Escuela cirenaica

    La escuela cirenaica fue fundada hacia el siglo IV a.C., en tiempos de Sócrates, por Aristipo de Cirene. A su alrededor se agruparon una serie de pensadores griegos, entre los que destacaron Hegesías, "el abogado de la muerte", o Teodoro, "el ateo".

    Los cirenaicos fueron unos pensadores que se preocuparon fundamentalmente por el tema de la moral, lo que hace que muchos historiadores vean muchas similitudes entre su ideario y el de los pensadores cínicos.

    Así, en primer lugar, negaban la verdad de los conceptos, de los que no se fiaban, y consideraban que la única manera de saber si algo era cierto era a través de los sentidos y del placer. Sin embargo, lejos de practicar un hedonismo desordenado, consideraban, al igual que Epicuro, que la felicidad se encontraba en la tranquilidad y en la satisfacción medida de los propios deseos.

    El relativismo que adoptaron a partir de la influencia de Protágoras los llevó en ocasiones a un pesimismo extremo, que Hegesías llevó hasta sus últimas consecuencias. Así, se cuenta que el abogado de la muerte invitaba a los ciudadanos griegos a que se suicidasen para escapar del dolor de la existencia, lo que hizo que fuese apresado y encarcelado.

    Sin embargo, otros pensadores cirenaicos optaron por buscar consuelo en otros valores vitales, como el amor a Grecia o a la amistad.

    Esta división de posturas hizo que de la escuela cirenaica derivasen otras escuelas menores, que se adherían al pensamiento de cada uno de los miembros de la corriente cirenaica original. Posteriormente, las ideas de los cirenaicos fueron utilizadas para justificar una vida desahogada y caprichosa.

    La posteridad ha heredado de los cirenaicos su teoría del placer, según la cual, éste constituye la posibilidad de la felicidad humana y consiste en un sistema ordenado y jerarquizado de momentos que hay que aprovechar. Esta actitud se suele traducir actualmente bajo el lema del carpe diem: aprovecha el momento.