Estética

El concepto de estética fue creado por Baumgarten en el año 1750, cuando lo empleó en su obra Aesthetica para desarrollar un estudio en torno a las ideas y las representaciones confusas de los objetos artísticos frente a la concisión de los conceptos. Posteriormente, Immanuel Kantrefirió el significado del concepto al análisis de la sensibilidad humana desde un punto de vista artístico y trascendental. En la actualidad, la estética designa la ciencia que se dedica al estudio del arte y de la belleza.

La historia de la estética

Aunque la estética se haya desarrollado propiamente a partir de la edad moderna, los pensadores antiguos dedicaron mucho espacio a los conceptos de arte y belleza desde una perspectiva muy distinta a aquella a la que está acostumbrada la contemporaneidad.

Así, tanto Platón como Aristóteles consideraban que el arte y la belleza pertenecían a ámbitos distintos.

Para el primero, lo bello consistía en la manifestación del bien y de las ideas; mientras que el arte sólo era una disciplina que tenía como fin la reproducción sensible de la apariencia de los objetos materiales. En consecuencia, nada había tan dispar para Platón como el arte y la belleza.

Para Aristóteles, lo bello consistía en la proporción perfecta entre las partes que constituyen un todo, de tal modo que permite la visión general de los fenómenos. Esta armonía debía entenderse desde una perspectiva ontológica o moral, no desde el punto de vista del arte, que era referido al mundo de la imitación.

Sin embargo, con el pensamiento del filósofo Aristóteles, el arte comienza a ganar relevancia en lo que se refiere a su relación con la belleza. Aristóteles considera que las representaciones artísticas no se deben exclusivamente a la imitación de apariencias sensibles, y que pueden ir a la raíz de la existencia gracias a la captación de las formas.

En este sentido, Aristóteles hablaba de la catarsis como aquella forma de arte que expresaba la esencia del mundo y curaba anímicamente a los espectadores, lo que influyó notablemente en los artistas y pensadores del Renacimiento.

En cualquier caso, en Grecia no se puede hablar propiamente de una estética, y la ciencia que empleaban para tratar el arte se llamaba poética.

El sentido y el alcance de los conceptos de arte y belleza se unificaron a partir del siglo XVII, gracias a los estudios que se realizaron en torno al concepto de gusto. David Hume, en su obra Regla del gusto, consideraba que lo bello y lo artístico iban unidos gracias al gusto, que consiste en aprehender lo bello en un objeto cualquiera.

Sin embargo, fue sobre todo Immanuel Kant con su Crítica del juicio el que llevó a cabo el análisis más exhaustivo, completo y ortodoxo de la relación entre el arte y la belleza, determinando definitivamente el desarrollo y el sentido de la ciencia de la estética.

Para el pensador alemán, el arte es bello cuando es capaz de sugerir la esencia de la naturaleza; y lo natural es bello cuando sugiere las formas artísticas. Los pensadores románticos e idealistas heredaron esta concepción de lo bello. El siglo XX transformó su sentido a partir de una nueva concepción de lo natural.

Las definiciones de la actividad estética

La historia de la estética sirve, entre otras cosas, para comprender la manera en la que se articulan los conceptos de arte y belleza a lo largo de la historia, ya que refleja distintas metafísicas y diferentes antropologías.

Así, una primera división de la estética refleja la relación entre el arte y la naturaleza:

El arte como imitación de la naturaleza. Se trata de la noción más antigua de arte, y se halla presente tanto en Platón como en Aristóteles. Para el primero, el arte se limita a imitar la apariencia sensible de las cosas, y carece de relevancia ontológica. Para el segundo, el arte imita la forma de los objetos, y su valor radica en el objeto imitado. Así, si se esculpe un objeto valioso, desde el punto de vista existencial se trata de una buena escultura; mientras que si se imita el aspecto de un objeto que carece de valor alguno, la obra carecerá de sentido.

El arte como creación consiste, en cualquier caso, en la consideración de que el artista juega un papel pasivo dentro del proceso creativo y de que su función se limita a transcribir plásticamente lo que recibe a través de los sentidos.

El arte como creación. El arte como creación representa lo opuesto al arte como imitación, puesto que concede al artista un total protagonismo en el proceso creativo.

Esta concepción del arte y la belleza es la propia del romanticismo, y confiere a la obra artística un rango ontológico que va más allá de las apariencias, e incide en la existencia y en el aspecto del mundo.

Así, para el filósofo idealista Friedrich Wilhelm Joseph von Schelling, el absoluto crea el mundo de forma artística, haciendo de éste una especie de poema existencial. El arte del hombre, por su parte, no es sino una continuación del arte divino.

En consecuencia, para el arte romántico, la actividad artística supone por un lado la absoluta creatividad del artista, y por el otro su carácter sagrado, infinito, que escapa a las mediaciones y las limitaciones de la existencia finita.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel, que llevó el romanticismo y el idealismo hasta sus últimas consecuencias, hizo suya esta concepción del arte, aunque al final de su vida prefirió situar la actividad artística por debajo de la filosófica, puesto que el artista opera con imágenes y el pensador con conceptos, que se hallan más cerca de la idea, del concepto y de la verdad.

En cualquier caso, el arte como creación señala al arte como creador de la realidad, y prefiere antes la inspiración y la expresividad que la técnica o la perfección formal.

El arte como construcción. Este tipo de arte se encuentra a medio camino entre la pasividad del arte como imitación y la actividad absoluta del arte como creación, y halla su formulación más ortodoxa en la Crítica del juicio, de Immanuel Kant.

Según el pensador ilustrado, la actividad estética consiste en unir las finalidades humanas a los materiales que ofrece la naturaleza, de tal modo que el hombre halla placer al ver cómo lo natural termina reflejando lo que es su esencia. En consecuencia, el arte no resulta de la pasividad ni de la absoluta creatividad, sino de una fusión de las determinaciones naturales y la libertad del hombre.

Esto también implica que el arte supone subordinar el mecanicismo y la determinación de la naturaleza a la voluntad y a la libertad humanas, que luego se reconocen en los objetos artísticos que han conseguido sublimar lo natural.

En este juego entre el hombre y la naturaleza, el arte viene a representar una especie de juego, en el que el individuo mezcla su parte natural con su parte libre, dando lugar a una serie de productos sublimes, bellos.

El arte contemporáneo se debe precisamente a esta concepción estética. Así, la obra de los autores vanguardistas, por ejemplo, supone una mezcla de los materiales y las determinaciones que ofrecen la naturaleza y la realidad con la libertad del individuo, que crea transformando a partir de su libertad lo que tiene delante, dando así lugar a un mundo artístico integrado por unas relaciones inusuales, imprevistas y expresivas.

El hombre y el arte

Otra forma de entender la estética en todas sus manifestaciones pasa por analizar la forma en la que se articulan el hombre y el arte, las facultades humanas y el hecho de crear.

El arte como forma de conocimiento. Aunque Aristóteles insistió en el carácter imitativo del arte, también afirmó su valor teórico. Así, por ejemplo, si una escultura se dedica a imitar el aspecto formal de un objeto cualquiera, como en esta imitación debe haber forzosamente alguna forma de conocimiento.

Por otra parte, el propio Aristóteles afirmó en su "Poética" que la poesía tiene una capacidad de evocación mayor que la de las historias, ya que, si ésta se dedica a la descripción de los hechos particulares, la poesía es capaz de ir a lo absolutamente general y esencial.

Sin embargo, fueron sobre todo los románticos quienes mejor describieron el valor epistemológico del arte. Schelling, por ejemplo, afirmó que en el arte se produce la fusión entre lo absoluto y lo relativo, posibilitando el conocimiento exhaustivo del mundo.

El arte como actividad práctica. Se trata de una concepción exclusivamente aristotélica del arte, según la cual se entiende la poética como la ciencia de la producción, que tiene como fin generar nuevas realidades y nuevas posibilidades.

Friedrich Nietzsche retomó, en gran medida, esta concepción del arte como praxis al hablar de la relación entre la creatividad y la existencia. Para el filósofo vitalista alemán, el arte tiene lugar cuando el nivel vital alcanza un grado de exuberancia, cuando el hombre se siente pleno y su perfección se desborda hasta dar lugar a un juego de impulsos ciegos y formas contenidas, produciendo la obra de arte.

El arte como sensibilidad. Fue enunciado por primera vez por Platón, quien escribió que la actividad artística era una labor pasiva que se limitaba a plasmar lo que los sentidos del artista recogían de la apariencia de lo sensible.

Posteriormente, otros autores modernos recogieron esta definición, aunque integrándola dentro de una visión menos parcial y limitada de la estética. Kant también habló del origen sensible del arte pero enfrentándolo a la actividad libre y creadora del ser humano.

La función del arte

Por último, la estética se dedica a establecer cuáles son las funciones más destacadas de la actividad artística.

La función didáctica del arte. Se trata de la más antigua y ortodoxa del arte, según la cual el arte sirve para educar al espectador.

Esta teoría fue mantenida por filósofos como Platón y Aristóteles, y luego la heredaron los pensadores y artistas de la edad media, quienes emplearon las esculturas o las obras arquitectónicas para educar a los feligreses que acudían al templo.

La función expresiva del arte. En la actualidad, sin embargo, no se considera que la función del arte sea tanto la de educar como la de transmitir experiencias y perspectivas gracias a la perfección expresiva de las obras.

Así, una obra es buena no porque transmita una idea valiosa para el individuo, sino porque es capaz de reflejar con maestría aquello que pretende expresar el artista. Esta función del arte es especialmente evidente en la obra de los autores vanguardistas.

La función didáctica y la expresiva son, a grandes rasgos, las dos funciones elementales del arte, aunque también es posible hablar de muchas otras funciones secundarias: así, el arte puede tener una función propagandística, el arte al servicio de los sistemas políticos; una función económica, el arte también se emplea, sobre todo en la actualidad, para vender productos de consumo; o una función referida de manera exclusiva al entretenimiento, en la contemporaneidad, el ocio ocupa un lugar privilegiado en la existencia, de tal modo que no se comprende el arte si no es dentro de los estrictos márgenes del consumo y la diversión.