Filosofía del yo

    Aunque no exista propiamente una filosofía del yo, se llama así a las distintas doctrinas que han concedido al sujeto un papel primordial dentro del análisis del hombre y del mundo. Estas doctrinas van desde la consideración de que el yo se identifica con la conciencia y es sustancial, hasta aquellas corrientes que consideran que el yo es sólo una ilusión.

    Platón y Aristóteles, por ejemplo, identificaron el yo con el alma, y lo sumieron dentro de un orden metafísico preciso en el que tenía la función de conocer. La edad media, por su parte, hizo una interpretación religiosa del yo clásico para identificarlo con la fe en Dios, que es su creador.

    Sin embargo, la primera filosofía sustancial y relevante del yo es la desarrollada por René Descartes en los inicios de la modernidad. Para el filósofo racionalista francés, el yo, la res cogitans, es la primera realidad que se descubre a través de la aplicación de la duda metódica, de tal modo que supone la primera sustancia del mundo.

    Cogito ergo sum quiere decir que la conciencia es capaz de descubrir su propia existencia a través del empleo de la razón pura, y que constituye una sustancia autónoma que se opone a la res extensa. Esta concepción sustancial del yo supone además la consideración de que el sujeto puede y debe conocer la totalidad de lo real para dominarlo y transformarlo.

    Sin embargo, el yo sustancial fue rápidamente criticado por los autores empiristas como John Locke y David Hume, quienes señalaron que el yo no era sino una realidad derivada de los estímulos que recibía el sujeto, y que, por tanto, no era una realidad sustancial.

    El yo volvió a ser sustancializado por la filosofía idealista, que situó al sujeto y a la conciencia en el centro de la creación y la existencia, hasta que los tres filósofos de la sospecha, Karl Marx, Friedrich Nietzsche y Sigmund Freud, vinieron a acabar con la clásica filosofía del yo.

    Karl Marx señaló que el yo no era sino una marioneta que estaba condicionada de principio a fin por las condiciones materiales y económicas.

    Friedrich Nietzsche opinaba que el yo sólo era una máscara tras la que se escondía la verdadera esencia del hombre y el mundo: la voluntad de poder.

    Sigmund Freud, por último, explicó a través del psicoanálisis que el yo era el resultado de la lucha entre una serie de procesos conscientes e inconscientes, que acaban con la pretendida sustancialidad de la identidad.

    El siglo XX heredó en gran medida el diagnóstico negativo de los filósofos de la sospecha, y los postmodernos hablaron de la muerte del sujeto junto a la muerte de Dios. Otros autores, sin embargo, prefieren pensar que el yo sigue siendo igual de relevante y sustancial que en la primera modernidad.