Beatitud

    El concepto de beatitud impregna de principio a fin el mundo de la religión, y constituye el estado espiritual idóneo gracias al cual se escapa de los sufrimientos del mundo laico para acercarse a lo divino. En el mundo de la filosofía surgió como un término muy similar al de felicidad, aunque pensadores como Aristóteles se apresuraron a matizar su sentido. Para este pensador, la felicidad depende del mundo, es un estado espiritual relativo a la existencia mundana, mientras que la beatitud hace referencia a un bienestar que es ajeno al mundo sensible, al mundo corporal.

    En consecuencia, cuanto más se desarrolla la capacidad para dedicarse a la contemplación de las ideas puras y más ascética es la vida, más cerca se halla el hombre de la beatitud. Por el contrario, los animales y las formas de existencia más instintivas se hallan sujetos a la felicidad, no a la beatitud.

    Los estoicos y los neoplatónicos dedicaron muchos estudios al cultivo de la beatitud, que identificaban con los dioses y la vida contemplativa, pasiva, que no siente los dolores de la existencia.

    El pensamiento cristiano entendió que la beatitud era un primer acercamiento a la vida futura, no terrenal, en la que todo es contemplación de Dios e inactividad. Sin embargo, la beatitud que se puede hallar en la vida ordinaria es imperfecta, y se basa en el estudio de las ideas divinas.

    A partir del siglo XV, los significados de los dos conceptos quedaron casi definitivamente separados. Para los primeros pensadores modernos, la beatitud se identificaba con la felicidad que resulta de la vida religiosa piadosa; mientras que la felicidad queda restringida al mundo de la razón, la acción y la moral. Sin embargo, algunos autores modernos que identificaban lo divino con lo mundano, la felicidad y la beatitud no se diferencian en absoluto.

    Así, para filósofos panteístas como Baruch de Spinoza y Johan Gottlieb Fichte, contemplar a Dios es lo mismo que contemplar el mundo, su obra, en la que se refleja, en la que se halla presente.En consecuencia, la plenitud que se deriva de la contemplación del mundo es la misma que se obtiene de la observación de Dios, puesto que en último término se trata de las mismas realidades.

    A partir del siglo XIX, el concepto de beatitud desaparece dentro del mundo de la filosofía, puesto que se considera que se trata de una realidad que concierne sólo al ámbito religioso. Sin embargo, dentro de la psicología contemporánea se empezó a emplear el término para hacer referencia a un conjunto de estados psicológicos patológicos, caracterizados por la pérdida del sentido de la realidad. De esta manera se recoge el sentido filosófico originario y se aplica a una enfermedad mental, que remarca la distancia entre la mente y el mundo.

    En lo que se refiere al mundo de la religión, el concepto de beatitud recorre transversalmente la historia de todas las grandes religiones; no sólo los cristianos hablan de personajes beatos, que consiguieron imponer la espiritualidad de la visión de lo divino a los placeres y los vicios de lo mundano. La mayor parte de la filosofía y la espiritualidad oriental se basa en el olvido de lo terrenal y lo corporal, que es anulado por la meditación.

    No en vano, para el budismo, que encuentra en el nirvana la máxima expresión del olvido de lo vital, la beatitud consiste en la absoluta pérdida del sentido de lo vital. No se trata ya sólo de no hacer caso a las impresiones que proceden de los sentidos y a no dejarse alterar por los dolores de la existencia, sino también, y sobre todo, de evitar que el pensamiento llene la interioridad de la conciencia de imágenes que hagan creer en la realidad de lo externo.

    La beatitud se presenta, en definitiva, como la negación de la existencia no divina, ya sea en un ámbito religioso, filosófico o psicológico; y es el resultado de una fuerte disciplina física y mental basada en la fe en la existencia de realidades no mundanas.En consecuencia, lo opuesto a la beatitud se halla en la sensualidad, en la consideración de los sentidos y de las impresiones que proceden de éstos como la máxima realidad.