Feminismo filosófico

    El feminismo filosófico es una corriente del pensamiento que, aunque comenzó a fraguarse hacia los siglos XVIII y XIX, no tuvo una expresión determinante hasta el siglo XX, pasando a constituir una de las claves del pensamiento actual gracias a una serie de autoras, como Olympe de Gouges, Mary Wollstonecraft y, sobre todo, Simone de Beauvoir.

    A grandes rasgos, el feminismo filosófico pretende conseguir en el mundo de las ideas lo que otras formas de feminismo pretenden lograr en el mundo de la política o de las artes. De lo que se trata es de mostrar cómo la historia de la filosofía ha supuesto en la realidad la historia de un desagravio contra un género manipulado e incomprendido.

    Así, las autoras feministas reinterpretan a los grandes autores y las obras más notorias de la filosofía, fijando su atención en la manera en la que se ha solapado la importancia de la mujer. Aristóteles, por ejemplo, que afirmaba que no se podía considerar a la mujer como un ser libre para participar de la democracia ateniense, es objeto de severas críticas por parte de Simone de Beauvoir.

    Esta última pensadora fue para muchos la feminista más relevante del siglo XX, ya que pudo dar una gran amplitud a su pensamiento gracias a su adhesión al existencialismo y a su amistad con Jean-Paul Sartre, quien era una celebridad en Francia.

    Su obra más relevante es El segundo sexo, en la que describe en clave existencialista la manera en la que se ha llegado a hacer de la mujer una persona de segunda categoría. Así, según la pensadora francesa, la discriminación de la mujer no se debe a ninguna diferencia de orden físico ni mental, sino a la asunción de una serie de roles arcaicos e interesados que crean una imagen de la mujer sumisa, entregada e inoperante.

    Sin advertirlo, casi de manera inconsciente, la niña recibe de su entorno una imagen de cómo debe ser, de qué es una mujer; en el caso de no asumir el rol que la sociedad tiene previsto para ella, cuando crezca será tildada de neurótica y enferma.

    Sin embargo, desde un punto de vista existencial, la mujer, al igual que el hombre, se hace actuando, y ninguna clase de idea previa puede restarle su independencia y su valor.