Hedonismo

    El hedonismo consiste en la búsqueda del placer propio, entendido como el fin de la conducta moral. Así pues, no se trata tanto de la búsqueda desordenada del placer como de una búsqueda calculada del mismo. En tanto que corriente filosófica, el hedonismo se desarrolló en la Grecia clásica, gracias a la escuela cirenaica, que procedía de la socrática. El máximo representante de esta escuela fue Aristipo.

    Sin embargo, el hedonista más célebre de todos los tiempos fue sin lugar a dudas Epicuro, al que llamaban el sabio. El hedonismo epicúreo se caracteriza porque realiza una consideración racional del placer, entendido como lo opuesto al dolor y la infelicidad. Por tanto, para Epicuro, el comportamiento humano debe entenderse siempre a partir de estos dos polos enfrentados. Así, la moral debe buscar la manera de encontrar la mayor cantidad de placer y la menor cantidad posible de dolor. De la victoria del placer resulta la felicidad.

    Ahora bien, el hedonismo de Epicuro no es una postura banal que se resume en la búsqueda indiscriminada de cualquier forma de placer. Hay que entender que se trata más bien de evitar el dolor, por lo que es necesario evitar todos aquellos placeres que terminan derivando en dolor.

    A partir de esta idea, Epicuro desarrolló una jerarquía de los placeres, situando en el nivel más pobre aquellos que son fugaces e instintivos, y en el más alto los duraderos, que suelen estar emparentados con la razón. Posteriormente, la cultura popular se encargó de simplificar las ideas de Epicuro, entendiendo precisamente lo contrario de lo que él propugnaba.

    La búsqueda del placer desapareció dentro del mundo de la ética y de la filosofía durante todo el medievo, más preocupado por hacer coincidir la razón y la fe. Sin embargo, a partir del Renacimiento algunos pensadores volvieron a centrar su atención en el concepto. Así, Thomas Hobbes dedicó muchas páginas a la búsqueda de la felicidad y el placer, siempre dentro de un punto de vista egoísta y materialista.

    Ya en los siglos XVIII y XIX los utilitaristas ingleses volvieron a interesarse por el fenómeno del placer y su relación con la moral y la felicidad. Sin embargo, dejaron de considerarlo desde un punto de vista egoísta para entenderlo como un fin común para la sociedad, que consiste en la búsqueda de la mayor cantidad de placer para el mayor número de personas.