Individualismo (individuo)

    Se entiende por individualismo la corriente intelectual, política o filosófica que considera que el individuo posee un valor intrínseco superior al de las formaciones sociales o al de las comunidades.

    Los extremos del individualismo vienen determinados por el anarquismo, según el cual las agrupaciones de individuos carecen de valor alguno, mientras que el individuo, considerado aisladamente, es lo más valioso que se puede encontrar en la realidad humana. Sin embargo, no es habitual que se llegue a consideraciones tan extremas, y el individualismo encuentra en el liberalismo moderno su ámbito de desarrollo más ortodoxo.

    Según las formas de organización política más próximas al individualismo, éste se caracteriza por el reconocimiento de una serie de valores inalienables que no pueden ser violados por ninguna forma de organización social.

    Estos derechos, que se encuentran recogidos dentro del iusnaturalismo, también conocido como derecho natural, garantizan el respeto al individuo sea cual sea el contexto cultural en el que éste se desenvuelva. De esta norma básica se siguen otras realidades individualistas que se han visto recogidas dentro de diversos credos políticos.

    Así, el contractualismo parte de la idea de que la sociedad y las organizaciones políticas deben formarse siempre a partir de la comprensión del individuo como la realidad más valiosa dentro del mundo social.

    El liberalismo, por otra parte, trata de asegurar el derecho del individuo a emprender todas las empresas económicas que éste considere oportuno sin que se dé ninguna clase de ingerencia política o estatal que coarte la libertad económica de los sujetos.

    De esta manera, el individualismo suele apuntar a una lucha entre el Estado, entendido como la forma de organización política que constriñe a los sujetos, y el individuo, origen de toda forma de realidad plural.

    En cualquier caso, el concepto de individualismo sólo tiene sentido dentro de los márgenes establecidos por el concepto de individuo, que posee una larga y rica historia dentro de la historia de la filosofía.

    Los pensadores griegos fueron los primeros en determinar el alcance del concepto. Aristóteles, por ejemplo, lo definió como aquello que no puede ser dividido en más partes, dando a entender con ello que se trata de un hecho puro. Esta forma de entender al individuo se impuso a lo largo de toda la edad media, y no comenzó a ser cuestionada hasta el desarrollo del primer racionalismo.

    Así, Gottfried Leibniz, junto con otros pensadores modernos, introdujo importantes innovaciones en el término que cuestionaban su sentido clásico. Para éste, el individuo no es tanto aquello que no se puede dividir en más partes, como lo que posee un número infinito de determinaciones.

    Cuanto más generales son los conceptos, menos determinaciones tienen. Algo del todo lógico, si se considera que la amplitud del sentido de una palabra debe coincidir con la falta de determinaciones. De esta manera, cuanto más concreta es una cosa, más especificaciones hay que hacer.

    Por ejemplo, no es lo mismo hablar de las determinaciones de la humanidad como género que de las determinaciones de una persona concreta. Para determinar quién es un sujeto concreto, primero hay que definir qué es ser humano, luego qué significa pertenecer a un tipo determinado de ser humano, a continuación en qué país reside, en qué ciudad, cuánto mide, cuánto pesa, qué piensa, qué relaciones mantiene. Por el contrario, si lo que hay que determinar es la humanidad, basta con quedarse en aspectos generales.

    Otros autores, como Georg Hegel, han querido ver en lo individual la máxima expresión de la concreción. Así, frente a lo abstracto, que se aleja por completo de las realidades determinadas, el individuo es lo absolutamente concreto, lo que se encuentra sujeto a la realidad.

    De esta manera, el sentido del término individuo, sea cual sea el contexto en el que se comprenda, se encuentra determinado por las ideas de diferencia, originalidad, indivisibilidad e irreductibilidad: ningún sujeto, según el individualismo, puede ser reducido a otra categoría. Ni el Estado, ni el sistema, ni la economía ni ninguna clase de disciplina o grupo pueden eliminar el infinito número de matices que integran la realidad del individuo.