Ética

Por un lado, se llama ética a la ciencia que tiene como objeto el análisis y la determinación de los fines hacia los que debe dirigirse la conducta humana, señalando cuáles son los medios válidos para lograrlo y cómo el actuar humano se desprende de forma lógica de su naturaleza.

Por otro lado, la ética se define también como la ciencia que se dedica a estudiar los impulsos humanos y la manera adecuada de comprenderlos y dirigirlos de forma correcta.

La primera definición se mueve dentro de una visión ideal del actuar, ya que basa sus análisis en la comprensión general de unos fines o una naturaleza trascendentales, que van más allá de lo concreto o lo circunstancial.

La segunda, al contrario, trata de atenerse al mundo de los hechos concretos, de lo que se da a lo largo de la historia y de las civilizaciones, y se presenta más bien como una ciencia descriptiva antes que prescriptiva.

Ambas definiciones de la ética tratan de forma diversa el sentido del concepto de bien, que se halla en la base del estudio de la conducta humana. Así, la ética de los fines considera el bien en absoluto, como aquello que es deseable por todos los hombres; mientras que la ética de los motivos entiende la bondad como lo deseado en el acto volitivo.

La ética de los fines

La ética de los fines se halla presente en todas las épocas de la historia de la humanidad, y ha presentado siempre una misma estructura, en la que el actuar se deriva de forma natural de la esencia del hombre.

La ética de los fines en la antigüedad. Platón llevó a cabo una de las primeras formulaciones sistemáticas de la ética de los fines, ya que puso en relación los valores de la conducta humana con su naturaleza, de tal forma que sólo es bueno o justo en el actuar humano lo que corresponde a su posición dentro de un sistema político y ontológico.

Las virtudes expuestas en La República son relacionadas con el alma, y su perfección sólo se alcanza cuando cada una de las partes de ésta consigue equilibrarse en virtud de un orden superior, del que es reflejo.

Así, el hombre bueno es el hombre virtuoso, y éste es tal porque cada una de las partes de su alma hace lo que le corresponde. De manera paralela, una sociedad es buena cuando cada uno de los individuos que la integran hace lo que le corresponde por naturaleza.

Aristóteles, su discípulo, heredó en gran medida esta visión del comportamiento humano, aunque a partir de la consideración de la felicidad como el único fin deseable por sí mismo.

A la hora de establecer cuál era el sentido de la conducta humana, Aristóteles se encontró con un problema: ¿cómo se puede hallar algún acto que sea completamente válido, que sea deseable por sí mismo en absoluto?

Los sofistas habían mantenido que dependiendo de las circunstancias sociales o del talante de cada persona, lo que hace feliz a uno no hace feliz a otro. Además, habitualmente, lo que hace deseable una cosa se apoya en otro bien mayor, en otro acto que es más deseable aún.

Aristóteles se planteó en este contexto la existencia de algo que fuese deseable en absoluto, sin que dependiese de otros bienes u otros valores, y ese algo era la felicidad.

Por tanto, la felicidad es el fin absoluto que debe regir la conducta humana, y para que ésta sea posible, es necesario que todos los hombres entiendan lo absolutamente necesario a partir de su naturaleza.

Si alguien decide que lo absolutamente bueno para él es algo que no corresponde a su esencia, lo que está haciendo es engañarse. Sólo hay una naturaleza humana, y en consecuencia sólo debe considerarse la existencia de una forma de felicidad, en la que, según Aristóteles, cada uno ocupa el lugar que le corresponde dentro de la sociedad.

De esta forma, la ética de los fines de Aristóteles termina haciendo depender el concepto de bien y de felicidad de la naturaleza humana, de su condición racional y social.

Posteriormente, la decadencia de la polis griega hizo que las corrientes estoica y epicúrea buscasen la virtud en la contención de los deseos, que no podían hacerse realidad en la sociedad.

Sin embargo, gracias a la labor de los escolásticos, el modelo aristotélico se terminó imponiendo hasta la llegada de la modernidad, y se consideró que los fines del actuar humano debían derivarse de su naturaleza.

La ética de los fines en la edad moderna. La ética de los fines viene representada en la edad moderna por tres autores distintos: Fichte, Hegel y Bergson.

Para Fichte, los fines de la conducta humana vienen determinados por el yo infinito, por un individuo sublimado y sin restricciones que actúa a partir de la más absoluta libertad. En su ideario romántico e idealista, Fichte propuso que los sujetos reales, que son finitos, apunten con su actuar a la libertad incondicionada del sujeto absoluto, que aparece como una especie de ideal que funciona como límite trascendental.

Hegel, por su parte, a partir de su filosofía sistemática e historicista, afirmó que la ética humana está determinada por aquello que exige el estado, órgano que aúna las subjetividades individuales integrándolas dentro de un proyecto común.

En consecuencia, para el pensamiento idealista absoluto, el fin de la conducta es integrarse en aquello que el estado considera como adecuado o bueno.

El Premio Nobel francés Henri Bergson propuso una ética heterogénea y novedosa, en la que conciliaba lo espiritual con lo histórico.

Según Bergson, existen dos morales, una abierta y otra cerrada. La cerrada es la moral ortodoxa, clásica, en la que los hombres tienen como fin la conservación de su sistema político, social o religioso. La abierta es aquella moral que llevan a cabo los individuos extraordinarios que tienden hacia el impulso de la creatividad y la espiritualidad.

Otro elemento fundamental de la ética de los fines en la edad moderna es la transformación del concepto de bien en el de valor. Esto hizo que ya no se entendiese el acto moral como el hecho de tender hacia ninguna clase de fin absoluto ni tampoco como la comprensión de una apetencia subjetiva.

El valor describe una apetencia objetiva que se integra en el seno de una jerarquía de valores. Max Scheler, por ejemplo, señaló que hay un reino de valores objetivos que el individuo aprehende a través de la intuición.

De esta forma, las personas que hacen el mal son enfermos morales, que no son capaces de captar la existencia de esos valores objetivos, simples e inmediatos.

La ética de los motivos

La ética de los motivos se caracteriza porque estudia los objetivos de la conducta humana sin atender a su carácter ideal o absoluto, sin emparentarlos con una estructura necesaria, sino que sencillamente los pone en relación con el hecho de desear una cosa en lugar de otra.

Al igual que sucede con la ética de los fines, la de los valores se halla presente en las más diversas circunstancias culturales e históricas.

Aunque es posible hallar algunas formas de ética de los motivos en la antigüedad clásica, en Protágoras, por ejemplo, que define la norma del actuar humano a partir del respeto y la justicia, la edad moderna fue el momento en el que empezó a proliferar esta forma de ética.

Thomas Hobbes, por ejemplo, señaló en su Leviathan que la única ley que regula el comportamiento humano es la de la búsqueda de la propia conservación. Aquí ya no se trata de establecer qué es bueno desde un punto de vista absoluto, atendiendo a la naturaleza del hombre, sino de describir cómo funciona el establecimiento de valores y normas morales.

Esta propuesta de la búsqueda de la propia conservación o el propio placer como base del comportamiento humano estuvo vigente durante los siglos XVII y XVIII, y alcanzó su expresión más perfecta en la obra de los autores empiristas ingleses.

David Hume afirmó que la base de la moral se halla en el sentimiento y no en la razón, en una especie de intuición que hace que los hombres busquen con su comportamiento lo útil para los demás. Así, el móvil que condiciona la moral es el de conseguir felicidad y bienestar para la sociedad.

Sin embargo, el autor más representativo de la ética de los móviles es Immanuel Kant, quien afirmó que de lo que se trata no es de establecer qué es bueno o malo en virtud de alguna clase de esencia o naturaleza, sino de describir la manera en la que se define la conducta humana, pasando de lo prescriptivo a lo puramente descriptivo y formal.

A diferencia de los autores empiristas ingleses, Kant partió de la consideración del hecho moral a partir de su dimensión o su motivación racional, no emocional. El hombre debe determinar su conducta a partir de unas estructuras racionales universales, que de esta manera escapen al egoísmo del sentimiento subjetivo.

Sin embargo, Kant propone un altruismo moral muy similar al de los utilitaristas ingleses, y describe cómo la máxima que debe conducir el comportamiento humano tiene que basarse en un principio categórico, según el cual uno sólo debe tomar como máxima una forma de conducta que debe funcionar como tal para todos los demás hombres.

Esto supone basar la validez del comportamiento humano en la existencia de otros hombres y en la realidad de una racionalidad universal, no en ninguna clase de fin superior externo al propio actuar humano.

Otro de los elementos fundamentales de la ética de los motivos de Kant consiste en la consideración de los hombres como fines en sí mismos, no como medios. Así, fiel a la Ilustración, el pensador alemán hace del ser humano un valor absoluto, origen de todo lo racional y valioso, que no puede ser secuestrado de su libertad para autodeterminarse a través del acto moral.

La consecuencia de esta formulación perfecta de la ética de los motivos encontró una reformulación en clave positivista en la obra de Bentham o en el utilitarismo de John Stuart Mill, que buscan la máxima cantidad de placer y bienestar para la máxima cantidad posible de personas.

La crítica radical a la moral por Friedrich Nietzsche

La esencia de la ética, además de su alcance, no puede ser comprendida si no se tienen en consideración las críticas más radicales que se han levantado contra ella.

El pensador ateo Friedrich Nietzsche no sólo se pronunció contra la ética de los fines encarnada por el cristianismo, sino también contra la de los motivos, más propia de la modernidad.

En lo que se refiere a la primera, Nietzsche denunció que la moral cristiana no era sino una forma encubierta de enfermedad existencial, que trataba de dominar a los fuertes a través de la exaltación de la debilidad y los ideales ascéticos.

Así, cuando se presenta como fin del actuar humano el ser fiel a su naturaleza heredada de Dios, lo que se está haciendo es negar toda la fortaleza que reside en la verdadera naturaleza humana, que es animal.

En lo que se refiere a la ética de los motivos, Nietzsche creía que los ideales altruistas modernos eran en realidad una estratagema para imponer la mediocridad social y acallar la fortaleza de los genios.

Lo curioso de estas críticas es que terminaron suscitando la elaboración de algunas de las expresiones morales más valiosas de todos los tiempos, como es la ética de los valores de Max Scheler.