Positivismo

    El término positivismo fue creado a principios del siglo XIX por el pensador Saint-Simon, quien pretendía designar con el concepto el método propio de las ciencias experimentales, así como extender su alcance hasta el mundo de la filosofía.

    En el seno de esta pretensión se encuentra un prejuicio contra el método propio de la filosofía clásica, basado en argumentaciones metafísicas que raramente se apoyaban en verdades de hecho; en verdades que se puedan contrastar de manera científica. Dentro del positivismo, que se desarrolló principalmente a lo largo de la segunda mitad del siglo XIX, se pueden identificar dos corrientes distintas:

    Positivismo social. Es el más ortodoxo, lo practicaron filósofos como el propio Saint-Simon, Auguste Comte o John Stuart Mill. Este positivismo pretendía llevar a la sociedad y al mundo hasta una situación, si no ideal, mejor, gracias a la transformación de las distintas instituciones sociales a partir del uso de un método estrictamente científico.

    Positivismo evolucionista. Fue encarnado por el pensador Herbert Spencer, quien entendía que a través del método científico sería posible llevar al universo, a la totalidad de la existencia, a una especie de edén; a una situación global ideal.

    Tanto en el positivismo social como en el evolucionista, hay una idea común, que funciona como motor de la corriente filosófica: la ciencia y su método son infalibles, hay que confiarse completamente a sus ideas y a sus resultados.

    Así pues, hay que entender que la ciencia y la tecnología, que habían partido de la filosofía y la metafísica no muchos siglos atrás, consiguieron a mediados del siglo XIX una suerte de independencia gnoseológica que condujo a la creación de una nueva divinidad: la propia ciencia. Curiosamente, esto supuso la negación de gran parte de la misma filosofía que había dado origen al pensamiento positivo.

    El positivismo parte, por tanto, de la negación de la metafísica y de su método, ya que se considera que no es posible obtener un conocimiento cierto de algo si ese conocimiento no está basado estrictamente en la observación de la realidad y en la experimentación.

    El método científico aparece así como el único método posible, que muchos pretenden extrapolar al mundo de la filosofía o incluso al mundo de la religión. Este método se basa, además de en la observación, en la creación de leyes generales válidas para explicar el comportamiento y la naturaleza de los objetos naturales.

    Muchos han insistido en que la capacidad de sugestión del método positivista radica precisamente en la capacidad de éste para prever lo que puede suceder, para adelantarse en el espacio y en el tiempo, como si se tratase de una suerte de nueva magia que se desarrolla al margen de la superstición y el irracionalismo.

    Si Immanuel Kant había propuesto su filosofía trascendental como una especie de vigilante de las condiciones de posibilidad del conocimiento, como una especie de ley válida para emplear adecuadamente la razón y el conocimiento científico, apenas un siglo y medio después es la propia ciencia la que pide para sí el derecho a actuar como legitimadora de todas las demás formas de conocimiento, postulándose como el paradigma del saber.

    Aunque los sueños absolutistas del positivismo hayan muerto y ya se sepa que la ciencia no puede decir cómo deben regirse las demás formas de conocimiento, lo que sí es cierto es que el positivismo del siglo XIX sirvió como base para el posterior desarrollo de otras teorías científicas que se atrevieron a imaginar sociedades ideales a partir de unos presupuestos y una metodología científicos.

    No en vano, después del primer positivismo surgieron otros, aunque esta vez centrados en aspectos más concretos de la realidad, como la lógica. Sin embargo, estos positivismos siempre han insistido en que lo que constituye la base del positivismo original es el conocimiento verdadero, válido, que siempre debe partir de la observación y de la experimentación: el método científico es el único válido; el resto no es más que superstición.