Filosofía de la religión

La filosofía de la religión como tal no nació hasta la modernidad, más concretamente hasta que Wolff e Immanuel Kant comenzaron a tratar la necesidad de establecer un estudio positivo de las religiones, que partiese de manera exclusiva del análisis racional del hecho religioso y no de su sentimiento.

Hasta la modernidad, la religión no era comprendida de una forma problemática, y era asumida de manera acrítica por la mayor parte de los pensadores, de tal modo que la única disciplina que se encargaba de estudiar la religión era la teología, que no se centraba tanto en el hombre y en la sociedad como en la existencia y en los atributos de Dios.

Sólo cuando el Renacimiento rompió con el paradigma religioso, cultural y político de la edad media se empezó a concebir la religión desde un punto de vista novedoso. El hombre se convirtió en el centro de la existencia y se dejó de prestar atención a Dios para estudiar la manera en la que el ser humano y su cultura se veían comprometidos por la religión.

Por otra parte, el despliegue de las civilizaciones occidentales a lo largo y ancho de todo el mundo propiciado por el colonialismo, condujo al descubrimiento de distintas formas de religión, lo que supuso un cuestionamiento radical de la validez absoluta del viejo paradigma religioso europeo.

La teología revelada y la teología natural

Los antecedentes de la filosofía de la religión hay que buscarlos en una vieja distinción dentro de la antigua teología medieval: la teología revelada y la teología natural.

Teología revelada. Consiste en la asunción de los dogmas elementales de la religión a través de su experiencia, de la fe.

Teología natural. Consiste en el estudio del hecho religioso a partir de la razón y de las facultades naturales del hombre.

De esta forma, la primera forma de teología no admitía ninguna clase de crítica al fenómeno religioso; mientras que la segunda intentaba conciliar las verdades de fe con los procedimientos y las conclusiones de la razón.

Santo Tomás de Aquino, por ejemplo, desarrolló las cinco vías para demostrar la existencia de Dios a través del empleo de la razón. Aunque su teología natural no llegó a ninguna conclusión que fuese lógicamente aceptable, en ningún momento admitió la imposibilidad de conciliar razón y fe, teología revelada y teología natural.

El inicio de la modernidad, que se caracterizó en lo que se refiere a la filosofía por el desarrollo de un racionalismo dogmático, intentó tratar la esencia de la realidad sin renunciar a los valores heredados de la escolástica.

Si Descartes logró hallar un fundamento racional y laico para el mundo y para el pensamiento, el cogito ergo sum, enseguida corrió a justificar su racionalismo echando mano del concepto de Dios, asumiendo sin más su omnipotencia y su bondad.

La Teodicea

Más importante aún para el desarrollo de la filosofía de la religión fue la obra de Leibniz, el otro gran racionalista dogmático de la primera modernidad. El filósofo alemán desarrolló junto a una importante metafísica una nueva teología natural que iba más allá de lo que Santo Tomás de Aquino había planteado.

Ya no se trataba de que la razón tuviese que demostrar la existencia de Dios, es que ahora debía tratar la forma en la que era posible que el mal existiese en un mundo creado por un ser infinitamente poderoso e infinitamente bueno.

En su Ensayo de Teodicea, Leibniz sentó a Dios en el banquillo de los acusados y analizó su presencia en el mundo a través de la razón. Así, con esta obra se operaba un importante cambio de perspectiva. Se pasaba de analizar los atributos de Dios a estudiar su relación con el hombre, de tal modo que eran éste y sus facultades los que resultaban enaltecidos.

Para justificar la presencia del mal en el mundo y articular la omnipotencia de Dios con la libertad humana, Leibniz hizo coincidir lo divino con lo racional. Dios era comprendido como lo absolutamente razonable e infinito, por lo que se hacía innecesaria una teología revelada, el sentimiento religioso.

Así, lo que el hombre comprende como malo no es en realidad sino un mal relativo a un bien mayor. El mundo humano es el mejor de los mundos posibles, y responde en su diseño a un plan perfectamente racional por parte de Dios.

De esta manera, la Teodicea preparó el camino para una filosofía de la religión que surgió a raíz de la visión ilustrada de Dios, que ya no era comprendido como un ser religioso, sino como una categoría filosófica, como la encarnación de una racionalidad perfecta.

La religión dentro de los límites de la mera razón

Con Immanuel Kant, el paso de la teología revelada y la teología natural a la filosofía de la religión se consuma, como se puede comprobar en la obra titulada La religión dentro de los límites de la mera razón.

Con el pensamiento kantiano se operó lo que se conoce como el giro copernicano dentro de la filosofía, que deja de comprender la realidad a partir de instancias ajenas al hombre para hacer de éste el núcleo a partir del cual surgen todos los elementos definitorios del mundo.

La filosofía de la religión deja de entender el fenómeno religioso como una realidad que parte de Dios y termina incidiendo en el hombre para plantear un estudio del hecho religioso a partir del análisis de la manera en la que aquél se relaciona con lo trascendente.

Esta postura, inaugurada por Kant, se vio luego fortalecida por el pensamiento de Schleiermacher, quien ya dentro del romanticismo propugnó el conocimiento de las realidades religiosas a través del empleo del sentimiento.

Sin embargo, toda la filosofía de la religión emprendida por los autores románticos se vio rápidamente criticada y matizada por el autor que mejor supo aunar los esfuerzos del romanticismo con el idealismo absoluto: Hegel.

Para el idealista alemán, la filosofía de la religión no puede desarrollarse a partir del sentimiento de lo divino, tal y como proponía Schleiermacher, sino que debía adherirse al esfuerzo conceptual que caracteriza a la filosofía.

Así, no se trata de afirmar a Dios o de volverse ateo, sino de estudiar el ser de la religión, la esencia del hecho religioso desde un punto de vista trascendental y conceptual. No en vano, el propio Hegel hizo coincidir el Absoluto o el estado con Dios, y siguió la senda iniciada por el romanticismo, que comparaba la llegada del espíritu racional a la realidad con la presencia paulatina de Dios en la existencia humana.

Schelling, por ejemplo, habló de la llegada de un nuevo reino de Dios que consiste en la unión de lo finito y lo infinito.

Sin embargo, mientras los románticos y los idealistas buscaban la manera de hacer coincidir los principios de la filosofía ideal con el espiritualismo religioso, otros autores, como Kierkegaard, expresaron la necesidad de concebir el hecho religioso a partir de la experiencia singular y solitaria de Dios.

El pensador existencialista danés representa en este sentido la crisis de los modelos sistemáticos idealistas y el inicio de una nueva etapa dentro del estudio del hecho religioso. Así, tratar de comprender la religión a partir de un gran sistema racional supone negar la esencia misma del fenómeno religioso, que implica, en realidad, la confrontación entre la finitud existencial del individuo aislado y la infinitud de lo sagrado.

De la filosofía de la religión a la fenomenología de la religión

En cualquier caso, la empresa propuesta por Hegel estaba destinada al fracaso. Una filosofía de la religión basada en la negación del sentimiento era lo mismo que una filosofía de la religión que negaba la propia religión.

Así, a partir del siglo XIX comenzaron a surgir alternativas a la filosofía de la religión clásica que pretendían abordar el hecho religioso desde una perspectiva más científica, que relaciona lo sagrado con la sociología, la psicología, la historia y la fenomenología.

Esta última es, sin lugar a dudas, la que ha mostrado unos resultados más satisfactorios en el siglo XX, gracias a la obra de una serie de autores que han partido de la metodología filosófica propuesta por el filósofo alemán Edmund Husserl.

Según la fenomenología, de lo que se trata es de ir a las cosas mismas, esto es: de analizar los fenómenos en tanto que tales, tal y como se dan en la conciencia de los hombres, desligándolos de su validez existencial o de su relación con otros principios ajenos al propio fenómeno.

Así, la fenomenología de la religión centra su estudio en el hecho religioso, en la manera en la que el hombre asiste de forma genuina a la irrupción de lo sagrado en el mundo. Posteriormente, gracias al análisis de los hechos puros y circunstanciales, se intentan establecer unas pautas generales, que se pueden encontrar en todas las religiones.

Dentro de la fenomenología de la religión destaca la obra de dos autores elementales: Rudolf Otto y Mircea Eliade.

Lo santo en Rudolf Otto. Para el teólogo alemán Rudolf Otto, cuya obra más representativa es Lo santo, lo que caracteriza al hecho religioso en todas sus manifestaciones es el sentimiento de lo numinoso. Esta palabra, que significa lo que pertenece a lo divino, implica que el hombre se acerca a lo sagrado con miedo, buscando cobijo y pertenencia. Así, se trata de un sentimiento ambivalente que parte de la asunción de la existencia de un misterio tremendo, un abismo que se siente pero no se deja pensar.

Según Otto, lo numinoso se halla presente en todas las religiones, y es lo que mejor caracteriza el hecho religioso.

Lo sagrado y lo profano en Mircea Eliade. El historiador rumano de las religiones es el máximo representante de la fenomenología de la religión. Su obra más relevante es, probablemente, Lo sagrado y lo profano, en la que trata los elementos más relevantes que caracterizan a todas las religiones.

Según Eliade, el hecho religioso se caracteriza por la irrupción de una dimensión irracional, infinita, sagrada, en el seno de la vida ordinaria, de lo profano; y las religiones surgen a partir de la conmemoración y la actualización de ese enlace entre el mundo profano y el mundo sagrado.

Estas dos dimensiones suponen además una comprensión dispar tanto del espacio como del tiempo, y lleva a la realización de ritos de la más diversa índole.

Lo profano es leve, insignificante, carece de peso; mientras que lo sagrado es lo que llena de sentido lo ordinario, presentando unos espacios y unos momentos especiales en los que se relata el origen de la existencia y la finalidad de la vida.

Otras formas de filosofía de la religión

Otras aportaciones relevantes al estudio del hecho religioso proceden de los más diversos ámbitos. La genealogía crítica y radical de Friedrich Nietzsche trató, por ejemplo, la decadencia del sentimiento religioso, que coincide con la crisis de la metafísica occidental y de los valores propios de la modernidad; el marxismo, desde un análisis sociológico y económico, trató el papel fundamental que juega la religión en el establecimiento del sistema capitalista; desde la psicología, Sigmund Freud expresó las relaciones existentes entre el inconsciente y lo divino.

Estas tres posturas deconstructivas no suelen incluirse dentro de la filosofía de la religión porque no tratan de abordar el fenómeno religioso desde una perspectiva tradicional u ortodoxa; sin embargo, son de suma importancia para entender la manera en la que los siglos XIX y XX han comprendido y asumido el hecho religioso.