Utilitarismo

    Desde un punto de vista general, el concepto de utilitarismo se puede aplicar a las doctrinas filosóficas que entienden que la idea de bien se identifica con la de utilidad. Es decir, utilitaristas son todos aquellos pensadores y todas aquellas personas que consideran que es bueno, desde un punto de vista moral, lo que resulta útil para la vida; para alcanzar un mayor grado de felicidad.

    En este sentido, el utilitarismo ha existido en todas las épocas de la historia de la humanidad y el pensamiento, y se pueden encontrar ya sus rasgos más definitorios en la obra de filósofos antiguos como los hedonistas, para los que bueno es lo que satisface al hombre, lo que resulta en un mayor grado de felicidad.

    Ahora bien, desde un punto de vista académico, más sujeto al rigor histórico y conceptual, el utilitarismo es una doctrina muy concreta que tuvo su desarrollo en los siglos XVIII y XIX, gracias al pensamiento de autores como Jeremy Bentham o John Stuart Mill.

    El propósito del utilitarismo es el de estudiar la moral humana desde un punto de vista científico, intentando dar con la fórmula idónea que resulte en la mayor cantidad de felicidad para el mayor número de personas posible.

    Este deseo por parte de pensadores como Bentham de que la moral se asemejase a las matemáticas en lo que se refiere a método y resultado, hace que se pueda emparentar el utilitarismo con el positivismo. Así, efectivamente, los utilitaristas sitúan el método científico y matemático por encima de cualquier otra forma de método, y concluyen que es la única manera lógica de analizar la conducta humana y de alcanzar la felicidad.

    Esta caracterización utilitarista de la moral supuso una importante innovación frente a las éticas de corte tradicional que se venían desarrollando desde la obra de Aristóteles. Para los utilitaristas, no interesan tanto los fines absolutos que se derivan de la naturaleza metafísica del hombre, como aquellas acciones inmediatas que producen placer, que restan dolor.

    Por ejemplo, Aristóteles desarrolló una ética de la felicidad en la que ésta era definida a partir de los fines que marcan la naturaleza humana, basados todos ellos en la racionalidad. Los utilitaristas, por el contrario, no entran a considerar cuál es el fin que se deriva de la naturaleza humana, sino qué medidas prácticas harían la vida más llevadera.

    Otro rasgo definitorio del utilitarismo inglés es que se concibe la felicidad como una realidad que sólo es posible dentro de la comunidad, jamás en la soledad del individuo desarraigado. Así, se asume que en primer término la felicidad y el placer son asuntos que nacen del egoísmo, de la consideración de uno mismo al margen de los demás; pero, como señalaban los asociacionistas, en la mente del sujeto las propias afecciones aparecen emparentadas con las afecciones de los demás, constituyendo una especie de ente social, al que se debe.

    En cualquier caso, los utilitaristas también eran conscientes de las dificultades que entraña llegar a ser feliz por uno mismo, como ya había demostrado Immanuel Kant; por lo que en último término se empezó a concebir al sujeto y su felicidad de forma societaria, arraigada en unos intereses y en unos proyectos comunes sujetos a las ideas de progreso y ciencia.

    El pensamiento utilitarista no se detuvo, sin embargo, en las consideraciones de orden metafísico o psicológico. Bentham, Stuart Mill, Auguste Comte o Robert Malthus asociaban las ideas fundamentales de la filosofía ética utilitarista a unos modelos económicos y sociales concretos. Así, el utilitarismo aparece siempre emparentado con el liberalismo económico; y los máximos representantes del movimiento se caracterizaron por sus frecuentes propuestas de orden político, que tenían como fin la búsqueda de la felicidad social.

    Así pues, el utilitarismo aparece como la consecuencia del optimismo inglés del siglo XIX, que de la mano de las ciencias positivas y una economía basada en los distintos colonialismos, se atrevía a postular un mundo basado en la utilidad, en el pensamiento práctico, dejando de lado la mayor parte de las preocupaciones tradicionales de la filosofía.