Escepticismo

    Contra lo que suele pensar, el escepticismo no consiste en mantener un relativismo continuo. No se trata de que todo sea relativo o de que todo sea mentira. Como indica el mismo sentido de la palabra escéptico, de lo que se trata es de estar alerta, de no dejar de buscar. El escéptico no se contenta con ninguna verdad porque considera que ante cualquier razón o argumento, se puede aducir otra razón o argumento de igual peso. El escéptico no se contenta con ninguna respuesta y decide seguir buscando, aun sabiendo que jamás hallará la verdad.

    Desde un punto de vista académico, el escepticismo se desarrolló en Grecia hacia el siglo II a.C. en dos escuelas distintas: la de Pirrón, que generó las nociones más extendidas y aceptadas del escepticismo puro; y la de la Nueva Academia, que aunque mantuvo las mismas ideas esenciales, prefirió adoptar una moral y una ciencia comunes, ortodoxas, no cínicas, para poder vivir adecuadamente en la polis.

    Debe entenderse que un escepticismo puro, llevado hasta sus últimas consecuencias, no sería capaz de adecuarse a ninguna realidad social, ya que éstas se basan en verdades y convenciones. Por lo tanto, no es de extrañar que muchos pensadores de la escuela escéptica decidiesen tomar algunas verdades provisionalmente, con un sentido práctico.

    Poco después, desde el siglo I a.C. hasta el siglo II d.C., existió otra escuela escéptica que se basó fundamentalmente en la obra de Pirrón. Así, la obra más relevante de este periodo fue Esbozos pirrónicos, escrita por Sexto Empírico.

    Posteriormente, el escepticismo puro fue olvidado por la filosofía medieval y moderna. Es cierto que autores como Michel de Montaigne dedicaron muchas páginas a la obra de Sexto Empírico o de Pirrón, y que empaparon su manera de entender la investigación filosófica de ese esfuerzo eterno que no se contenta con las verdades ordinarias. Pero, desde un punto de vista práctico, los filósofos modernos afirmaron que el escepticismo carecía de sentido.

    David Hume, que suele ser integrado dentro de esta tradición, pensaba que la acción, que la urgencia de la vida que impele al hombre a decidirse, es el mejor argumento contra el escepticismo puro de los antiguos. Es decir: es posible que no sea posible llegar a ninguna conclusión definitiva acerca de ningún asunto, pero la vida misma obliga al hombre a decidir aunque no esté seguro. No se puede basar la existencia en verdades absolutas porque es necesario alimentarse, trabajar, elegir entre la serie de posibilidades que ofrece continua y exhaustivamente la vida.

    Sin embargo, el hecho de que el escepticismo puro o radical careciese de sentido práctico no quiere decir que no inspirase en gran medida a la filosofía moderna y contemporánea. Cada vez que la humanidad se ha visto envuelta en medio de grandes verdades y dogmas impuestos por la ortodoxia, pensadores inspirados por un espíritu escéptico han derribado todas las certezas haciendo uso de otras certezas igualmente válidas, pero absurdas. El propio René Descartes partió de una duda metódica para después establecer unas verdades universales indubitables, casi dogmáticas. No mucho tiempo después, Immanuel Kant se valió del escepticismo moderado de David Hume para criticar el racionalismo de René Descartes.

    Los escépticos son útiles en cualquier esfera de la vida para generar dudas en aquellas situaciones intelectuales o religiosas en las que no se evoluciona, en las que se resta vida o espontaneidad a los sujetos. Es más, las grandes revoluciones en el mundo del pensamiento, la religión o la ciencia han partido de incrédulos que no se contentaron con los resultados obtenidos por la ortodoxia. No cabe duda de que Nicolás Copérnico no se contentó con la visión escolástica del universo; o de que los grandes mesías religiosos buscaron más allá de los credos establecidos.

    Así, el escepticismo no es tanto una escuela filosófica como una actitud ante la vida; y si bien es cierto que no es posible llevar sus consecuencias hasta el terreno práctico, también lo es que sería imposible avanzar, progresar dentro de la existencia sin un mínimo de espíritu escéptico y crítico.