Mal

El mal, junto con el bien, es uno de los conceptos más elementales e importantes de la historia del pensamiento y de las religiones. Tanto es así, que se puede afirmar que se trata de una noción que atraviesa toda la historia de la humanidad, encontrando distintas caracterizaciones dependiendo del credo o la cultura.

Formas del mal

Se puede hablar, en líneas muy generales, de dos formas del mal:

1. El mal metafísico. Incluye el mal religioso; y supone la negación del bien metafísico, que no es otra cosa que el ser. Si se entiende que la creación es buena, que el hecho de que existan cosas es un bien en sí mismo, que no depende de ningún otro bien, el mal metafísico es la ausencia de ser, es que no existan cosas.

Los estoicos y los neoplatónicos se mostraron muy explícitos al respecto, y afirmaron que cada vez que se extrae alguna clase de elemento de un todo se crea el mal. Los pensadores cristianos como Orígenes y San Agustín mantuvieron este punto de vista, ya que creían que el mal no era sino la privación del bien, la ausencia de lo bueno. Esto es bastante lógico si se considera que para los cristianos la creación es fruto de Dios, que es el creador infinitamente bueno y justo, por lo que todo lo que éste haya creado no puede ser sino bueno. Sólo la ausencia de ser es, por tanto, mal. Boecio lo expresaba a la perfección al escribir: "El mal es nada, porque no lo puede hacer aquél (Dios) que puede todo".

El argumento anterior se convertiría en una de las bases de la Teodicea de Leibniz, quien trató de justificar con su pensamiento la existencia relativa del mal. El pensador racionalista mantenía una postura muy similar a la de los autores cristianos, y creía que el mal no era una sustancia, no tenía existencia por sí mismo; sino que era relativo al ser, a lo que existe. Así pues, en la tradición occidental que va desde los estoicos hasta Hegel, el mal no es sino la ausencia de bien, la ausencia de ser.

Ahora bien, como no podía ser de otra manera, en Oriente se entendió el concepto de mal de una manera distinta, lo que ha determinado en gran medida la esencia de las grandes religiones asiáticas. Para Zoroastro o Zaratustra, el mal no es la privación de nada, ni tampoco la ausencia de bien. El mal posee su propia sustancia, y convive junto al bien. Esta teoría, tan difícil de aceptar para los occidentales, suponía que Dios estaba dividido en dos mitades antagónicas; o también que junto al dios bueno existe un dios malo.

Después de los primeros pensadores y religiosos persas, los gnósticos y los maniqueos de principios de la era moderna mantuvieron estas ideas, que siempre tuvieron que enfrentarse a la postura de los cristianos, defendida por pensadores como San Agustín o Santo Tomás.

2. El mal subjetivo. Está relacionado con la manera particular que tiene cada persona de entender el mundo. El mal se entiende como lo contrario de lo que se desea, de lo que gusta. Así pues, se define siempre en forma negativa, a partir de su contrario, que es el bien, que es lo que se desea. El mal subjetivo parte de la teoría del bien subjetivo, que fue defendida por un gran número de pensadores modernos como Thomas Hobbes o John Locke. Éstos insistieron en el hecho de que el mal y el bien siempre debían ser entendidos a partir de las apetencias, los deseos y la satisfacción en su sentido más vulgar, menos metafísico.

Immanuel Kant, aun compartiendo el sentido más estricto del concepto, prefirió hacer del mal no sólo una apetencia irracional, sino también y sobre todo una cuestión intelectual, que depende del juicio de la razón. Más tarde, se comenzó a hablar de valores y desvalores en lugar de bondad y maldad, con lo que el mal pasó a ser caracterizado como lo opuesto al valor, como un contravalor, a pesar de que su sentido continuase siendo básicamente el mismo.