Idealismo

    El concepto de idealismo ha corrido diversas suertes a lo largo de la historia de la filosofía, ya que ha sido empleado para referirse a realidades muy distintas. Así, a pesar de que se emplease inicialmente para hablar de la teoría de las ideas de Platón en oposición al materialismo de otros autores presocráticos, su uso fue pronto desestimado y se adecuó a la teoría del conocimiento y a una escuela filosófica muy concreta.

    El idealismo gnoseológico fue acuñado por Wolff, aunque se debe a Immanuel Kant su significación más plena. Para el gran racionalista crítico, el idealismo consiste en la consideración de que los objetos y las relaciones que se dan entre ellos sólo existen en la mente. No se trata tanto de la puesta en duda de la existencia de los objetos reales, tal y como hizo René Descartes, como de la certeza de que sólo existe aquello que aparece en el entendimiento. Un ejemplo de este idealismo radical sería la obra de Berkeley, quien no concedía ninguna clase de realidad a todo lo que presuntamente se encontrase fuera de la mente humana.

    Kant llamó a este idealismo, idealismo dogmático, para diferenciarlo de su propio idealismo, conocido como trascendental. El idealismo kantiano se diferenciaba del materialista o dogmático en que pretendía precisamente todo lo contrario que aquél. Lejos de afirmar que lo real sólo reside en la mente, afirmó que era una conjunción legal de lo material, de lo que se halla más allá del entendimiento, de lo que se percibe a través de los sentidos, y de las formas puras del entendimiento, de la estructura fundamental de las ideas.

    Sin embargo, aun sin pretenderlo, Immanuel Kant estaba abriendo las puertas a los idealistas puros, a los idealistas románticos. Arthur Schopenhauer, por ejemplo, partió del idealismo trascendental para hacer del mundo una mera representación ideal, una falsedad compuesta por apariencias bajo las que latía una voluntad irracional, imposible de captar.

    El idealismo entendido como corriente concreta del pensamiento, desarrollada en un momento y en un espacio concretos, parte precisamente del idealismo trascendental de Immanuel Kant. Johann Gottlieb Fichte, pensador alemán de finales del siglo XVIII, había estudiado hasta sus últimas consecuencias las ideas que se derivaban de la Crítica de la razón práctica, que abría el camino de la libertad al sujeto. Sin embargo, el único obstáculo que le restaba a la razón para poder apropiarse de la realidad y transformarla, era el mundo en tanto que cosa, en tanto que materia opuesta a la libertad del sujeto.

    Fichte optó por relativizar el valor del objeto, del mundo, afirmando que lo primero era el sujeto, la razón, la idea, que tenía como destino ir más allá de la materia y transformarla. Así pues, el idealismo nació como una superación del kantismo y como una conquista revolucionaria y apasionada del mundo.

    Schelling, discípulo de Fichte, fue más allá e hizo del idealismo absoluto una descripción de la naturaleza y el mundo como el lento despertar de una conciencia universal que se apropia el mundo gracias a la conciencia.

    Ya a principios del siglo XIX, Georg Hegel comenzó a hablar en su obra magna, La fenomenología del espíritu, de un idealismo consumado, perfecto e insuperable. Para el pensador alemán, todo lo real es racional, y todo lo racional es real. Todos aquellos elementos que parecen no ideales deben ser comprendidos dentro de un gran proceso idealizador que transforma el mundo en idea. La historia es el campo de batalla entre la idea y la materia, batalla que el espíritu ha ganado aun antes de haber concluido. Esto es así porque la idea reconoce las derrotas parciales que se siguen de la finitud de la materia. Cada hecho aislado carece de sentido por sí mismo, y sólo cabe comprenderlo dentro de la victoria ineludible del espíritu.

    Sin embargo, lo que restaba del siglo XIX vino a desmoronar en gran medida el edificio idealista de Hegel. Kart Marx empleó sus teorías para transformarlas en materialistas. Schopenhauer, contemporáneo de Hegel, se preguntaba quién era el espíritu con desprecio; y Friedrich Nietzsche hablaba de la muerte de la historia o del sujeto.

    La importancia del idealismo en la historia del pensamiento es enorme. Se considera incluso que aun hoy existen muchas corrientes y escuelas que se basan en las ideas más esenciales de Hegel.