Anamnesis

    Platón llamaba anamnesis, o reminiscencia, al recuerdo que tiene el hombre en este mundo de la vida anterior, en la que contemplaba de un modo inmediato y directo las ideas. La anamnesis es una de las pruebas principales de la inmortalidad del alma. Pues “si este principio es exacto -escribe Platón en el Fedón- es indispensable que hayamos aprendido en otro tiempo las cosas de que nos acordamos en éste, lo cual sería imposible si nuestra alma no hubiera existido antes de asumir forma humana”. Es decir, para Platón es del todo imposible que se pueda aprender o estudiar algo de lo que no se tiene ninguna clase de noción.

    Lo anterior obedece a que, según los mitos platónicos, la existencia es el resultado de una caída. En su origen, el hombre es sólo alma y vive en el mundo de las ideas. Sin embargo, la imprudencia de una de las partes del alma hace que ésta caiga al mundo y se encarne en un cuerpo. Una vez que el alma se encuentra en el mundo de la materia y de las apariencias, la conciencia humana olvida todo lo que había visto en el mundo de las ideas, por lo que tiene que dedicarse a la filosofía para ir rememorando poco a poco lo que ha olvidado.

    Por tanto, la anamnesis es en Platón un principio activo del alma, aquello que hace que el alma despierte del “sueño” en el cual se halla sumida cuando vive entregada a las cosas y a la acción, y se olvida de la contemplación y del ser verdadero.

    Las consecuencias directas del concepto de anamnesis se pueden encontrar tanto en el mundo de la filosofía como en el mundo de la religión. Así, los primeros autores idealistas consideraron la historia como el proceso en el cual la conciencia va recordando sus orígenes; mientras que el pensamiento ortodoxo cristiano entendió que la vida es una condena que sólo tiene como fin prepararse para ver a Dios.

    Platón desarrolló el concepto de anamnesis no sólo en el Fedón, sino también en otros diálogos, como el Menón, el Fedro o las Leyes. Se trata de una noción central dentro del platonismo.