Filosofía del lenguaje

Aunque desde un punto de vista histórico la filosofía del lenguaje es una disciplina moderna, que se desarrolló bajo unos supuestos neopositivistas elementales, también se llama así a toda aquella filosofía que centra su atención en la naturaleza del lenguaje, poniéndola en conexión con el hombre y su mundo.

Desde este punto de vista, la filosofía del lenguaje se halla presente en toda la historia del pensamiento, y se puede abordar atendiendo a la manera en la que se ha considerado su naturaleza.

El lenguaje como convención

Según esta idea, que encuentra su origen en la obra de los primeros pensadores griegos pertenecientes a la escuela eleática, el lenguaje no es capaz de decir el ser tal y como éste es realmente, por lo que se basa en el establecimiento de unas etiquetas o convenciones que sirven para referirse a las cosas.

Demócrito, por ejemplo, pensaba que el hecho de que existiese la homonimia, la heteronimia o el que las palabras pudiesen cambiar a lo largo de la historia y las culturas demostraba que no se hallaba sujeto al ser real de las cosas, sino sólo a su convención.

Esta forma de comprender el lenguaje se extendió hasta Platón, quien descreía de la realidad de las cosas del mundo aparente y afirmaba la realidad de las matemáticas y la geometría.

A partir de Aristóteles, sin embargo, el convencionalismo del lenguaje se vio matizado. Para el filósofo estagirita, no sólo hay que comprender la relación entre un signo, la palabra, y la cosa a la que se hace mención, sino que hay que comprender la existencia de un tercer elemento, el alma, que hace de puente entre el lenguaje y la realidad.

Así, para el pensamiento aristotélico es cierto que el lenguaje es una convención, como se puede observar en el hecho de que existen muchos idiomas. Sin embargo, las afecciones que las cosas suscitan en el alma no son convencionales, sino necesarias y universales.

Esto implica que las cosas y el alma son como son de forma necesaria, mientras que los símbolos que se emplean para representar sus relaciones son convenciones. Ahora bien, la estructura del lenguaje es, para Aristóteles, idéntica a la de las cosas mismas y a la del alma, por lo que es posible pasar de la convención de los signos de los lenguajes a sus estructuras lógicas elementales, que sí son objetivas, no convencionales.

Ésta es la razón por la que Aristóteles desarrolló el primer estudio sistemático de la lógica, que condujo, junto con su metafísica, al establecimiento de unas categorías universales y a la consideración de que el lenguaje apofántico, que es el atributivo, aparezca como la forma ideal de expresión.

Tanto la edad media como la edad moderna heredaron la visión aristotélica del lenguaje, y se siguió considerando el carácter privilegiado de los discursos apofánticos y la convención del lenguaje, que halló en el nominalismo de Guillermo de Occam su mejor expresión.

Así, las palabras no se identifican por naturaleza con las cosas, y, por sí mismas, no significan nada. Sólo la consideración de un elemento intermedio entre la realidad y las palabras, como el alma, puede hacer coincidir la estructura de lo lingüístico con la estructura de la realidad.

En la contemporaneidad, el filósofo del lenguaje austriaco Ludwig Wittgenstein es el que mejor ha sabido expresar esta convención del lenguaje, al afirmar que no existe un solo lenguaje, sino diversos juegos lingüísticos heterogéneos, que surgen arbitrariamente alrededor del uso circunstancial que se hace de las palabras.

El lenguaje como naturaleza

De manera opuesta al convencionalismo, el naturalismo lingüístico afirma que el lenguaje es por naturaleza, no por artificio, lo que implica que la relación semántica entre las palabras y las cosas que designan es necesaria, no circunstancial o arbitraria.

Ya los primeros griegos, como Heráclitoo Antístenes el cínico, consideraban que las cosas suscitaban las palabras, de tal modo que su correspondencia era exacta. Por otra parte, esto suponía que el lenguaje verdadero era exclusivamente apofántico, porque su misión era la de decir las cosas tal y como eran, no a través de preguntas, dudas o deseos.

Dentro del lenguaje como naturaleza cabe distinguir distintas teorías, que se remontan al origen del pensamiento.

Para Epicuro, por ejemplo, el lenguaje halla su origen en las interjecciones. Cuando un hombre se ve sorprendido por alguna clase de afección propiciada por algún objeto, su boca emite un sonido, que es el que termina conduciendo a la formación de la palabra convencional.

De esta forma, las palabras, en un primer momento, surgen naturalmente a partir de la experiencia de los objetos que integran el mundo. Después, para que todos compartan las mismas expresiones, se establecen semejanzas y normas.

Otra teoría, que se conoce como la onomatopéyica, sostiene que el lenguaje parte de la imitación por parte del hombre de los sonidos que se dan en la realidad. Esta teoría es duramente criticada tanto por los filólogos, que argumentan que es imposible que la imitación del sonido de los objetos dé lugar a nexos o a proposiciones, como por filósofos como Platón, quien adujo que una cosa es imitar un sonido y otro imponer una palabra que funcione convencionalmente para referirse a una cosa.

Existe una tercera teoría que afirma el carácter metafórico del lenguaje, según la cual el lenguaje es una metáfora. Giambattista Vico fue uno de los autores que sostuvo esta tesis, y mantuvo que el lenguaje supone la creación misma del mundo, de tal modo que los primeros hombres fueron poetas que generaron la realidad a partir de la creación de imágenes mentales a las que se hacía corresponder una palabra.

Una postura similar es la que se puede encontrar en el pensamiento de Friedrich Nietzsche, para quien la verdad es sólo una metáfora del mundo que sirve para cautivar a los hombres y para alejarlos de la incertidumbre.

En cuarto y último lugar, dentro de las concepciones naturalistas del lenguaje, destaca aquélla que afirma que las palabras expresan la esencia de las cosas o la estructura de la realidad.

Aunque los orígenes de esta postura se encuentran en los primeros lógicos estoicos, se trata de la más habitual dentro del pensamiento lógico contemporáneo, que emparenta el lenguaje con las matemáticas y las estructuras fundamentales de la realidad.

Según Russell, existe un isomorfismo entre lenguaje y realidad, de tal modo que las estructuras lógicas que se pueden encontrar en el lenguaje se corresponden con las que se pueden encontrar en la realidad. En este sentido, el lenguaje se dedica a hacer cuadros o pinturas de los objetos reales, expresando sus estructuras.

Según la teoría de la denotación del filósofo inglés, que sigue en gran medida los planteamientos de Antístenes el cínico, siempre que se emplea el lenguaje se tiene como objeto la representación de algo que se quiere decir, de lo que se tiene cierta experiencia. De esta forma, el lenguaje nace a partir de la representación de estructuras.

El libro que mejor supo expresar esta formulación del lenguaje es el Tractatus logico-philosophicus de Ludwig Wittgenstein, quien en su madurez negó todos los presupuestos del naturalismo lingüístico y propuso un nuevo convencionalismo.

Hacia la misma época en la que Russell y Wittgenstein plantearon el isomorfismo entre las estructuras de la realidad y las estructuras del lenguaje, el pensador existencialista alemán Martin Heidegger fue aún más lejos, y afirmó que "el lenguaje es la casa del ser", lo que implicaba que las palabras no sólo eran naturales, sino que además hacían patente la esencia del mundo.

El lenguaje como instrumento

Según una tercera corriente de la filosofía del lenguaje, la esencia del lenguaje se encuentra en su uso, en el mundo de la práctica.

Platón, que nunca quiso decantarse claramente ni por la convención ni por la naturalidad del lenguaje, fue uno de los primeros pensadores que mantuvo esta tesis, al firmar que lo que hace que una palabra tenga sentido es que se pueda usar para designar algo.

Es decir, el que una palabra tenga un significado no depende ni de las convenciones que se establezcan a su alrededor, las academias jamás logran imponer las palabras, lo hacen los pueblos, ni de la semejanza entre los signos y las cosas. Es el uso que se da a los símbolos el que muestra la esencia de las palabras.

Sin embargo, continúa Platón, el hecho de que el lenguaje halle su origen en el uso implica su falibilidad. El error de expresión nace precisamente de que los signos no están sujetos ni a las normas de semejanza con la realidad ni a una norma convencional que se imponga por decreto.

En consecuencia, las lenguas son utensilios que tratan de expresar algún aspecto de los objetos mencionados con el fin de integrarlos dentro de una forma de existencia. Esta idea se halla presente en algunos autores modernos, como Leibniz o Herder, pero se convirtió en la base de la lingüística contemporánea gracias a los estudios de Humboldt.

Según el autor alemán, los discursos y su sentido se establecen a partir no ya de las palabras, sino de las frases, de tal modo que el uso de las palabras y los sonidos viene determinado por un contexto que antecede al establecimiento de los significados.

Dentro de esta postura también se puede incluir al pensador alemán Friedrich Nietzsche, quien, si bien afirmaba la existencia de una dimensión metafórica en el lenguaje, "la verdad es una metáfora que ha olvidado que lo es", también consideraba que las palabras son útiles que le permiten al hombre salir adelante en la existencia.

Allí donde otros animales tienen garras, colmillos o alas, los hombres tienen palabras, hacen uso del lenguaje para dar sentido a su existencia y para edificar formas de defenderse ante el desamparo que le ofrece el mundo, que es, por sí mismo, mudo.

El lenguaje como azar o como estadística

Por último, cabe destacar una postura dentro de la filosofía del lenguaje que no trata de encontrar la naturaleza de las palabras en ninguna clase de principio metafísico, sino en el estudio estadístico de las pautas que se pueden encontrar en la realidad, en las sociedades de hecho.

Así, si se observa el comportamiento de los hablantes de una cultura dada, se observará cómo determinados fonemas se repiten con mayor frecuencia.

Sin embargo, para estos autores, el hecho de que se puedan identificar pautas sólo indica que el azar ha actuado en un sentido en lugar de otro.

Las mayores críticas contra esta metodología se basan en la consideración de que las estadísticas sólo se quedan en la superficie de los fenómenos lingüísticos y olvidan las razones que pueden llevar a un grupo de hablantes a adoptar unas variantes en lugar de otras.

Por ello, lo habitual dentro de la lingüística contemporánea pasa por estudiar las culturas lingüísticas a partir del uso que se hace tanto de los sonidos como de los sentidos o las estructuras.

No en vano, los pensamientos del segundo Wittgenstein, que remarcan la idea de que el lenguaje es un útil que se diversifica en juegos a partir de las circunstancias, es la que ha marcado más profundamente la filosofía contemporánea del lenguaje, señalando un camino que huye tanto del convencionalismo aristotélico como del naturalismo con todas sus variantes.