Existencia de Dios

    La filosofía ha intentado hallar un discurso que pruebe la existencia de Dios desde los orígenes de la humanidad y las civilizaciones, lo que ha supuesto no pocas dificultades. A diferencia de la fe, que no necesita hacer uso de argumentos lógicos, el pensamiento ha tenido que enfrentarse a un sinfín de contradicciones para encontrar una formulación coherente de los argumentos que prueban la existencia de Dios.

    Uno de los argumentos más antiguos, que se halla presente tanto en Platón como en Aristóteles, es el que hace uso del principio de causalidad. Según este principio, todo lo que existe debe tener una causa que lo origine, y es posible encontrar las causas más próximas de todo lo que existe, de tal manera que el calor procede del fuego o la humedad del agua.

    Sin embargo, el mundo, en tanto que realidad global, no se puede explicar por las causas próximas o limitadas, sino que debe hallar su origen en una causa primordial y perfecta que no puede ser sino Dios, el creador de todo lo existente.

    En la misma línea se encuentra el argumento del diseño del mundo. Esta teoría, que se llama teleológica, afirma que del diseño perfecto del mundo hay que derivar la existencia de un creador o diseñador perfecto. Las cosas en el universo no son azarosas, parecen estar dispuestas de una forma inteligente. Como señalaba William Blake: en la simetría de las rayas que cubren la piel de un tigre hay que encontrar el más preciso y perfecto de los creadores.

    Otro argumento clásico que aborda la demostración de la existencia de Dios se basa en el movimiento, y fue defendido por Platón y por Santo Tomás de Aquino. Según esta teoría, el mundo está lleno de movimiento, y, como las cosas finitas no pueden hallar en sí mismas su principio de movimiento, éste debe proceder de otro cuerpo. Ahora bien, si todos los cuerpos deben su movimiento a otro cuerpo, cuando ya no existen más cuerpos observables en los que hallar el principio no hay más remedio que concebir una fuerza que es todo movimiento, que no es movida por nadie sino que ella misma lo mueve todo. Esta fuerza, que es Dios, es lo que Aristóteles llamó motor inmóvil.

    Los argumentos más célebres en torno la existencia de Dios son los de San Anselmo, que tienen su origen en la teoría de los grados de Aristóteles. Según San Anselmo, cuando se considera un bien cualquiera, que se halla presente en una persona, se puede concebir otra persona en la que ese bien sea más perfecto aún, de tal modo que es posible, grado a grado, llegar hasta un ser que alcance la bondad en un extremo insuperable e infinito. Este ser no puede ser humano, puesto que, por definición, el hombre es limitado e imperfecto, por lo que tal forma de perfección sólo puede hallarse presente en Dios.

    Por otro lado, continúa San Anselmo, si se parte del principio según el cual lo que existe es más perfecto que lo que sólo reside en la mente, negar que exista algo infinito o superior al hombre y su mente limitada es caer en un error y en una contradicción, puesto que todo lo que es superior existe.

    René Descartes hizo uso del mismo argumento en sus famosas Meditaciones, y demostró la existencia de Dios argumentando que había encontrado en su conciencia la idea de infinito, y que esa idea no podía proceder de un ser limitado, como el hombre, por lo que tenía que haber sido puesta allí por un ser que fuese infinito, que no puede ser otro que Dios.

    Por último, de manera similar a Aristóteles y Platón con su teoría de la causa primera, Leibniz habló de la existencia de Dios contraponiendo los conceptos de necesario y posible.

    Así, si existe algo posible es porque también debe existir algo que sea necesario, de tal forma que las posibilidades tengan algo real en lo que encarnarse o en lo que hacerse realidad. En consecuencia, tiene que existir un ser que sea necesario y del que partan todas las posibilidades. Este ser es Dios.