Antihistoricismo

    El antihistoricismo es un término acuñado por Benedetto Croce con el fin de hacer referencia a una postura intelectual adoptada en algunas épocas del pensamiento y la cultura. De manera más concreta, el concepto fue empleado para hablar de los pensadores que desarrollaron su actividad a lo largo de la Ilustración.

    Según Croce, una de las características más elementales del pensamiento ilustrado es su tendencia a contraponer un mundo ideal a un mundo real, que existe de hecho. Esto es: se distingue entre el mundo imperfecto, que existe efectivamente, y un mundo perfecto, que no existe pero que sí dice cómo debe ser aquél.

    Para Croce, esto supone una negación de la vida, así como la supresión de la historia. Si el mundo real sólo es una realización imperfecta de los grandes ideales que propugnaban los ilustrados, la historia del hombre queda supeditada a una realidad que no existe, vaciando el presente de significado y peso.

    En contraposición al antihistoricismo ilustrado, se encuentra el historicismo puro de Hegel. Para el pensador idealista, la historia real de la humanidad es la efectiva realización de las ideas racionales que alberga el espíritu. El hombre y su esfuerzo, el hombre y la política, con sus instituciones y sus conceptos, no son sino la progresiva materialización de la razón. Así pues, en lugar de negarse la historia, ésta es afirmada, se convierte en el centro de la existencia y en el sentido de la realidad.

    Sin embargo, hay que entender que en el diagnóstico de Croce hay un mucho de pesimismo e incomprensión. Es posible que los ilustrados, como es el caso de Immanuel Kant, pusiesen todas sus esperanzas en la realización de unos ideales que parecían completamente alejados del mundo real y de su historia. Pero esto tenía su razón de ser: el mundo del deber ser, de la perfección, es un ideal regulativo, la perfección a la que hay que apuntar, a pesar de que nunca llegue a hacerse realidad.

    Es más, muchos autores insisten en que el espíritu crítico de la Ilustración no tenía otro objeto que el de acabar con los errores del pasado, razón por la cual se acuñaron los deberes y los ideales regulativos.