obras. Lo mismo vale, trasladado a otros ámbitos lingüísticos, para los hispanoárabes de al-Ándalus, que tuvieron como exponentes destacados a Averroes o Abentofaíl, o para el lírico judeoespañol Ibn Gabirol.

En definitiva, las primeras manifestaciones de la literatura española se suelen identificar con las jarchas, breves composiciones poéticas de tema generalmente amoroso, que se incluían al final de composiciones mayores, en árabe y hebreo, a las que se conoce como moaxajas. Las jarchas comenzaron a difundirse a partir del siglo XI.

De las luchas entre los nobles visigodos, entre sí y contra el árabe invasor, nacerían los primeros poemas épicos, como el de Los siete infantes de Lara, sólo conservado en transcripciones en prosa. El primer cantar de gesta en español medieval que alcanzó difusión fue el Cantar de mío Cid, en el que se glosan las hazañas del noble Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid Campeador, y cuya copia más antigua data de 1307, aunque se le atribuye un origen anterior en algunas décadas.

La temática de las gestas heroicas determinó la aparición del llamado mester de juglaría, que, junto al poema del Cid, generó otras obras como el llamado Cantar de Roncesvalles, adaptación del Cantar de Roldán francés, en la que el protagonismo es adoptado por Bernardo del Carpio, trasunto español del paladín carolingio.

Como contraposición al de juglaría, en los siglos XIII y XIV adquirió prevalencia el mester de clerecía, escuela poética que aunaba la producción lírica de clérigos y hombres cultos. De ella forman parte poemas anónimos, como el Libro de Apolonio o el Poema de Fernán González, así como las creaciones del primer poeta español de quien se conoce el nombre, Gonzalo de Berceo, autor de Los Milagros de Nuestra Señora y, posteriormente, las de Pedro López de Ayala, autor del Rimado de palacio.

Singular relevancia adquirió también Juan Ruiz, Arcipreste de Hita, cuyo Libro de buen amor, biografía imaginaria en verso de su autor, constituye una de las más peculiares expresiones de la literatura medieval.

La figura del rey Alfonso X el Sabio adquirió asimismo una importancia capital en las letras españolas del medioevo, al realizarse bajo su impulso una ordenación de la prosa castellana en diferentes ramas del saber. De ello fueron testimonio los Libros del saber de astronomía o la Grande e general estoria. Especial mención merecen las Cantigas de Santa María, escritas en lengua galaico-portuguesa por el propio monarca.

La prosa medieval alcanzó también altas cotas en El conde Lucanor, del infante don Juan Manuel, mientras que los Sonetos fechos al itálico modo, del marqués de Santillana; el Laberinto de Fortuna, de Juan de Mena, o las Coplas a la muerte de su padre, de Jorge Manrique, ya del siglo XV, incorporan elementos líricos de tendencia prerrenacentista. La misma anticipación puede percibirse en La Celestina o Comedia de Calixto y Melibea, de Fernando de Rojas, obra en prosa dialogada que constituye una de las cumbres de las letras de la época.

En el marco de la exaltación de la individualidad y del humanismo, propios del pleno Renacimiento, cabe encuadrar los poemas de Juan Boscán y Garcilaso de la Vega, así como las obras poéticas de inspiración religiosa de figuras como fray Luis de León, o los místicos santa Teresa de Ávila o san Juan de la Cruz. Sobresaliente fue también el renacer del género épico tras el descubrimiento de América, con ejemplos como La Araucana, de Alonso de Ercilla.

La prosa, cultivada con profusión dentro de incipientes formas del género ensayístico por humanistas como Juan de Valdés y Antonio de Guevara, vio renovados sus postulados en el contexto del Nuevo Mundo, con las abundantes crónicas de Indias, entre las que merecen mención la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, de Bernal Díaz del Castillo, o la Brevísima relación de la destrucción de las Indias, de fray Bartolomé de las Casas.

La novelística fue dominada por los libros de caballerías, entre los que cabe reseñar el Amadís de Gaula, publicado en 1508 por Garci Rodríguez de Montalvo, según una versión anterior de autor anónimo, y por la novela pastoril, una de cuyas principales expresiones sería la Diana, de Jorge de Montemayor.

Notable difusión alcanzó el género picaresco, representado por novelas como la anónima El Lazarillo de Tormes y el Guzmán de Alfarache, de Mateo Alemán, que tendrían continuación en títulos como La pícara Justina, de Fernando de Úbeda, o La vida del escudero Marcos de Obregón, de Vicente Espinel.

El Siglo de Oro

Los libros de caballería, la novela picaresca y también el género pastoril convergirían en el crisol que Miguel de Cervantes empleó para la composición de su novela El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, testimonio sin par de una época, y meditación imperecedera sobre la naturaleza humana, que habría de convertirse en una de las columnas de sustentación de la literatura universal.

El genio de Cervantes, del que nacieron otras obras maestras como las Novelas ejemplares o Los trabajos de Persiles y Segismunda, junto a obras teatrales como diversos entremeses y comedias, conformó una de las bases del periodo barroco, que entre los siglos XVI y XVII constituyó lo que se dio en llamar Siglo de Oro de las letras españolas.

En este marco, el refinamiento formal y estilístico dio lugar en la lírica a dos corrientes, el culteranismo, que a través de giros e hipérboles buscaba un efecto de artificiosidad, y el conceptismo, que tendía a la extrema concisión expresiva. Sus dos máximos exponentes fueron Luis de Góngora, autor de poemas como la Fábula de Polifemo y Galatea o Soledades, y Francisco de Quevedo, autor de una ingente obra poética, integrada por sonetos, letrillas y romances, muchos de ellos de ácido espíritu satírico, y de obras en prosa como la novela picaresca La vida del Buscón, llamado don Pablos, la alegoría Los sueños y creaciones filosóficas como el Tratado de la providencia divina. A reseñar la figura del también seguidor del conceptismo Baltasar Gracián (El criticón).

El teatro, desarrollado de manera progresiva desde formas medievales como los autos sacramentales, alcanzó en este periodo máxima pujanza, a partir de la obra de su gran renovador Félix Lope de Vega. Excepcional poeta (Rimas, Romancero general), Lope de Vega fue quien sentó las bases de la comedia barroca, con un ingente número de obras de gran viveza dramática y poética, entre las que cabe reseñar Peribáñez y el comendador de Ocaña, La dama boba, El caballero de Olmedo, El perro del hortelano o Fuenteovejuna.

Siguiendo la estela de Lope desarrollaron su producción teatral autores como Juan Ruiz de Alarcón, de origen mexicano, Francisco Rojas Zorrilla, Guillén de Castro (Las mocedades del Cid) y Tirso de Molina, autor de El burlador de Sevilla y convidado de piedra, primera adaptación escénica del mito de don Juan.

El arte dramático del Siglo de Oro encontraría su culminación en la producción de Pedro Calderón de la Barca, con cuya muerte a finales del siglo XVII se hace convencionalmente coincidir la conclusión de este fecundo periodo de las letras españolas. El teatro calderoniano alternó las comedias de enredo, como La dama duende, con dramas religiosos, filosóficos o de honor, como El mágico prodigioso, La vida es sueño o El alcalde de Zalamea, además de numerosos autos sacramentales.

Del neoclasicismo al romanticismo

El final del siglo XVII y las primeras décadas del XVIII se caracterizaron por ser el marco temporal de una fase de decadencia de las letras españolas, a pesar de las aportaciones de poetas neoclásicos como Juan Menéndez Valdés y José Cadalso, autor este último en prosa de las Cartas Marruecas, singular retrato social de la época. Original fue también la creación de los fabulistas Tomás de Iriarte y Félix María Samaniego, cuyas obras alcanzaron notable difusión.

En el teatro neoclásico cabe destacar la producción de Leandro Fernández de Moratín, autor de La comedia nueva o el café y El sí de las niñas.

El pensamiento ilustrado se encauzó en España a través de la obra de personalidades como fray Benito Jerónimo Feijoo y Gaspar Melchor de Jovellanos. La repercusión social, política y cultural de sus escritos e ideas quedó no obstante diluida en los acontecimientos de la turbulenta historia española de las primeras décadas del siglo XIX.

La guerra de independencia contra los franceses avivó el despertar de un vibrante espíritu nacional, que fue uno de los desencadenantes del movimiento romántico.

En el romanticismo literario español pueden diferenciarse dos tendencias. Una primera fue la integrada por un conjunto de escritores rebeldes e inconformistas, como Mariano José de Larra, de cuya obra sobresale la ingente producción periodística recogida en Artículos de costumbres, y los poetas José de Espronceda o Gustavo Adolfo Bécquer (Rimas y leyendas, Cartas desde mi celda). La segunda, de la que formaron parte, entre otros, el duque de Rivas (Don Álvaro o la fuerza del sino) y José Zorrilla (Don Juan Tenorio), guardaba posiciones tradicionalistas, en general más conservadoras.

El realismo y la generación del 98

La novela, que durante el periodo romántico había mantenido un papel secundario con aisladas expresiones de tipo costumbrista, adquirió un papel preeminente en la segunda mitad del siglo XIX, con el advenimiento del realismo. En este marco, las primeras manifestaciones, representadas por las creaciones de los andaluces Pedro Antonio de Alarcón (El sombrero de tres picos) y Juan Valera (Pepita Jiménez), y del santanderino José María de Pereda (Sotileza), adquirieron un planteamiento regionalista, de tono costumbrista.

Aunque también con encuadre localista, la dimensión narrativa se vio ampliada en escritores como Leopoldo Alas, Clarín, autor de La regenta, y Benito Pérez Galdós, quien en una extensa obra (Tormento, Fortunata y Jacinta, Episodios Nacionales) retrató la sociedad de su época con gran espíritu crítico.

Las premisas realistas evolucionaron hacia un naturalismo tendente a registrar los aspectos más sórdidos de los temas tratados, como fundamento para la creación de una más agria crítica social. Representante de esta tendencia fue Emilia Pardo Bazán (Los pazos de Ulloa).

La crisis derivada de la pérdida de las últimas colonias españolas, Cuba y Puerto Rico, en 1898, sirvió de base para el desarrollo literario, ideológico y filosófico de la denominada generación del 98, que buscó la regeneración espiritual, social y política de España, con influencias como el idealismo alemán o el modernismo hispanoamericano.

A ella pertenecieron, entre otros, Miguel de Unamuno, uno de sus principales sustentadores ideológicos y que en lo literario alumbró obras como La tía Tula, San Manuel Bueno, mártir y Del sentimiento trágico de la vida; José Martínez Ruiz, Azorín; Pío Baroja (El árbol de la ciencia, Zalacaín el aventurero) y el poeta Antonio Machado (Campos de Castilla). También se integra en esta misma corriente la creación de Ramón María del Valle Inclán, gran renovador de las artes escénicas con obras como Luces de Bohemia o Divinas palabras y autor de obras en prosa como Tirano banderas o las Sonatas.

Contemporáneos de esa generación, y encuadrados de manera ocasional en ella, fueron el dramaturgo Jacinto Benavente, el novelista Vicente Blasco Ibáñez, el filósofo José Ortega y Gasset, el lingüista e historiador Ramón Menéndez Pidal y el poeta Juan Ramón Jiménez, cuya creación lírica trascendería no obstante ese ámbito.

Cabe por otra parte consignar la importancia del género ensayístico, representado en la transición entre los siglos XIX y XX por el crítico literario e historiador Marcelino Menéndez Pelayo, autor de la monumental Historia de los heterodoxos españoles.

El siglo XX y la literatura española actual

Los inicios del siglo XX fueron testigos de la irrupción en el panorama literario de un conjunto de pensadores que generaron la corriente denominada novecentismo, a cuyo frente se situaron dos de los principales filósofos españoles de la época: Ortega y Gasset y Eugenio D'Ors.

En narrativa sobresalieron las figuras de Wenceslao Fernández Flórez, Ramón Pérez de Ayala o Gabriel Miró (El obispo leproso), mientras que en lírica destacaron las primeras composiciones del antes citado Juan Ramón Jiménez, quien desde premisas modernistas evolucionó hacia lo que el denominó “poesía desnuda”.

Este periodo se caracterizó también por la amplia aceptación popular de obras teatrales de tono costumbrista, como las de los hermanos Serafín y Joaquín Álvarez Quintero, los sainetes de Carlos Arniches o, con estilo abiertamente humorístico, las obras de Pedro Muñoz Seca y Enrique Jardiel Poncela.

No obstante, el grupo literario de mayor entidad de la época se centró en el campo de la poesía, con la llamada generación del 27, integrada entre otros por la figura descollante de Federico García Lorca, creador de un universo expresivo personal en poemarios como Romancero gitano o Poeta en Nueva York y en obras dramáticas como Bodas de Sangre, Yerma o La casa de Bernarda Alba. Junto a él, la generación contó con otros importantes poetas como Rafael Alberti, Jorge Guillén, Pedro Salinas, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Luis Cernuda o Vicente Aleixandre.

Diferenciados de este grupo destacaron también otros poetas como Miguel Hernández, muerto en prisión tras la guerra civil española, y León Felipe, quien tomó el exilio como referente argumental de su obra.

En el campo de la narrativa, la publicación de obras como La familia de Pascual Duarte, de Camilo José Cela, o Nada, de Carmen Laforet, marcó la orientación social de la novela española de posguerra. Otros novelistas que destacaron en este periodo fueron Miguel Delibes (El camino, Cinco horas con Mario, El hereje), Ramón J. Sender (Réquiem por un campesino español), Ana María Matute (Los hijos muertos, Olvidado rey Gudú), Gonzalo Torrente Ballester (Los gozos y las sombras) y los integrantes de la que se englobó bajo el término conjunto de generación del 50. De ella formaban parte, entre otros, Carmen Martín Gaite, Ignacio Aldecoa, Juan García Hortelano, Rafael Sánchez Ferlosio, los hermanos Juan y Luis Goytisolo, Luis Martín Santos y Juan Benet.

También se desarrolló en la posguerra española una corriente social en la poesía, con autores como Gabriel Celaya, Blas de Otero y José Hierro, a los que en una segunda etapa se unirían Ángel González, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez, Carlos Barral y Jaime Gil de Biedma, y los denominados novísimos, entre los que se cuentan Leopoldo María Panero, Antonio Colinas, Pere Gimferrer, Félix de Azúa y Luis Antonio de Villena.

En el ámbito teatral sobresalieron las creaciones de Antonio Buero Vallejo (Historia de una escalera, El concierto de san Ovidio), Miguel Mihura, Alfonso Sastre, Fernando Arrabal, buena parte de cuya producción fue realizada en Francia, Francisco Nieva y Antonio Gala, quien obtuvo también reconocimiento como novelista en obras como El manuscrito carmesí o La pasión turca.

Entre los principales nombres del panorama literario español creado en la España democrática tras la muerte de Francisco Franco pueden citarse los de Manuel Vázquez Montalbán, que adquirió gran popularidad a través de sus novelas de tema policíaco, Francisco Umbral, Manuel Vicent, Juan Marsé, José María Guelbenzu, Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina, Terenci Moix, Javier Marías o Juan José Millás.

Entre los autores que en la década de 2000 han alcanzado notoriedad, en muchos casos acompañada de amplia aceptación popular de sus obras, cabe citar a Almudena Grandes, Arturo Pérez Reverte, Manuel Rivas, Carlos Ruiz Zafón, cuya novela La sombra del viento supuso en su momento uno de los mayores éxitos editoriales de época reciente, Javier Cercas, Lorenzo Silva, Elvira Lindo, José Carlos Somoza, Julia Navarro o Espido Freire.

Esquema de la Literatura española

La literatura española comprende el conjunto de manifestaciones literarias producidas en lengua castellana en España. Las primeras manifestaciones de la literatura española son las jarchas, breves poemas amorosos que comienzan a difundirse a partir del siglo XI.

El estudio de la literatura española se realiza dividiendo la creación literaria por etapas cronológicas, que comienzan en la Edad Media y atraviesan el Siglo de Oro hasta llegar a la Edad Contemporánea, con creaciones marcadas por un antes y un después de la Guerra Civil Española.