Epistemología

El concepto de epistemología es idéntico en su significado a los de teoría del conocimiento y gnoseología, aunque cada país y cada cultura prefieren emplear uno u otro. Por otro lado, la epistemología no es tanto una rama de la filosofía como un epígrafe bajo el que se integran una serie de problemas filosóficos referidos, de forma general, a la posibilidad de conocer y a los límites del conocimiento; y, de forma concreta o específica, a las relaciones existentes entre la conciencia y el mundo externo o la realidad.

Los problemas a los que se enfrenta la epistemología son fundamentalmente dos: por un lado, la naturaleza del conocimiento humano y su relación con el alma, Dios o la objetividad. Del otro, hasta qué punto son reales las ideas humanas o qué parentesco las une con los objetos materiales.

La teoría del conocimiento suele distinguir cuatro elementos fundamentales dentro del proceso gnoseológico: un sujeto que conoce; un objeto que es conocido; unas facultades que conocen; y un resultado del proceso epistemológico.

Aunque la epistemología como tal tuvo su esplendor en la edad moderna gracias a autores como Immanuel Kant, los problemas elementales que rodean al conocimiento se hallan presentes a lo largo de toda la historia de la filosofía.

La teoría del conocimiento antes de la edad moderna

Los primeros debates en torno a la validez y a la naturaleza del conocimiento humano tuvieron lugar en la Grecia clásica, cuando la perspectiva relativista de los sofistas se encontró con la oposición de la primera metafísica sistemática.

Pensadores como Gorgias o Protágoras defendían que el conocimiento era una empresa imposible, ya que todas las actividades humanas estaban condicionadas por la relatividad de su condición finita.

Es decir, si la persona que conoce pretende alcanzar la verdad, el hecho de que el hombre sea por naturaleza limitado impide que ese conocimiento sea exhaustivo o cierto. Esto supone la asunción absoluta del relativismo y el perspectivismo.

Sin embargo, Platón, heredero de Sócrates, luchó contra las propuestas sofistas y desarrolló la primera gnoseología fundamental al describir la manera en la que era posible alcanzar un conocimiento cierto.

Parménides y los pitagóricos, que ya habían afirmado que la verdad se hallaba condicionada por el camino del ser, de lo universal e inmutable, y por las matemáticas, que expresaban esencias en lugar de particularidades, influyeron notablemente en la epistemología de Platón, quien afirmó que la verdad era posible siempre y cuando se escapase del mundo de las apariencias para alcanzar las ideas.

Así, la facultad de conocer dependía de un órgano divino, la razón, que podía aprehender la esencia de las cosas a través de la filosofía.

Aristóteles, por su parte, fue menos metafórico y más científico al respecto, y habló de la posibilidad del conocimiento gracias al alma, que accede a la forma de la materia para captar las ideas.

Sin embargo, en Aristóteles se puede encontrar una propuesta novedosa que condicionó definitivamente la evolución de la teoría del conocimiento a lo largo de la historia.

Si Platón negaba la realidad material para situar la verdad en un plano eidético e inmutable, Aristóteles afirmó el mundo sensible y el estudio de la naturaleza. Así, el conocimiento se podía conseguir partiendo de las cosas singulares y variables si se empleaba un método adecuado y se consideraban los resultados bajo las reglas de la lógica.

La edad media tomó el cuerpo axiomático aristotélico y trató de adaptarlo a la fe cristiana. Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, quiso hacer una revisión de la gnoseología aristotélica intentando proteger las verdades elementales de la Iglesia.

Para ello tuvo que hacer frente a una de las controversias más importantes surgidas a partir de la teoría del conocimiento: la imposibilidad de que el alma tenga como función conocer y sea, a la vez, inmortal.

La gnoseología de Aristóteles afirmaba que la naturaleza del alma estaba determinada de principio a fin por su función, que era la de conocer. De hecho, el cuerpo no era sino un instrumento al servicio del alma, que permitía la sensación del mundo para su posterior conceptualización.

Sin embargo, si la función del alma es conocer y para hacerlo necesita del cuerpo, una vez muere, el alma deja de tener sentido, puesto que no puede seguir conociendo.

Santo Tomás de Aquino dedicó gran parte de su obra a salvar la inmortalidad del alma sin renunciar al pensamiento aristotélico, lo que constituye una de las grandes virtudes de su pensamiento.

Otra de las aportaciones más relevantes de la edad media a la epistemología viene representada por el nominalismo de Guillermo de Occam. Según este pensador, las relaciones entre los conceptos y la realidad son prácticamente inexistentes.

Aristóteles había establecido que las categorías y los universales no sólo describían relaciones lógicas o gramaticales, sino que constituían una descripción de la realidad misma, lo que suponía la absoluta viabilidad del conocimiento.

Pero, según Occam, los universales sólo tienen sentido en un plano lógico, no en uno ontológico. Esta afirmación supuso la crisis no sólo de la edad media, sino también del modelo gnoseológico aristotélico.

La teoría del conocimiento en la edad moderna

La edad moderna supone el auge de la epistemología, y consta, a grandes rasgos, de cuatro posturas fundamentales: el racionalismo, el empirismo, el apriorismo y el idealismo.

El racionalismo. También llamado dogmatismo, consiste en la consideración de que la omnipotencia de la razón posibilita el conocimiento exhaustivo y certero de todo lo existente. Los máximos representantes de esta corriente son René Descartes y Gottfried Wilhelm Leibniz.

Para el primero, el hombre, que es una res cogitans, un ser que piensa que tiene garantizado el conocimiento verdadero del mundo gracias a la benevolencia de Dios, que no quiere que el hombre se equivoque.

Si en sus primeras meditaciones Descartes describe la superación de los límites del conocimiento gracias al poder de una razón independiente y abstracta, posteriormente acude al concepto de Dios para garantizar que aquellas imágenes que residen en la conciencia son iguales que los objetos que se hallan en el mundo material.

Su filosofía describe además cómo el método matemático debe entenderse como el canon ideal de conocimiento, puesto que los números y las relaciones aritméticas son innatos, no dependen de la experiencia, y en consecuencia no están sujetos al ensayo y al error.

El pensamiento de Leibniz describe una gnoseología muy similar, en la que se contrapone la noción de finitud, error y mal a la de infinitud, perfección y bien.

Posteriormente, la tradición comprendería estas propuestas epistemológicas como una forma de dogmatismo, que asume de manera acrítica las potencialidades de la razón.

El empirismo. Los autores empiristas, principalmente John Locke y David Hume, se opusieron frontalmente a la posibilidad de un conocimiento verdadero y universal, negaron la existencia de las ideas innatas y afirmaron la necesidad de la experiencia para establecer cualquier clase de verdad aproximativa.

Por otra parte, Hume afirmó que la ley de causa y efecto, que era la que regía el funcionamiento de la gnoseología científica, no existía; y que la inducción era un imposible.

Según el pensador inglés, el hábito es la única razón que se halla detrás de las presuntas verdades, y la debilidad de las facultades humanas obliga a establecer verdades probables como ciertas con el fin de no sucumbir a la ininteligibilidad del mundo.

Estas posturas han hecho que muchos autores interpreten a David Hume como si se tratase de un escéptico; sin embargo, el propio autor inglés se encargó de desmentir su parentesco con autores escépticos radicales como Pirrón.

La urgencia de la vida, dice Hume, obliga al hombre a tomar como verdadero lo que sólo es posible o probable, de tal forma que no tiene sentido negar la posibilidad de conocer cuando es necesario salir adelante y luchar por sobrevivir.

El apriorismo. De las dos posturas anteriores surgió la teoría del conocimiento más célebre y relevante de la historia del pensamiento, que es la de Immanuel Kant.

Para el pensador ilustrado, la razón por sí misma no es nada; pero las sensaciones solas tampoco aportan ninguna clase de conocimiento.

En consecuencia, el acto de conocer es el resultado de la fusión de dos instancias: la sensibilidad y la forma de ser del entendimiento.

Si Kant negaba la existencia de las ideas innatas, sí que proponía unas estructuras a priori que determinaban la naturaleza del conocimiento de principio a fin.

En primer lugar, el hombre no conoce cosas, sino objetos, que son el resultado de fundir los datos procedentes de la experiencia con las estructuras a priori del conocimiento. Estas estructuras son condiciones que el sujeto pone a los objetos que conoce, como son el que se hallen inscritos en un espacio y en un tiempo.

En segundo lugar, los límites del conocimiento vienen establecidos por la experiencia, de tal modo que si se pretende aplicar leyes como la de causalidad a entes de los que no se tiene experiencia, no habrá conocimiento científico.

En tercer lugar hay que distinguir los juicios sintéticos, los juicios analíticos y los juicios sintéticos a priori.

Los sintéticos son aquellos que dependen de la experiencia, que están referidos a los datos procedentes de los sentidos; jamás son ciertos en absoluto, puesto que no son ni necesarios ni universales.

Los analíticos son aquellos juicios que son verdaderos en virtud de su forma. Son siempre ciertos y universales; sin embargo, no dicen nada acerca de la experiencia y sólo describen estructuras formales, sin contenido alguno.

Los juicios sintéticos a priori son aquellos que son verdaderos universalmente y dicen algo nuevo acerca del mundo. Éstos son los juicios a los que debe apuntar la ciencia para ser tal.

De esta forma, la gnoseología de Immanuel Kant establece de forma precisa los límites del conocimiento, lo que le permite afirmar que la metafísica o la moral no son una ciencia, puesto que no se basan en objetos obtenidos de la experiencia directa del mundo.

El idealismo. Consecuencia directa del apriorismo del Immanuel Kant, el idealismo pretendía ir más allá de los límites del conocimiento para establecer una teoría del conocimiento que describiera la manera en la que el sujeto se hace con el mundo.

Hegel fue el máximo representante del idealismo, y describió cómo los distintos espíritus subjetivos conocen sólo facetas de la realidad, que luego se integran dentro de un espíritu absoluto gracias a las instituciones, el estado y la historia.

Con el idealismo, la razón se identifica con la realidad, la aprehende de principio a fin, aunque, a diferencia del racionalismo, no pretende que esta identidad se produzca de manera abstracta y estática, sino dentro de un proceso complejo y sistemático que coincide con la propia historia.

La teoría del conocimiento en la contemporaneidad

Con la excepción de la fenomenología de Edmund Husserl, el siglo XX dejó de lado los problemas elementales de la gnoseología moderna para centrarse en el estudio del conocimiento científico.

Esto se debe en gran medida a la obra del pensador analítico austriaco Ludwig Wittgenstein, quien afirmó que los grandes problemas filosóficos no eran sino falsos problemas que surgían de un empleo erróneo del lenguaje.

Así, se estableció que el único lenguaje gnoseológicamente válido era el científico, lo que hizo que la epistemología fuese sustituida poco a poco por la metodología, disciplina que se centra en el análisis de los lenguajes científicos y su relación con la realidad.