Gracia

    La gracia está en estrecha relación con la salvación del alma y constituye uno de los más importantes pilares religiosos dentro del cristianismo. Grosso modo, hace referencia a la obtención de un don que se recibe de Dios, al margen de los méritos o de los actos personales.

    Uno de los primeros textos en los que se hace una descripción prolija del sentido del concepto se encuentra en la Epístola a los romanos de San Pablo, en la que se remarca el carácter gratuito de la gracia. Sin embargo, los pensadores cristianos medievales fueron los que más importancia dieron a este don.

    El concepto de gracia posee unas fuertes implicaciones que determinan cómo es la salvación del hombre. Según la religión cristiana, el mundo no es sino una forma de existencia en la que el ser humano debe ganarse la salvación. Con la muerte viene el juicio de Dios, y tras éste la subida a los cielos y la salvación o el descenso al infierno y la condenación.

    La gracia juega un papel fundamental dentro del proceso de redención. Si la salvación depende sólo de los dones que otorga Dios, el hombre no puede hacer nada por salvarse; por el contrario, si la gracia es concedida a todos los hombres desde que nacen, no tiene sentido esforzarse, puesto que la salvación está garantizada para todos los seres humanos.

    Según San Agustín, la totalidad de la raza humana está condenada desde que es concebida, ya que el pecado original, cometido por Adán, se transmite a todos los hombres por el mero hecho de ser tales. Sin embargo, continúa el pensador cristiano, a través de una vida piadosa es posible salvarse; claro que esa vida alejada del pecado sólo es accesible para los virtuosos, que lo son en virtud de la gracia de Dios.

    Esta teoría supuso no pocos problemas para la iglesia católica, ya que con ella se estaba negando la libertad de acción del hombre. Así, sólo los que Dios eligiese de modo caprichoso estarían salvados; mientras que el resto, por mucho que hiciesen, estarían condenados sin remedio.

    Martin Lutero y Juan Calvino no pudieron permanecer al margen de estas disquisiciones, y aceptaron en cierta medida lo que San Agustín afirmaba, aunque matizando lo referido a la libertad del hombre. Según las obras agustinianas, no se trataba de que el hombre careciese de libertad, sino más bien de que la libertad del ser humano debía coincidir con la de Dios, con su gracia. Sin embargo, Lutero y Calvino no pudieron evitar ver en esta afirmación la negación de la libertad del hombre: Dios elegía a los que se salvaban dándoles la gracia y convirtiéndolos en hombres piadosos; pero también condenaba, por alguna justicia incomprensible para la mente humana, al resto de la humanidad. Frente a esta postura, que se podría llamar determinista, existe otra que afirma que el hombre sí es libre en sus actos y que a través del esfuerzo puede ganarse la gracia de Dios.

    En la edad media, San Anselmo mantuvo que la humanidad estaba sujeta al libre albedrío, podía decidir su destino; pero que Dios, que todo lo sabe, incluso lo que aún no ha sucedido, daba la gracia a los que ya sabía que iban a ser píos.

    Una solución similar fue la que propuso Santo Tomás de Aquino, haciendo de la gracia divina una forma de determinación débil, que si bien es un requisito necesario para la salvación del alma, sólo es otorgada a partir de la libertad en el actuar humano.

    En cualquier caso, la gracia aparece en el horizonte de la religión cristiana como una de las realidades más complejas y paradójicas, ya que pone en entredicho el valor del actuar humano y su libertad. No en vano, las diferencias entre los distintos pensadores religiosos medievales y modernos a propósito del asunto condujeron a no pocos concilios, rupturas y disidencias, como es el caso del Reformismo.

    Dentro del mundo del pensamiento no cristiano, cabe destacar muy en particular la obra de Leibniz, quien en su Teodicea trató el tema de la libertad, la gracia, el mal y la salvación.